La estruendosa caída de Fagor

18 de octubre de 2013 (20:13 CET)

La quiebra de Fagor ha caído en el País Vasco como una auténtica bomba de neutrones. Este fabricante de electrodomésticos de línea blanca --frigoríficos, lavadoras, lavavajillas, hornos, etc-- ha instado preconcurso de acreedores. Dicha figura es la antesala de la suspensión de pagos. Ahora se abre un período de hasta cuatro meses para negociar con los damnificados. Si consigue su anuencia, suscribirá con ellos un convenio de pagos, y santas pascuas. En caso contrario, Fagor se verá irremediablemente abocada a la insolvencia definitiva.

El espectacular descalabro de esta sociedad, líder del mercado español, deja en el alero de la incertidumbre a sus 13 plantas industriales y a sus 5.600 trabajadores. De momento, todas las fábricas están paralizadas, lo que induce a los augurios más sombríos. El fiasco salpica también de lleno a 10.000 pequeños ahorradores vascos que invirtieron 185 millones de euros en participaciones preferentes de la entidad, atraídos por el señuelo de unos jugosos intereses del 7,5%. La mayoría de los suscriptores de esa montaña de papel basura son los propios empleados de la empresa.

Este tipo de deuda perpetua luce el pomposo título de “preferente”, es de suponer que para atraer a los ahorradores incautos. Pero lo cierto es que el falso reclamo significa exactamente lo contrario de lo que parece indicar. En efecto, en caso de ruina del emisor, como es el caso, los poseedores de los títulos tienen preferencia, sí, pero sólo para colocarse al final de la cola a la hora de cobrar. De hecho, esta legión de infelices titulares ya puede ir poniendo sus barbas a remojo porque es muy probable que pierdan el grueso de su peculio, si no todo.

El origen del derrumbe de Fagor radica en que su actividad está íntimamente ligada al ramo de la construcción. También le dañó con dureza la irrupción de utensilios asiáticos a precios de derribo. Ambas circunstancias han elevado las pérdidas de Fagor durante los últimos años a cifras cuantiosas.

El último cartucho que le quedaba en la recámara era su propia matriz, la corporación vasca Mondragón, el mayor entramado de cooperativas del mundo. A ella recurrió para que le inyectara recursos crematísticos frescos. Pero la propia Mondragón tampoco atraviesa sus mejores momentos, y no tuvo más remedio que cerrar el grifo del dinero a su filial y abandonarla a su suerte.

Una adquisición desgraciada

Mondragón todavía arrastra las desfavorables consecuencias de una nefasta operación que su filial Eroski realizó en el verano de 2007, al comprar la cadena catalana de supermercados Caprabo por la disparatada cantidad de 975 millones de euros.

No es intempestivo recordar que, a la sazón, Caprabo no andaba muy fina, pues estaba digiriendo la pesada carga de un lustro de frenética expansión, a cargo del director general Javier Argenté, fichado por las familias fundadoras Carbó, Botet y Elías.

Argenté venía con la aureola de gestor eficaz, labrada en Bimbo, donde ejercía de presidente. El caballero se lanzó a una carrera de incorporaciones de otras redes por las que satisfizo una fortuna. Gracias a ello, Caprabo dobló en cuatro años el número de tiendas y el giro, y se aupó al podio de las empresas catalanas de capital familiar por volumen de ingresos.

Pero el vertiginoso crecimiento empachó a la compañía y por vez primera su cuenta de resultados arrojó saldos negativos. Los tres propietarios, asustados por los números rojos, despidieron sin contemplaciones a Argenté, frenaron en seco las adquisición de firmas competidoras y comenzaron a sanear la suya. En estas andaban, cuando en el verano de 2007 vieron el cielo abierto al recibir la visita de varios interesados en hacerse con la sociedad. Tras una breve subasta, los dueños de Caprabo propinaron un espectacular pelotazo: se desprendieron de su participación del 75% por la apetitosa cifra de 975 millones de euros. La operación les fue doblemente remuneradora, por cuanto retuvieron la propiedad de la mayoría de los locales y pasaron a ser perceptores de suculentos arriendos.

El propio presidente de Eroski, Constan Dacosta, reconoció a la sazón: “Las magnitudes de coste de la venta que se manejan en la puja, exceden las razonables expectativas de rentabilización. Más parece una operación preparada para que se la lleve un especulador, y no un operador del sector deseoso de mantener de modo indefinido la existencia de la sociedad”.

Pese a ello, Dacosta picó el anzuelo y compró. Sus palabras resultaron proféticas. Desde entonces, Caprabo fue de mal en peor. Su giro bajó, su cupo de mercado menguó y sus quebrantos fueron constantes. Además, a la cadena de l’Hospitalet (Barcelona) le lastra el estigma de ser cara, y eso, en las presentes circunstancias de crisis, acarrea una publicidad devastadora.

Los dirigentes vascos enviados en comisión de servicio para salvar los muebles han puesto en marcha varias campañas de rebajas de tarifas, con resultados dispares. La última ha consistido en un infumable “comparador de precios” con Mercadona, una guerra que muchos observadores consideran perdida de antemano.

No deja de resultar llamativo que mientras Caprabo sufre lo indecible, Mercadona --que años atrás se adelantó a todos sus colegas en los recortes-- hoy marcha viento en popa y sus ventas y beneficios baten récords.

Con el preconcurso de acreedores, Fagor emprende ahora un camino erizado de dificultades y de desenlace sumamente incierto. De las entidades que caen en esa sima, un 95% acaban liquidadas. Ya han surgido algunas voces que reclaman auxilios públicos para apuntalar el grupo. Pero las Administraciones no nadan en la abundancia precisamente y además podrían desatar las iras de la Comisión Europea, que se opone a cualquier transfusión de fondos públicos hacia las empresas privadas. Salvo, claro está, que se trate de nuestros amadísimos y benéficos bancos.
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