La desorientación no sabe de vacaciones

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05 de septiembre de 2011 (16:48 CET)

Se hace difícil imaginar un modo más espectacular de iniciar un nuevo curso académico que con una reforma exprés de nuestra Constitución para calmar a los mercados. Un ejemplo, inmejorable, de la desorientación colectiva en la que nos hallamos sumidos. Y más que una señal de tranquilidad, me temo que es, sencillamente, una muestra más de una dinámica que no ha sabido de vacaciones.

Unas vacaciones en las que nos hemos encontrado con la humillación al Presidente Obama para conseguir una indispensable modificación del techo de déficit; con la violencia extrema en Londres; con el pavor en los mercados financieros; o, nuevamente, con la falta de un liderazgo europeo para avanzar en un proyecto claro de política económica común. En todos estos temas trascendentales la solución, como viene siendo habitual, ha sido apostar por el apaño, por la solución de mínimos. Pero sigue sin haber voluntad por ir a la raíz de los problemas.

Decepciona lo acaecido en EEUU, con una radicalización extrema, y donde parece prevalecer el como peor mejor. Sorprende el diagnóstico del Gobierno británico que manifiesta su decisión de recurrir, exclusivamente, a más dureza policial y mayor severidad judicial para evitar episodios similares. De la misma manera que alarma la incapacidad de Alemania para asumir el liderazgo de la Unión Europea y avanzar hacia la política económica que necesariamente debe acompañar una Unión Monetaria. Y entristece el papel tan secundario que asumen el resto de países europeos. Por no hablar de una reforma de nuestra Constitución que sin calmar a nadie, enardece los enfrentamientos políticos a la vez que desorienta aún más a la ciudadanía. Mientras, nuestra sociedad se va radicalizando.

Unos, se sienten emocionados con esa dinámica de recortes en la que nos hallamos inmersos. Hace pocos años, el campeonato consistía en determinar quien se comprometía a reducir más los impuestos. Hoy parecemos inmersos en un concurso en el que se premia a quien tiene más coraje para recortar.

Otros, se muestran cada vez más convencidos de que los mercados les harán perder sus privilegios, más bien pocos, de los que gozan. Y, lo peor, no saben a qué puerta llamar para expresar su desorientación, pues consideran que la política está al servicio de las superiores leyes de la economía.

Es, esencialmente, una pena, pues tanto España como la Unión Europea son, en las últimas décadas, un ejemplo de éxito. Con excesos y desajustes, algunos severos, cuyas consecuencias hemos de asumir, pero con la capacidad y los instrumentos para avanzar en la recuperación. Y para demostrar que lo que el mundo necesita es más Europa. No esta Europa en la que cada uno vela por su propia parcela, sino la que fue y la que, por interés de todos, debe volver a ser.

La crisis no nos está sirviendo para un examen en profundidad de qué se hizo mal en las últimas décadas. Nos limitamos a gestionar algunas de sus manifestaciones. Pero, en el fondo, creo que estamos consolidando algunas de las dinámicas que nos sumieron en esta crisis tan severa. ¡Menudo curso nos espera!
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