La dentadura postiza de los revolucionarios conservadores

13 de marzo de 2015 (17:40 CET)

La inclinación de los conservadores es que nada cambie o que, si es inevitable que ocurra, que cambie muy lentamente. Esta es la esencia del conservadurismo desde Burke, Bonald, de Maistre y Savigny hasta T. S. Eliot, Christopher Dawson, Michael Oakshott, Irving Babbit o Russell Kirk. El miedo a la revolución, a los cambios bruscos, es la excusa, según Robert Nisbet, para proporcionar una visión estática y estereotipada de la historia, la tradición, la propiedad, la autoridad, la libertad y la religión, que son los temas centrales para definir una sociedad.

Con la irrupción de Podemos en la escena política española y la difusión de su famoso sonsonete contra la casta, hablando de los de arriba y de los de abajo como si estuviéramos en la Inglaterra victoriana, parecería que los conservadores deberían estar asustados. Pero no lo están. O lo están tan poco como ya lo estaban con el PSOE en sus buenos tiempos. Cada día está más claro que Podemos ya es sólo una alternativa de gobierno y no una enmienda a la totalidad del sistema.

Digo esto porque el tiempo está jugando en contra de Podemos, ya que cuanto más se consolida como actor político, su capacidad de sorpresa decrece. España no es Grecia, ni está tan mal económicamente, por lo que es imposible vender hoy a los españoles la mercancía adulterada --que incluso antes de las elecciones era evidente que lo sería-- que los niños bien de Syriza han vendido a los griegos con palabrería revolucionaria. Pero es que, además, en España el poder del cambio está en mayor proporción en manos de las nacionalidades y de los partidos que las representan que de ningún otro sector.

Cuando ahora se pregona que Podemos puede poner cerco al bipartidismo español, lo cierto es que durante años los nacionalistas catalanes y vascos han sido el tercer protagonista en las Cortes españolas cuando uno de los dos partidos mayoritarios no ha logrado la mayoría absoluta. Ni el PCE, ni el CDS, ni IU han sido tan protagonistas del juego parlamentario español como sí que lo han sido CiU y el PNV. Mario Caciagli al analizar las "elecciones del cambio" de 1982 lo deja muy claro: incluso ante el vendaval socialista que destruyó a UCD, al PCE y al PSA, los nacionalistas vascos y catalanes --de izquierdas o de derechas-- mantuvieron sus posiciones e incluso aumentaron su apoyo electoral. Lo remarco para poner las cosas en su sitio. Tampoco olvidemos que ese triunfo dio alas a AP, el partido postfranquista.

Podemos es una manifestación del hartazgo que provocan los partidos tradicionales, pero en la medida que se va descubriendo cómo actúan, quiénes son y qué tren de vida llevan, su impulso pierde gas y sus debilidades salen a la luz como un destello de hipocresía. Vemos que son revolucionarios sin dientes, que sin ser viejos ya llevan las mismas prótesis dentales que los antiguos PNN de la transición, todos ellos hoy catedráticos con media melena y americanas compradas en Zara, para engañar a unos cuantos jóvenes de las adormecidas universidades españolas. Entre trienios, quinquenios y sexenios, la revolución es sólo un eslogan y el lobo feroz un personaje de caperucita roja. El conservadurismo, en cambio, digan lo que digan, es la norma, incluso para los profesores inestables, que es la condición del núcleo duro que dirige Podemos.

Volvamos a la cuestión del conservadurismo, porque es importante para entender qué está pasando en España. Que los que se definen como conservadores lo sean no debería sorprendernos. El PP, heredero de esa AP postfranquista, es conservador y se gusta siéndolo en todos los aspectos de la vida, incluyendo el aborto, el divorcio o los matrimonios gays. Ahora bien, que la izquierda sea conservadora no parece lo más adecuado. Es ridículo, aunque se oculte con todo tipo de tongos.

José Luis Rodríguez Zapatero optó por la vía de abanderar la defensa de los derechos individuales, convirtiéndola en el gran circo de la confrontación con el PP, pero fue un redomado conservador en materia económica cuando se negó a dar crédito a la crisis que estaba amenazando la economía española. También demostró ser un conservador de tomo y lomo cuando no atajó los ataques al nuevo Estatuto de Cataluña o no resolvió la aproximación de los presos de ETA o bien cuando dispuso que las cosas continuasen como estaban en bancos y empresas públicas, lo que después se ha comprobado que es el epicentro de la corrupción.

Podemos se fraguó en muchos frentes, pero la crisis de la socialdemocracia le dio alas. Nace, pues, de un fracaso, como diría Santiago Alba Rico, de la podredumbre del PSOE, que perdió los dientes en 1982, justo al llegar al poder. Lo demás es conocido. El divorcio de la izquierda de los ideales y el caciquismo como forma de ejercer al poder. Tengamos un poco de memoria y acordémonos de cómo ejercieron el poder los socialistas en Valencia o en Andalucía (ahí siguen ejerciéndolo). Antes de que Eduardo Zaplana dijera aquello de que estaba en política para enriquecerse, Joan Lerma y sus secuaces ejercieron el poder como vulgares caciques por todo el territorio valenciano.

Y lo mismo se puede decir de José Rodríguez de la Borbolla, quien en 1984 sustituyó a Rafael Escuredo, aquel joven abogado populista que llegó a presidente y fue triturado por el PSOE aún dominado por Alfonso Guerra porque quiso ir por libre. Fue el episodio del chalé de Simón Verde. La artillería del periodismo progresista de la época envió a sus soldados hasta Sevilla para desprestigiar la imagen de Escuredo. Le montaron un reportaje donde se denunciaba el proceder ventajista de Dragados y Construcciones que, supuestamente, permitió al presidente andaluz levantarse un chalé de tipo medio en Simón Verde. Pasa el tiempo y las disputas políticas se resuelven de la misma manera, con el chantaje y los escándalos ad-hoc.

Ser utópico no es, como dicen algunos, ser sólo idealista o poco práctico, sino más bien quiere decir acometer la denuncia y la anunciación de lo que puede ser la alternativa al statu quo. Podemos está demostrando que persigue el poder con el mismo ahínco que lo persiguió el PSOE en tiempos de Adolfo Suárez, pero aquel Por el cambio de 1982 fue una novedad en la España casposa de la transición, el Cambio de Podemos es un refrito con aceite quemado. El mejor ejemplo son las declaraciones de Juan Carlos Monedero del pasado jueves en una entrevista de TV3.

Decía el secretario de Proceso Constituyente de Podemos y número 3 del partido, refiriéndose al derecho a decidir y a la independencia de Cataluña, que el "sueño de empezar de nuevo puede parecer una solución adecuada pero luego no es real, porque llevamos cinco siglos de aventura en común". Es la mejor síntesis para enmendar lo que representa Podemos y su promesa de iniciar "un proceso constituyente para abrir el candado del 78 y poder discutir de todo", que es lo que dijo Pablo Iglesias cuando fue elegido secretario general del partido en noviembre del año pasado. Las promesas se las lleva el viento, especialmente cuando la primera prioridad es ganar las elecciones y el rédito es sacarle partido al rechazo que provocan los que son todavía más conservadores que uno mismo.

Puede que el famoso régimen de 1978 se esté derrumbando, pero estén seguros de que no van a ser los dirigentes de Podemos quienes lo entierren. Podemos no está dispuesto a dar salida al problema más grave que tiene España desde hace más de un siglo, que es la insatisfacción de las nacionalidades ante un Estado que, como es evidente en Cataluña, muchos, muchísimos ciudadanos no consideran suyo e incluso creen que actúa en su contra.

Podemos ya ha dado muestras de que en ese sentido va ser portaestandarte de la España de siempre. El último ejemplo fue la votación en contra, junto al PP, PSOE, IU y C's, de la enmienda de Ramon Tremosa, eurodiputado de CiU, en que se reclama que aquellas redes aeroportuarias y portuarias (como Aena y Puertos del Estado), hoy todavía gestionadas centralizadamente por el Estado, fueran liberalizadas.

Podemos es, cuando deja a un lado la retórica, una formación jacobina clásica que se siente cómoda pidiendo la "desprivatización de Aena porque es un sector completamente estratégico y ellos no pueden permitir que se lo repartan entre amiguetes", pero le resulta imposible entender lo que representa intentar acabar con el modelo obsoleto que representa la gestión centralizada del sector aeroportuario. En fin… Lo de siempre, Podemos recurre al patriotismo español para obstaculizar el progreso ajustándose una dentadura postiza que parece prestada. En 1908, cuando el Ayuntamiento de Barcelona quiso poner en marcha un sistema municipal de escuelas, el radical Adolfo Marsillach, el abuelo catalán del famoso actor que murió en Madrid, escribió enfurecido en las páginas de La Publicidad que eso llevaría a "un monopolio intolerable, que haría peligrar la misma unidad nacional". Al cabo de 100 años estamos en lo mismo. Puro conservadurismo.

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