La continuidad es lo que cuenta

03 de junio de 2014 (00:00 CET)

Un Rey abdica y su sucesor pronto será proclamado. La continuidad ratifica la monarquía constitucional como clave arquitectónica de una España de la libertad y de las alternativas estables. El comportamiento de Urdangarín ha dañado el prestigio de la monarquía en los últimos tiempos. Don Juan Carlos había mantenido la Corona como el hecho más valorado de la vida pública española.

El deterioro en las últimas encuestas no era del todo específico de su reinado si consideramos los precedentes entre las otras monarquías europas. Ni tan siquiera las monarquías son inmunes a la intromisión de los paparazzi. Pero esos factores son circunstanciales si se tiene en cuenta el significado del reinado del Rey Juan Carlos, su papel como motor de la transición política y de la concordia nacional que quedó formulada por la Constitución de 1978. Eso no es cultura de la transición como se dice ahora despectivamente.

Al final, solo eso importará, la continuidad. Únicamente en lapsos breves se interrumpió la continuidad de la monarquía hispánica en los tres últimos siglos: 1808, 1868 y 1931. Las dos repúblicas fueron paréntesis fugaces. La monarquía europea o la japonesa refutan la consideración de que la monarquía sea un sistema simbólico ya obsoleto. Es más razonable que racional, sin duda, pero funciona.

 
El sucesor, Felipe VI, será un Rey para el siglo XXI
El valor histórico de la monarquía constitucional es que interconecta generaciones, territorios e identidades. Al final de este reinado difícilmente podrá decirse que Juan Carlos no haya sido Rey para todos. Acaba el Antiguo Régimen: las Cortes de Cádiz asumen la soberanía nacional. Aquella Constitución gaditana dura poco. Más madura, más integradora --tal vez más escéptica-- es la carta magna de 1716, eje del sistema canovista hasta 1923. Con un golpe de fortuna y capacidad política, hubiera podido durar mucho más. La primera República dura once meses; la Segunda, cinco años --descontada la guerra civil--.

El monarca como tótem está rodeado de cámaras y micrófonos. Aquí nadie se salva de la salsa rosa ni de los cronistas del corazón en busca de una última pseudo-exclusiva para pagarse la residencia geriátrica. El juancarlismo ha significado el aggiornamento de la monarquía hispánica y su ineludible consolidación de futuro. Lo que el ciudadano sabe, por instinto y por razón, es que la estabilidad que vive España procede de sus formas de Derecho, de ser una sociedad abierta, de su práctica democrática y en no poca medida de la naturaleza histórica de la monarquía como eslabonamiento de legitimidad.

Vamos ajustando la Constitución de 1978 a los avances de la Unión Europea. Viajamos por Internet. Y seamos serios. El sucesor será un Rey para el siglo XXI.
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