La conciencia norteamericana

11 de diciembre de 2014 (00:00 CET)

La brutalidad del ataque de Bin Laden contra las torres de Manhattan provocó casi de inmediato duros dilemas morales en el casi imposible equilibro entre libertad y seguridad, más allá de la sensación colectiva generada por una agresión que algunos compararon con Pearl Harbour. Una larga investigación sobre los usos de la tortura por parte de Estados Unidos ha revelado aspectos atroces que se diseminan en un informe de 6.000 páginas. Es una hora sombría para la conciencia americana. Algunos pensamos que es una crisis de mayor gravedad que el Watergate y tal vez equiparable a lo que representó la guerra de Vietnam.

Tortura frente al terrorismo es un recurso siniestro, de consecuencias incalculables y que sin duda va a turbar la conciencia americana --el gran sueño americano-- por mucho tiempo. Con Bush junior en la Casa Blanca todo iba a adquirir una dimensión descorazonadora para la sociedad que va de punta a punta de la gran democracia.

Defenderse del enemigo exterior llevó a la CIA a actuar de una forma que muy posiblemente desencadenará un sinfín de consecuencias penales


La metáfora maligna es Guantánamo. Barack Obama buscó la limitación de las prácticas inhumanas pero en más de una ocasión solo tenía el margen de maniobra que procura verse entre la espada y la pared. Han sido largos años de investigación en el Senado y el resultado es la evidencia actual de una tortura institucionalizada. Defenderse del enemigo exterior especialmente, del islamismo radical, llevó a la CIA a actuar de una forma que muy posiblemente desencadenará un sinfín de consecuencias penales. Para la democracia americana, el prolijo informe del Senado es un agujero negro.

Lo que quede de la CIA carecerá de credibilidad y eso no es bueno para la seguridad nacional. La genuina conciencia americana no puede obviar el corazón de las tinieblas, el horror. Es un pavoroso contraste con la meticulosidad del informe del Senado, una meticulosidad dolorosa pero inapelable aunque se atribuya al interés demócrata y aunque eso fuese parte de la verdad. Y al mismo tiempo, una sociedad tiene que estar segura para poder ser libre. El límite moral está en las consecuencias que puedan haber tenido la búsqueda, captura e interrogatorio de sospechosos de terrorismo después del 11-S.

Para quienes creemos que la estatua de la libertad significa algo, el estupor sólo podría ser contrarrestado con la catarsis que se ha iniciado con la publicación del informe. Le costará a la conciencia americana superar ese fracaso. Nada será fácil sobre todo si se sigue sugiriendo que la tortura valió la pena. La tortura va a lastrar la idea del gran sueño norteamericano, el de los pioneros, de la libertad y sus equilibrios, hasta el punto de que sin una catarsis pública la pesadilla acabaría enquistándose con efecto tóxico.

Mientras tanto, posos operativos de la CIA y de la política de Bush hijo siguen con el propósito de minimizar lo que es una realidad terrible y entra en lo posible que algunos aspectos de la investigación sean incorrectos. Pero cualquiera percibe que en este caso no existe el paliativo del mal menor.

Circula la contraposición de definiciones de la tortura. Empeño inútil porque, incluso reconociendo determinados logros preventivos por parte de los servicios secretos, el balance general es una tiniebla moral. Ese será un debate que resquebrajará la conciencia de la gran república norteamericana. No es reducible a una cuestión de demócratas contra republicanos. Está de más en estos momentos la utilización partidista de la investigación. Es una hora aciaga para la conciencia pública de Estados Unidos.
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