La Catalunya 'choni' y los éxitos del soberanismo

07 de abril de 2014 (00:00 CET)

Jordi Pujol —persona y casi personaje que no necesita más presentación— sostiene que el principal éxito de la Catalunya actual es que hayan “chonis y Fernández” que hayan abrazado el soberanismo.

Discrepo. El principal éxito es el suyo y el de sus herederos políticos y sociales. Han sido capaces de construir una nueva identidad colectiva (nacional la llaman) basada en una correcta manipulación de la historia, en la exaltación de sentimientos de categórica superioridad y en la lengua como elemento básico diferencial que pasa incluso por encima de las identidades personales, sean de clase, origen territorial o vayan incorporadas al apellido. Y, en eso, debemos quitarnos el sombrero por la eficacia de sus políticas y actuaciones durante muchos años.

En la memoria persiste aquella anécdota que explicaba su esposa Marta Ferrusola cuando narró en febrero de 2001 que sus hijos en ocasiones le decían que no podían jugar en la calle porque todos los niños eran castellanos, o sus referencias a la inmigración como un alud de personas que querían imponer sus costumbres y creencias. Con esa forma de ver la sociedad, los Pujol y otros muchos fundamentalistas de las identidades nacionales construyeron su discurso político. Un mensaje que hoy, efectivamente, se ha perfeccionado y ha calado de forma más transversal.

No se les puede restar el mérito en su perseverancia nacionalista. Si acaso deberíamos considerar el demérito de quienes sin pensar igual nos hemos dejado silenciosamente adoctrinar y gobernar por políticos y políticas con ese malvado y xenófobo ADN instalado en muchas de sus actuaciones. Y la izquierda catalana, la que fue trascendente en la transición y en las olimpiadas, tiene bastante responsabilidad en lo acontecido.

 
Hemos prescindido de la denominación charnego por lo políticamente correcto, pero el subyacente continúa
Pujol ya ha prescindido en sus discursos de la palabra charnego, el colectivo al que Paco Candel llamaba “los otros catalanes” para definir a los mismos grupos sociales antes de ser abducido por lo políticamente conveniente. Era el léxico que antecedía a las denominaciones actuales de chonis y torrentes. El ex presidente, un tipo listo, sabe adaptarse a los tiempos también con el lenguaje. “La palabra charnego queda vetada por las normas de aquello que sería políticamente correcto en el discurso: muy pocos se animan a pronunciarla sin ponerse rojos”, asegura Silvina Vázquez, autora de un interesante estudio publicado por el Centre d’Estudis i Opinió (CEO) sobre identidades nacionales en la Catalunya contemporána. Les invito a leerlo.

Pero la apelación a las chonis y a los Fernández del padre Pujol no deja de constituir una reiterada actitud conmiserativa, de las que la siguen encerrando una supuesta superioridad moral y ética, clasista, por supuesto, y fragmentadora en lo social.

Si en algo han triunfado los nacionalistas y sus adláteres es que las chonis y los Fernández despistados se hayan adormilado en los brazos de sus tesis políticas. Pero si en algo han fracasado esos mismos dirigentes de los últimos treinta y tantos años y las élites dominantes que los han acompañado es que el chonismo sigue siendo una realidad nada despreciable en la Catalunya del siglo XXI y que los apellidos más comunes en este territorio –García (22,50% del total de la población), Martínez (15,71%), López (15,09%) y Sánchez (13,59%)— sigan siendo inusuales en los verdaderos centros del poder catalán. Eso hubiera sido integración de verdad y una modernidad de corte vanguardista en lo educativo para un territorio que se reivindica permanentemente como adalid de tales valores.

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