La carrera contrarreloj del candidato Rubalcaba

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03 de julio de 2011 (00:54 CET)

En las apuestas que con tanta insistencia circulan por la mayoría de los medios sobre si el Gobierno de Zapatero agotará la legislatura o no, siempre me he decidido por la primera opción y no veo sinceramente ninguna posibilidad, por mucho que insistan Rajoy y otras fuerzas políticas y periodísticas, de que vayamos a las urnas en noviembre. Bueno, hay una: que los socialistas pierdan en las próximas semanas los últimos, escasos e interesados apoyos que les quedan. Si no es así, estoy convencido de que el Gobierno convocará elecciones generales en marzo, es decir, cuando acaba formalmente el periodo legislativo para el que fueron elegidos.

Hay varias razones que, a mi juicio, avalan esa apuesta. La primera, y tal vez la más importante para el PSOE, es de pura supervivencia. El descalabro electoral sufrido el pasado 22 de mayo fue de tal magnitud que en Ferraz están convencidos de que difícilmente pueden ser peores. Con esa derrota aún impactando en la retina, dar por concluida la legislatura y convocar a las urnas en noviembre habría sido algo así como una muestra suprema de impotencia y habría llevado a los candidatos socialistas a una muerte política casi segura. Mejor, deben pensar, ganar todo el tiempo posible --total, estamos hablando de una diferencia de cinco meses-- y esperar que una tímida recuperación económica, algún error de Rajoy o las medidas impopulares que deben impulsar los nuevos gobernantes en las autonomías en que han asumido el poder, u otras circunstancias, les otorguen algunas posibilidades más de las que ahora tienen.

La segunda razón estaría en la propia elección de Alfredo Pérez Rubalcaba como candidato a la presidencia del Gobierno en sustitución del quemado Zapatero. Rubalcaba tiene toda la capacidad y experiencia política de la que carecía este último cuando fue nombrado primer secretario del PSOE. No parece probable que Rubalcaba asumiera el reto y no exigiese a sus compañeros del Gobierno el tiempo necesario para presentarse ante la opinión pública y construirse un perfil propio distante del actual titular de La Moncloa. Rubalcaba necesita tiempo y algo más que una designación pintoresca si quiere tener alguna posibilidad. Las medidas aprobadas este viernes por el Consejo de Ministros en las que se recupera una cierta preocupación social en medio de la crisis abonan la idea de que los socialistas creen que tienen aún ciertas bazas que jugar y lo van a hacer.

¿Cualés serían esas cartas que Rubalcaba aún cree que puede jugar para dar un giro inesperado a la partida, antes de que suene el timbrazo electoral? Hay varias y haría mal el PP en desdeñarlas. De entrada, Rubalcaba no es Zapatero, y parece un candidato más sólido, con un discurso político más consistente y mucho más dialéctico en sus exposiciones. Y si bien Rubalcaba podrá ser tachado de corresponsable en la crisis, Rajoy no es precisamente un candidato nuevo. Ha perdido ya dos elecciones y carece del carisma suficiente para garantizar una victoria electoral. No debería olvidar el PP que las últimas elecciones municipales y, en algunas comunidades autonómicas, las perdió más el PSOE que no las ganaron ellos, como un recuento desapasionado de votos muestras claramente.

Pese a su pertenencia al Gobierno, Rubalcaba puede presumir de una hoja de servicios bastante presentable y, aunque ETA no le dará la baza de su disolución antes de las elecciones, el balance del que puede hacer gala por su gestión en su último destino, el Ministerio de Interior, debe ser calificado de brillante. Algún atisbo de recuperación económica, guiños a su electorado de izquierdas y la falta de un discurso ganador y renovador desde la oposición conceden aún algunas posibilidades al candidato socialista, aún mínimas, sobre todo si se tiene en cuenta la difícil situación que atraviesan en dos de sus principales graneros: Andalucía y Catalunya, donde el PSC sigue sin estar ni sin ser esperado, con Montilla aún --¿se acuerdan de él?-- liderando formalmente el partido. En cualquier caso, el tiempo no le estorba a Rubalcaba; al contrario, lo necesita. Tiene que llegar como sea al final de la legislatura, y si hubiese posibilidad de alguna prórroga seguro que la compraba de inmediato. Al menos, para evitar una derrota humillante.
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