La borrasca europea y el populismo

30 de mayo de 2014 (19:09 CET)

La digestión de los resultados electorales europeos del pasado 25 de mayo no va a ser fácil. No lo va a ser en cada Estado miembro ni lo será tampoco en el conjunto de la UE. El crecimiento de los extremos, como ya predije en mi artículo anterior, es un síntoma de que algo va mal. La economía, para empezar.

Los efectos sociales de esta última crisis económica y, especialmente, la brusca reducción del Estado del Bienestar, alimentan el descontento y dan alas a las opciones radicales que denuncian, con razón, la connivencia entre los políticos del statu quo y los poderes económicos que sólo actúan en beneficio propio.

El crecimiento de Podemos, partido al que ahora temen los que antes jalonaban al joven comunista Pablo Iglesias en La Sexta y Cuatro, es la consecuencia de un descontento profundo. No le falta razón a Iglesias cuando desde los platós de televisión pone en jaque a los que él denomina “la casta”. Echa sal en la herida ante la increíble conspiración de los poderosos para que los inculpados en los casos Bankia, Caja Madrid, Caixa del Penedès o Catalunya Caixa se vayan de rositas para sus casas, mientras que los afectados por la hipoteca o la gente que fue estafada con las malditas preferentes se quede sin nada. Compuestos y sin novia. La iniquidad de trato raya la inmoralidad.

Como apuntaba en su último artículo el director de este diario, Xavier Salvador, lo peor de la tibia resolución del juez y el fiscal en el caso del pensionazo de Caixa Penedès no es sólo que hayan pactado una pena edulcorada, sino su falta de ejemplaridad. Un escándalo mayúsculo. Frente al desaguisado de banqueros y bancarios, ¿qué han hecho las autoridades europeas? ¡Nada! Al contrario, han acudido al rescate de estos bancos y cajas sin controlar lo que estaba pasando en su interior con esos ejecutivos corruptos y aprovechados.

Porque, entendámonos, el pillaje se produjo durante el rescate. El populismo crece en Europa porque la UE sólo es un mercado dominado por los intereses de unos pocos sin que el control democrático funcione de verdad. Miren ustedes cómo reaccionaron los líderes europeos ante el descalabro electoral en Francia, Dinamarca, Gran Bretaña, Grecia e incluso España: con una cena privada que seguro que costó un pastón y que les pagamos entre todos. De lo que decidieron ahí, en cambio, poco sabemos.

Oscuridad y conspiración. Esa es la respuesta a lo que está pasando en Europa. Y la gente pide lo contrario. Pide claridad y solidaridad. Estoy leyendo el libro de Michael Ignatieff, antiguo líder del Partido Liberal de Canadá y de la Oposición Oficial desde 2008 hasta 2011, que lleva por título Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política. Es un retrato cruel e implacable de la política canadiense escrito con una franqueza inusual en un político. La verdad es que Ignatieff no fue nunca un político al uso. Académico y periodista de prestigio, éste historiador fue un ingenuo metido en un lío del que no salió indemne.

Lo que me importa destacar es la escena inicial que cuenta Ignatieff y que explica por qué entró en política. Lo que ocurrió durante la cena a la que fueron convocados Ignatieff y su mujer, Zsuzsanna Zsohar, fue grotesco e inquietante al mismo tiempo. Afirma Ignatieff que una noche de octubre de 2004, tres hombres a los que él no conocía se plantaron en Cambridge, Massachusetts, para indagar si estaba dispuesto a considerar su vuelta a Canadá para presentarse como candidato por el Partido Liberal.

Esos tres hombres, a los que más tarde Ignatieff y su mujer llamaron los hombres de negro, fueron a buscar a un intelectual de prestigio, que además llevaba treinta años fuera del país, sólo para cargarse al líder del partido, Stéphane Dion, que no les gustaba.

El Partido Liberal ocupaba el poder en Ottawa en ese momento y Paul Martin era el primer ministro, que no estaba al corriente de lo que se traían entre manos aquellos facinerosos, lo que resalta todavía más la acción irregular. Aquello era, pues, una conspiración en toda regla, que acabó mal, porque Ignatieff logró desbancar a Dion pero nunca llegó a ser primer ministro. Hizo mutis por el foro con la cola entre las piernas y una cierta amargura, que ahora destila en este libro. A muchos intelectuales les pasan esas cosas, en especial si entran en política de la mano de los hombres de negro y luego quieren zafarse de ellos.

Les cuento esta historia porque me parece un buen ejemplo de lo que son las malas prácticas en la política de hoy en día. De la arrogancia con la que actúa la política y que resulta insufrible para muchos ciudadanos de a pie. La política de la conspiración y la traición está agonizando pero se resiste a morir, lo que provoca reacciones desmedidas o demagógicas. Los nubarrones que cruzan el cielo de la política en todo el mundo anuncian tormenta y por lo que parece la respuesta sigue siendo la misma de siempre. Una respuesta conservadora y antigua que consiste en esperar que amaine y que pase la borrasca sin modificar nada. A lo sumo, cuando a alguien le da por pensar, lamentan el cataclismo de lo que se avecina.

Cuando Felipe González se pone transcendente y nos advierte que el modelo bolivariano de Podemos resultaría fatal para España, opinión que comparto, lo hace desde la tribuna de “La Caixa”, aureolado con el logo de la entidad financiera, reforzando precisamente lo que Podemos y otros grupos rechazan: esa permanente complicidad entre políticos, banqueros y empresarios para joder al personal. A Felipe González, Javier Solana, Narcís Serra o Gerhard Schröder, que hoy por hoy están sentados en múltiples sillones empresariales para agradecerles los servicios prestados, los grupos alternativos los comparan con políticos de la calaña de Carlos Andrés Pérez, el corrupto ex presidente socialista de Venezuela.

La dejación de los antiguos ideales de Jean Jaurès, ese socialista humanista que fue asesinado poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial por un extremista de Action Française, el viejo partido nacionalista y monárquico francés, los convierte en cómplices del desastre. Ahí está, a mi modo de ver, el trasunto que explica el aumento de los extremismos en toda Europa. Al hilo de la denuncia de que esos políticos que antes vestían de pana nos lo quitaron todo, el populismo cabalga de nuevo.
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