Julio Ariza: retrato de un falangista tardío

23 de marzo de 2013 (13:26 CET)

Ocurrió el pasado lunes. Bajo el cielo macilento de la Sierra de Guadarrama, Jiménez Losantos se asomó a una audiencia récord de 348.000 oyentes. El antiguo ángel exterminador de la Cope se estrenaba ante su nuevo patrón: el presidente de Intereconomía, Julio Ariza Irigoyen, un hombre fiel a su fratría. Ariza es un Alfanhuí vocacional, como el de Sánchez Ferlosio (hijo de Sánchez Mazas, ministro efímero del General); contador de historias; defensor de lo natural frente a lo maleado, de lo rural frente a lo urbano; dueño de la tradición; honor del pensamiento Navarro y requeté jefe de filas en los Tercios de Nuestra Señora de Montserrat.

La mañana de Federico barrió a Sáenz de Buruaga (13 TV) y a Los desayunos del canal 24 horas. Detrás del telón, Ariza Irigoyen se frotaba las manos. Su matutino escrito, La Gaceta, lo había anunciado apenas un día antes: “Salimos a pelearnos con los malos, como solía hacerlo Antonio Herrero”, en palabras de Losantos.

En la vida de un editor, la agitación y el poder se suceden en oleajes amalgamadas. Cuando Ariza Irigoyen empezó su andanza política, ejerciendo de diputado conservador en el Parlament de Catalunya, el plomo del pasado pugnaba por eternizarse. Su PP, el de Alejo Vidal-Quadras, reclamaba una entente (la Mancomunitat de Prat de la Riba, más conocida en Madrid como la Catalunya dentro de la España grande), que nunca supo ni quiso encontrar. Más allá de las palabras, el acerbo de aquella formación política de aluvión minoritario incrustaba el peso de España en el lugar del penúltimo Gil Robles y, paralelamente, ondeaba la bandera de la nostalgia sobre la memoria de las Juntas de Ofensiva. Fue una revisitación pura y dura, incluido el desglose del uso del castellano contra la normalización lingüística de Jordi Pujol, la única conquista nacionalista que ha resistido la ley de la gravedad del macizo de la raza.

Desde su posición antiabortista, aquel PP blandía el derecho a la vida después de proclamar el viva la muerte. Si se hubiese quedado en Barcelona, el editor sería hoy el gran pretexto catalán de Sánchez Camacho. Junto a Alícia, podría proclamar incluso lo que tanto anheló entonces: el descarte de Josep Piqué, un ganador encaramado en la Cancillería, adalid del relativismo en la inevitable colusión Catalunya-España, que hoy desmocha la costuras de ambas patrias.

El plongeon del editor ha estado marcado por su arrojo empresarial. El patrón de Intereconomía controla una trentena de empresas entrelazadas, unidas por un holding, que ahora templa la crisis con un preconcurso de acreedores (presentado el pasado dos de enero), como medida defensiva, cuyo plazo se alargará hasta el próximo mes de mayo. Intereconomía abandona su sede de Castellana (con la pared trasera pegada al ABC Serrano) para trasladarse al antiguo edificio del diario El Mundo, en la calle de Pradillo de la capital, con el objetivo de reducir sus costes de alquiler en un 75%. El conocido abandono de Antonio Jiménez, ex director de El gato al agua, y su fichaje por 13 TV, donde presenta un formato similar, El cascabel al gato, ha provocado una reorganización de los rostros más conocidos de la cadena de Ariza Irigoyen. A pesar de las mutaciones, sus alfiles catalanes suman y siguen, tanto Xavier Horcajo, barcelonés y oriundo del barrio marítimo, como Xavier Algarra, polemista endomingado que proclama raíces en Calvo Sotelo (“el nombre real de la plaza que hoy responde al de Francesc Macià”, según dijo el mismo periodista en la pequeña pantalla).

Aunque en su grupo de comunicación predomina la mezcla de TV y radio, Ariza Irigoyen tiende a la letra impresa. Sabe que el negro sobre blanco confiere solemnidad a su función como defensor de derechos menoscabados por la España laica del siglo XXI. Con este objetivo adquirió a Jaime Capmany la revista Época y participó en la nube fundacional de Libertad Digital. Completó su versión unívoca del Estado oligárquico con la exhortación gregaria de Cristo Rey, gracias a su antiguo mentor y enemigo íntimo, el cardenal Rouco Varela. El patrón de Intereconomía se peleó con Rouco por la negativa del arzobispo a bendecir las estatuas de Juan Pablo II y la Virgen María, obra de Juan de Ávalos, situadas en la entrada de la sede tradicional del grupo mediático. Desde aquel momento, los desencuentros entre ambos han sido constantes llegando a la pelea abierta a causa de la emisión de las misas dominicales en Intereconomía TV y a las transmisiones en directo de la eucaristía, que le restaban protagonismo a Rouco y que fueron conseguidas gracias a la insistencia de algunos de los colaboradores del editor, miembros de la Hermandad del Valle de los Caídos.

Pero más allá de sus encontronazos con el presidente de la Conferencia Episcopal, Ariza es un hombre sincero. Quiere ver a su Iglesia donde palpita la vida. Su militancia católica se refleja ahora en el semanario Alba, apoyado por el Obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla, defensor del “amor entre esposos” y detractor acérrimo de la fraternidad rosa, de los que “viven solos y se vuelven raritos”, en palabras del polémico mitrado.

La visión unívoca de España que defiende Ariza Irigoyen contiene una interpretación del pasado bajo los efectos anestesiantes de la indulgencia. La “edad del hierro” es de todos, viene a decir esta versión. Bajo la cruz mastodóntica objeto de litigio, que emerge de los cataplines del General encofrado en el Valle, tienen cabida los mártires de ambos bandos. Cuelgamuros no fue. Por lo visto se escapó por el desguace de la historia. El mismo José Antonio Primo de Rivera, que ni siquiera obtuvo acta de diputado en las elecciones de febrero de 1936, yace hoy en el túmulo mortuorio del antiguo régimen, después de haber permanecido durante 20 años en el monasterio de El Escorial, mausoleo de reyes.

La narrativa política reinterpreta el pasado. La pasión editorial de Ariza Irigoyen expresa un reencuentro entusiasta con el Arriba España, su trasunto tardo-falangista. En su Navarra natal (nació en 1957, en Carcastillo. Está casado, tiene seis hijos y dos nietos), en su infancia y en su primera juventud, él vivió inmerso en la mesocracia provinciana del nacional catolicismo español. El mismo humus que años antes había inspirado a Dionisio Ridruejo su libro Casi unas memorias, una de las mejores autobiografías del siglo pasado, publicada a las puertas del Congreso Eucarístico del 1953.

La confesión de uno de los fundadores del nacional socialismo es hoy una pieza codiciada en las tribunas de la nostalgia (Ariza y sus amigos, entre ellas), que tratan infructuosamente de recuperar la herencia del camarada apartado, del eterno joven, encarnación de los Demian, Törless o Werther, marcado a fuego por el destino. Pero este intento de síntesis, en el que algunos buscan sin saberlo la consagración de la España metafísica, es imposible a estas alturas de la película. El país imaginado por Ridruejo (y también por muchos otros) se hizo esperar hasta 1975. Algunas de las mejores consideraciones del intelectual consagrado en Burgos --junto a Josep Pla y Eugeni d’Ors en los aparatos de propaganda del bando nacional-- tuvieron lugar después de la contienda en el sanatorio del Brull (el Davos catalán de posguerra al que fue a parar Dionisiso a su vuelta de Rusia), durante los años de la tisis. Compartía refugio con Josep Maria Castellet y Manuel Sacristán, entre otros.

El Ariza Irigoyen del sueño liberal y defensor de la vida, es también el empresario lacerado por el rigor de la iliquidez. Con todo, Intereconomía tratará de mantener el tipo. A sus programas, como Los clones, El Gato, Punto Pelota, Otro gallo cantaría o el matutino Dando caña, se ha sumado ahora La mañana de Federico, la última entrega de Jiménez Losantos, llegado al calor de la TDT, que le ofrece nuevamente la cobertura nacional añorada desde los tiempos de la Cope. El debate por montera y la impertinencia como estrategia de desborde están de nuevo en las ondas. El fragor y el tiro al blanco son del gusto del editor. Ariza Irigoyen y su nuevo corifeo desmantelarán a Los villanos de la nación, el título de Javier Marías, que señala a la política, como blanco de una obstinada irritación.
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