Juan Rosell: el comodín de La Caixa renueva en la CEOE

19 de diciembre de 2014 (16:57 CET)

La CEOE ya no es el altar del despido libre. Juan Rosell se ha quitado de encima el polvo del camino quemando los dos últimos tramos de la patronal española: el de José Maria Cuevas, fiesta del Chivo, ex jefe de gabinete de Rodolfo Martín Villa, a caballo entre la secretaría general del Movimiento, Interior y Endesa; y el de Díaz-Ferrán, excrecencia del capitalismo de amiguetes implantado en España por la dupla Esperanza-Aznar.

El renovado presidente patronal gana la batalla de CEOE del mismo modo que antes ganó la de Foment del Treball: contención y mano de seda. La reforma no podía esperar más. Y por fin se hace visible con la llegada de César Alierta (presidente de Telefónica) a la cúpula empresarial. El acercamiento de CEOE a los Alierta, Brufau, Botín, Fainé o Villar Mir, auténticos motores de la economía española, tiene que ver directamente con el empeño personal de Rosell. Su reformismo ha vencido al anhelo de los inmovilistas.

La realidad se impone. Rosell enarbola la bandera del pragmatismo. Ha mejorado su peso específico desde que ocupa una vocalía en el consejo de administración de CaixaBank. Es más, el grupo La Caixa ha contribuido de forma clara a su acercamiento al Consejo Empresarial de la Competitividad, donde se desarrolla hoy la auténtica narrativa de la salida de la crisis, más allá del cuadro macroeconómico de Rajoy y más acá del éxito de Podemos, destructor del bipartidismo español.

Su juego de tronos en CEOE consiste en haber derrotado a las territoriales recalcitrantes: el Confebask (a pesar de todo) y la patronal andaluza. Y también en haber conseguido (vaya usted a saber por qué medios) el apoyo de la CEIM madrileña, la taifa de Arturo Fernández, el abigarrado mundo de la gangrena interior. Rosell ha renovado su presidencia por la mínima, superando in extremis a las organizaciones inmersas en la irregularidad permanente de los fondos de formación. También ha eliminado la herencia del pasado con los ceses de una parte del staff técnico integrado por burócratas de medio millón al año y contrato blindado.

El presidente de CEOE es un ingeniero industrial nacido para el mando. Hizo carrera en los pasillos de Foment del Treball, situado en la Via Laietana de Barcelona. Fue un joven de toque fachendoso en los primeros ochenta, cuando dirigió junto a Manolo Milián Mestre la campaña anticomunista de las primeras elecciones al Parlament de Catalunya, ganadas por Pujol. Lo hizo a base de invocaciones al Departamento de Estado norteamericano y esgrimiendo el miedo al PSUC de la época. También supo instalar temores atávicos en la UNESA de Alegre Marcet, aquella patronal eléctrica que destapó la intención oculta de Felipe González de nacionalizar el sector, según el programa del PSOE escrito por los guerristas Jordi Sevilla y Francisco (Paquito) Fernández Marugán.

El tiempo y la impaciencia hicieron el resto. Se proyectó a la presidencia de Foment (CEOE de Catalunya) desde la junta de Alfredo Molinas, aduanero y tradicionalista de los Tercios de Nuestra Señora de Monserrat; y sustituyó a su antecesor, el malogrado Antonio Algueró, fallecido repentinamente sobre el atril de un acto público. Lleva décadas en el calvario de las urnas patronales, un sufragio marcado por su opacidad y su escasa representatividad.

Desde el primer día, Rosell se vistió de renovador, dispuesto a superar el desapego del empresariado europeísta congregado en el Cercle d'Economia y dinamizador del Instituto de la Empresa Familiar (IEF). Antes de su asalto a Madrid, puso en valor el consejo consultivo de Foment, un organismo con un centenar de dueños de grandes empresas, cuya actividad ha acabado marcando el inicio del auténtico reformismo. Ha sacrificado parte de su imagen haciendo de puente entre Barcelona y Madrid, equidistando al mismo tiempo del soberanismo y del unionismo autoritario del PP. Pero su mejor gesto ha consistido en distanciarse con sigilo del contaminado Círculo de Empresarios, enmarañado bajo la presidencia vergonzante de Mónica de Oriol.

Caricatura Juan Rosell

Siempre ha amado la política, su pasión no consumada. Aunque germinó en el fuego iniciático de Manuel Fraga, su escoro pepero data de los buenos tiempos de Rodrigo Rato; paralelamente, su buen trato con los nacionalistas nació de su admiración por Jordi Pujol, hoy deshonorado pero antaño business oriented del poder catalán. Con Rato compartió el exceso de liberalismo que desmontó las cámaras de comercio al quitarles la cuota empresarial obligatoria; y con Pujol compartió los espejismos fabriles de la llamada economía real.

Juan Rosell Lastortras (de segundo) empezó su carrera empresarial en Congost, una empresa juguetera creada mucho antes por su tío Jaime Castell Lastortras, mítico presidente del Banco de Madrid y de Textil Gossypium. Castell representó a la vieja oligarquía bajo el techo de una economía acorazada. Fue un aperturista de españolísimo brocado; hizo negocios en Argentina, tuvo hacienda en el granero del mundo y hasta coronó las fiestas galantes de Evita Perón. De Juan Rosell, el sobrino, puede decirse que aprendió por ósmosis familiar a ser un empresario de gabinete y telar; de caoba y factoría; de finanzas y poder. Hoy desempeña cargos en varios consejos de administración y maneja con habilidad el juego del public affairs.

El patrón de patrones recién renovado repartirá prebendas y ofrecerá cambalaches. Nada nuevo bajo el sol, pero con una música de fondo cada vez más afinada. Rosell es un catalán en comisión de servicio; tiene un pied-à-terre en Madrid, aunque su vivienda descansa sobre las dulces laderas de El Maresme.
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