Juan Carlos Monedero: la Revolución devora a su creador

02 de mayo de 2015 (22:02 CET)

Los dolores de parto son los peores. La destrucción creativa  acompaña a Podemos. Hoy puede decirse que Podemos abre sus carnes en la plaza pública y pone al descubierto una debilidad dialéctica hasta ahora desconocida. Juan Carlos Monedero es la primera víctima de Podemos y, aunque no abandone a su partido, se va del baile antes de que empiece; no quiere ponerse de largo; no le va el estilo de salón, con cuchillos por debajo de la mesa, que se lleva este año en el Club de las Españas.

Monedero e Íñigo Errejón llevan meses discutiendo antes de hacer público su divorcio. Errejón es un peronista puro, un Montonero volcado en llegar al poder, encarnado en el Gobierno. Quiere cambiar las cosas desde arriba, a través de los aparatos del Estado. Monedero, en cambio, confía en el trabajo diario desde la opinión en la plaza pública, en la política desde abajo. La discusión estalló a la vista del resultado en Andalucía. "Hemos perdido", dijo Errejón. "El PSOE todavía es hegemónico". Claro, hay que seguir convenciendo en la calle, "cara a cara, uno por uno", contestó Monedero.

"Me voy porque soy puro". Aunque no ha llegado a pronunciarlo, este axioma de la desesperanza tampoco podría eximir a Monedero del error de su declaración de Hacienda  en transparencia (a través de una sociedad) y reduciendo el tipo impositivo a la mitad. En un país, como España, que explora a diario el fraude de ley, pagar impuestos es casi un acto revolucionario. La España infumable del PP es la que proclaman sujetos oscuros como  Martínez Pujalte,   conservador atrabiliario ("lo que hago es legal aunque no sea ético"), y Rodrigo Rato, un prepotente que dictó leyes a la medida de su bolsillo o que simplemente las incumple con el desprecio por lo ajeno del que se cree intocable. No mezclemos a Monedero con el delito y la corrupción fachendosa. Él ha publicado Cansancio de Leviatán, El Gobierno de las palabras, El retorno a Europa, entre otros libros. Se doctoró en Heidelberg y dio clases en la Humbolt con Claus Hoffe. Monedero piensa y escribe; este es su pecado.

 Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero.


Cuando Pablo Iglesias le regaló Juego de tronos a Felipe VI, supimos que algo no iba bien. Pablo puso el acento en el mundo medieval de espadas y escudos, mientras que su ex, Tania Sánchez, señaló a Íñigo Errejón, cuando le preguntaron quién es King Joffrey, el enfermo de ambición de la serie. Monedero, emisario del post-marxismo y aventajado de Ernesto Laclau, posiblemente le habría regalado a Felipe El Círculo de tiza caucasiano de Bertolt Brecht  o los Idus de marzo, la novela de Mujica Láinez.  Para el profesor no se trata de conocer cuál es el ascensor que conduce al poder, sino de conquistar la legitimidad moral de la conspiración (el Julio César de Shakespeare).

No hay nada más frágil que un ser humano cargado de convicciones. Monedero tiene la piel demasiado fina, pero sus ideas son los espolones de un gallo de pelea. El consultor de los países del Alba ha querido pasar por la mano inocente que justifica (en El Centro Internacional Miranda de Caracas) la injustificable actitud dictatorial del chavismo, encarnado en Maduro, un santero cargado de mendacidad. Pero él más que nadie debería saber que no basta con estar con los de abajo; hay que exigirles, también a ellos, la ética que un día proclamaron  para llegar arriba.

Monedero es el 15-M frente al partido. Expresa el divorcio clásico entre el intelectual orgánico y el poder. El cisma  entre Cicerón y Marco Antonio; Platón y el príncipe de Siracusa; Malraux y De Gaulle; Sartre y Mitterrand. También es el salto al vacío del que se siente libre: Marat abandonó a los girondinos; Guevara se fue a Bolivia antes de pelearse con el aparato castrista; Nerhu se desligó de Mahatma Gandhi; el subcomandante Marcos abandonó las letras  para fundirse "en el indio".

La verdad a todas horas no soporta los despachos; tiene que vivir a la intemperie. A Monedero le esperan sus vecinos, los remolinos amables de la Complutense, el horizonte quebrado y bello de la Sierra de Madrid. 

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