Josep Rull, la sonrisa del diablo

10 de agosto de 2015 (09:04 CET)

Cuentan que el general Franco invitó en el palacio del Pardo al director de cine Juan de Orduña y a los principales actores de la película Locura de Amor, protagonizada por Aurora Bautista (Doña Juana) y Fernando Rey (Felipe el Hermoso). La película más taquillera del cine español de los años 40 que llevaba al cine una novela histórica del siglo XIX, sobre el desdichado amor de la única hija de los reyes católicos.

Cuando el director recibió la invitación del jefe del Estado y se lo comunicó a los actores; Fernando Rey se puso lívido y le entró un sudor frío. Pero no podía faltar. Entró azorado en la sala de los embajadores sin querer mirar a Franco… pero no pudo hacer de pasmarote, como pretendía, porque tan pronto entró en la audiencia, el Caudillo fue a buscarle, le abrazó amistosamente y le preguntó por su padre, el general Casado.

El nombre artístico de Fernando Rey no era el que figuraba en la pila bautismal, sino que era Fernando Casado. Un apellido proscrito en la España Nacional porque el general Casado había sido fiel a la República. Condenado a muerte y conmutado a una pena de treinta años de cárcel…

Sorprendido que Franco le preguntara por él, antiguo compañero de armas, contestó sin disimulo diciéndole que su padre estaba preso, a lo que Franco le contestó con un lacónico: lo siento, que recordaría toda la vida.

Al poco tiempo el militar republicano fue indultado. Fernando Rey nunca supo si por ese encuentro obligado en el Pardo. Pero no se arrepintió de haber ido y su padre siempre se lo agradeció. Pero la impresión con que el actor gentleman más internacional que ha tenido España salió de la audiencia, fue que el Caudillo era un cínico de muy padre y señor mío.

Esa misma impresión he tenido al leer en la prensa que Josep Rull, el número dos de Artur Mas, decía que contaba con los no independentistas para elaborar la Constitución de la hipotética futura república catalana, y lo decía con esa permanente sonrisa sellada en la boca, como aprendida en la London Academy of Music and Dramatic Arts, la escuela de arte dramático más prestigiosa del mundo.

Viendo esa sonrisa profesional del político pensé, luego, que a lo mejor no era cínica sino algo peor: le falta empatía. No tener empatía es uno de los defectos más graves que puede tener alguien, por que equivale a no saber ponerse en la piel de la persona que tiene enfrente.

Siempre he pensado que la distinción de una buena persona es el instinto natural que tiene para entender al otro. Una persona que no tiene empatía no puede comprender a quien piensa diferente. La empatía es ser capaz de ponerse en la situación de los demás, no para pensar igual, sino para entenderlo.

Por eso es imposible llegar a un acuerdo con este tipo de gente. Viven en una burbuja impermeable que no les deja percibir la sensibilidad de los demás, porque ¿a quién se le ocurre proponer a un no separatista que colabore en una Constitución contra su identidad nacional? En el fondo, al margen del cinismo y la falta de empatía, Rull disimula con esa sonrisa beatífica de plastilina, vive ajeno a la realidad sociológica de lo que es Cataluña. Y esto sí que es un peligro para quien tiene poder.

Me recuerda la sonrisa de Mefistófeles

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