Jordi Cinca: la rosa púrpura de Andorra

17 de mayo de 2015 (00:00 CET)

Cuando en 2008 Lehman Brothers pidió a su abogado los papeles de la quiebra, obtuvo esta respuesta: "¡No, el Estado no te va a dejar caer! Sería como si Roma vendiera el Vaticano a los japoneses con el Papa dentro haciendo de mayordomo". Es una escena cinematográfica conocida de Michael Moore. Lo curioso es que el pasado mes de marzo, aquella frase  tuvo una mini réplica en Andorra, cuando Jordi Cinca, ministro de Finanzas y Función Pública del Principado, le dijo algo parecido al ceo de BPA, Joan Pau Miquel Prats. Cuando una cosa va mal sólo es susceptible de empeorar. Y empeoró hasta el punto de cargarse un banco, BPA, y su filial española, Banco Madrid, aquella ficha que tuvo Jaume Castell Lastortras, convertida  en una gestora de patrimonios bajo la mano experta de José Pérez, el ex jefe de la inspección del Banco España. Todo es paella.

Han pasado algunos días y la perspectiva del tiempo nos dice ahora que los accionistas de BPA (los Cierco) no son tan malos, ni el resto de los bancos andorranos calladitos son tan santos. Pero, sobre todo, la distancia nos dice que el Govern de la Vall es la caricatura de una dama indigna en estado de reposo cuando oye el rumor del Tesoro norteamericano. Mala conciencia. Se han acabado los alegres paseos dominicales de los barceloneses acomodados por la Avinguda Meritxell; es algo tan luctuoso como el cierre por parte de Iberia del vuelo de los martes, Barcelona-Ginebra.  

Jordi Cinca

No hace tanto, las gentes de buena ley depositaban el fajo sobre la caoba plastificada de los arbitrajistas andorranos, se volvían al coche y, al llegar a frontera, declaraban dos bajillas de duralex y un juego de té Morgan de imitación, con las carabelas repujadas en esmalte negro. Las risas del dinero tienen su punto. Pero pierden la gracia cuando entran la cocaína y el gran delito. Jordi Cinca, joven político de Demòcrates per Andorra la Vella, fue amenazado de muerte en 2012 y alguien repitió el susto el pasado mes de febrero, cuando se encontraron rastros de disparos en una ventana de su casa. Quienquiera que fuese sembró temor. Después de BPA, da un poco más de yuyu atravesar la frontera de la Seu d'Urgell, a riesgo de que te hagan abrir el maletero. Aunque, puestos a ocultar, siempre quedan los senderos pujol-ferrusólicos, que fueron antiguos enclaves virginales para el poeta Verdaguer (… És del Cadí la serralada enorme/ciclòpic mur en forma de muntanya/que serva el terraplè de la Cerdanya…). Nación y negocio, una dupla que no hubiese funcionado sin su off shore pirenaico.

La segunda semana de marzo, Andorra se abrió en carne viva. Su cap de Govern, Antoni Martí, y tres de sus ministros, Jordi Cinca, Jordi Alcobé y Gilbert Saboya formaron un comité de crisis. Y pensaron: pasado el fin de semana, amainará. Pues no; el lunes, colas en BPA para retirar depósitos y fin de la historia. Como en aquella broma pesada de Mary Poppins cuando un hijo del banquero señor Banks le grita a su padre: ¡Devuélveme mi dinero!, en medio del patio de operaciones plagado de clientes y, de inmediato, la  liquidez se va por el desagüe. En BPA  hubo que aplicar un torniquete. La sórdida intervención del Banco de España en la filial de BPA, la indiferencia mineral de Mario Draghi y el susto en el cuerpo que nos metió el Tesoro norteamericano, hicieron el resto. Andorra ya no es una plaza; se ha convertido en provincia; va camino de ser un Gibraltar sin el resguardo de los bucaneros de Main Street. ¿Saben por qué se aguanta Gibraltar? Pues porque entre Main Street y la City de Londres todo es confidencial; no se pagan impuestos ni se habla de firmar un convenio de doble imposición, como el que quieren Jordi Cinca y Antoni Martí entre Andorra y España. "El secreto para mantener un status quo exige no salir nunca en la foto", escribe en su libro La riqueza oculta de las naciones, Gabriel Zucman, profesor de la London e investigador de Berkeley.

Mientras sus autoridades son hologramas y sus policías son implacables, los paraísos fiscales funcionan. Cuando quieren racionalizarse o firmar convenios con la UE, pierden valor. Para eso tenemos a Luxemburgo, la patria de Jean Claude Juncker, el ex premier que albergó en cuentas opacas a 135  filiales de multinacionales europeas con una factura oculta de más de medio billón de euros. Y tan pancho. Es el presidente de la Comisión, gracias a la gran coalición PP-socialistas, en el parlamento de Estrasburgo. ¿De qué estamos hablando? El día que llegó el lobo, a Jordi Cinca se le ocurrió colaborar con el Tesoro. Alguien salió de la pantalla y le cogió de la mano cómo en la película La rosa púrpura de El Cairo. No era Rajoy, como escribió Rubén Amón, en El Mundo, parar significar la bajada del presidente a la calle. Cinca y su acompañante se fueron a dar un paseo; el ministro descubrió un mundo de delitos de cuello blanco y de los otros. Volvió purificado, pero ahora, después del huracán, Andorra ha perdido caché.

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