Jenaro García: el papanatismo de la marca España

13 de julio de 2014 (00:00 CET)

Los gestores de Caja Madrid Bolsa presentaban a Jenaro García, presidente de Gowex, como el Steve Jobs español. ¡Analistas de mistela y croqueta gorda!, ¡sarta mangutante!, estómagos agradecidos de Mariano Rajoy que depositó en él la esencia de la marca España. Pero todo esto fue antes de saberse que el milagrero inventor de Gowex falseaba las cuentas de su empresa.

Don Jenaro, muy anglosajón él, reconoció su engaño, estilo Madoff, como si en la culpa llevara su penitencia. Pero no es suficiente; el lunes declarará ante el juez Pedraz para poner al descubierto su contabilidad creativa. A Jenaro le llovía el dinero que a otros les faltaba; le caían los fajos del cielo inversor jaleado por sus compañeros de viaje que lo encontraban lo más normal del mundo en tiempos de estimulación crediticia, en plena forward guidance, los prometidos tipos de interés bajos.

En el Madrid del sol de la sierra siempre es domingo por la tarde. Mandan el cocktail y el canapé. Pero cuando la marca afloja, los grandes se tiran a degüello contra los costes laborales. Aena pasa cuentas con sus monopolios naturales; Adif se privatiza; Repsol y Endesa nutren sus resultados con la insana tarifa e Iberia aplica un ERE casi el mismo día en que muere Gowex. Claro que siempre nos quedará Florentino y su Alta Velocidad en La Meca. Jenaro vende ciudades wifi utilizando el símil del agua (be water, my friend, en la cara de Bruce Lee).

Se le ocurrió la idea a partir de su imagen infantil de la Fuentecilla, el famoso manantial de la calle Toledo donde los vecinos hacían cola con cántaros y vasijas en años de pertinaz sequía. Las conexiones wifi fluyen, son como el agua, pero su gratuidad es solo pasajera. Antes de Internet, Jenaro vendía pins y casettes en el Rastro de Madrid. Entró en el mundo de las relaciones internacionales como importador de coches. Tiene la semilla del emprendedor, pero apretó fatalmente el acelerador al colocar a Gowex en el mercado mundial de wifis gratuitos, con 71 ciudades y 60.000 puntos de conexión.

Se montó en el potro de las utilities sin la red de una tarifa regulada. Su negocio eclosionó con el iPhone; se asoció con la mismísima Deutsche Telekom. Establecía alianzas con el entorno, no con el cliente final. Pactaba con los ayuntamientos como preámbulo a las empresas de servicios. Compraba el canal antes de llegar al punto de venta. Se presentó como la alternativa al prosaico tocho inmobiliario. Quiso ser la Inditex del mundo digital.

Jenaro fue galardonado con el Premio Nacional de Márqueting y aprovechó el galardón para lanzar un elogio encendido de la ética empresarial. Pero, a Gowex, la muerte le pisa los talones: ha salido del mercado alternativo, el MAB, y ha sido suspendida de cotización a pocos metros del Ibex 35, un sueño imposible. La hundió un demoledor informe de Gotham City Researc, una agresiva inversora norteamericana que había tomado posiciones bajistas en el capital de Gowex. Un minuto antes del informe, la empresa de Jenaro García llegó a valer 1.400 millones de euros.

El MAB ha reaccionado tarde y mal. Es un mercadillo a la altura de Don Jenaro. Ofrenda en el altar del Ebitda y del Capex, mnemotecnias del valor, amagos que desvirtúan el precio real de las cosas, trucos de magia blanca para esconder el pasivo bancario metido en la panza de las empresas cotizadas.

El free float de Gowex en el mercado alternativo iba a convertir a Madrid en la ciudad inteligente por antonomasia. Pero no, ¡maldito relaxing cup of café con leche! El MAB es una filfa de la nueva economía, que no es nueva a fuer de virtual y tramposa. Los inversores que metieron sus ahorros en Gowex están de luto. Y, una vez más, el organismo regulador (la CNMV) practica el toreo de salón, aquel arte del disimulo engrandecido por Adolfo Marsillach sin moverse de casa.

Hubo un tiempo en que Jenaro parecía el nuevo Midas, un tiempo cercano que pisa la memoria más remota de Javier de la Rosa, aquel responsable de la inversión kuwaití en quien Jordi Pujol y su consejero Macià Alavedra condensaron las virtudes teologales del empresario catalán. Rajoy ha reeditado a Javier en la meseta. No hace mucho, el presidente afirmó en público que Jenaro era la bomba. Se subió al tren desaforado del wifi con la misma intención ventajista utilizada en la reducción de la prima de riesgo, cuando en realidad la mejora del diferencial respecto al bono alemán se ha producido gracias a la compra al por mayor de títulos de Deuda (Quantitative Easing), aplicada desde Frankfurt.

El capitalismo popular o la compra de acciones a gran escala descarga la responsabilidad sobre el ahorrador de a pie, indefenso ante el engaño de los gestores. Esta pérdida de la identidad frente al “fetiche de la mercancía” (las acciones) recuerda que la opinión adocenada “hace imposible sumar individuos”, como escribió Juan de Mairena, heterónimo de Machado.

Pero ya es tarde para filosofar. Miles de empleados (directos e indirectos) irán al paro. Centenares de inversores perderán su camisa. Le hemos reído las gracias a Jenaro, al Steve Jobs de la Fuentecilla. Todos somos culpables; culpables de papanatismo, claro.
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