Javier Godó: la centralidad perdida

15 de diciembre de 2013 (00:00 CET)

Javier Godó quiere reconquistar la moderación. Su gesto no es una concesión a la fronda antisoberanista que limita al sur con el paseo Bonanova y al norte con la sierra de Collserola de Barcelona. En los verdes de Forestier, donde brilla el paisajismo y anida la queja, no se ha entendido nunca que La Vanguardia sea una trinchera nacionalista. La respuesta del empresario editorial no admitía ya más dilaciones: Josep Antich se empotra en el Estado propio de Artur Mas mientras, en su lugar, reina ya Màrius Carol.

Mañana, lunes 16 de diciembre, el consejo de administración del Grupo Godó nombrará a Carol. Por su parte, Antich, el director que fundó la edición en lengua catalana, obtiene el récord de permanencia en el cargo, por delante de todos: Tapia, Noy, Foix, Horacio Sáenz Guerrero y los demás; y por delante, naturalmente, del efímero Gaziel, “el intelectual catalán más brillante del siglo XX”, según escribió Josep Benet.

Todos felices; y algunos menos, como CaixaBank, en cuyo consejo de administración desempeña una vicepresidencia Javier Godó Muntanyola, conde de Godó. Por lo visto, en las Torres Negras de Diagonal, gusta mucho la finta de Antich, oriundo de La Seu d’Urgell, la ciudad natal de Ricard Fornesa, el anterior presidente del banco. Pero, en cambio, no gusta tanto, sin dejar de gustar del todo, la mano de Màrius, menos estajanovista que su antecesor y demasiado dúctil ante el mundo de Pedralbes.

 
Javier lleva el timón del grupo, pero su hijo Carlos Godó gestiona el día a día
Donde sí convence Carol es en la Casa Real, el segundo frente. La Zarzuela se considera traicionada por la militancia nacionalista de los Godó, a pesar de la aparente reconciliación escenificada en público hace un año cuando el Rey galardonó al cardenal Tarcisio Bertone, en la fundación del editor.

Javier Godó, eslabón de la Restauración distinguido por Juan Carlos con una Grandeza de España, actúa de puente entre el constitucionalismo unionista y la ruptura catalana. Javier lleva el timón del Grupo, cuyo consejero delegado, su hijo Carlos Godó, gestiona el día a día. Carlos es un producto de escuela de negocios: ebitda rampante e ideología profesional supeditada al valor agregado.

El heredero se mueve como pez en el agua en la derecha españolista catalana, hasta el punto de que, en los pasillos de su periódico, suele decirse exageradamente que al consejero le gustaría ver cada día una foto de Alicia Sánchez Camacho en La Vanguardia. El joven Carlos, eterna juventud de los cuarenta largos, lleva los genes de su abuelo, Carlos Godó Valls (Barcelona, 1899-1987), segundo conde de Godó. Este último presidió la Societat Econòmica d’Amics del País, fue procurador en Cortes por designación de Franco y consagró a Galinsoga, nefasto propagandista de las Juntas de Ofensiva.

Por su parte, Godó Muntanyola, más allá de su amistad con la Remensa nacionalista, ha cultivado el tono aliadófilo de su progenitor. Entre la herencia intelectual del abuelo y la emergencia del nieto, Javier es el conde demediado, un monárquico de talante liberal, arrastrado por la energía cinética del catalanismo político; esquivo en lo político y generoso en lo ético, más propenso al laicismo que a la cruzada.

El editor de La Vanguardia y El Mundo Deportivo fundó Antena 3 y controló el 40% del diario Avui, una participación vendida en 2009. Hace 20 años libró una batalla por la supervivencia cuando supo que su propia empresa encubría una trama secreta que se llevó por delante al entonces director del Cesid, Emilio Alonso Manglano, bajo el control del ex vicepresidente Narcís Serra. En el trasfondo de aquel turbio asunto aparecieron Mario Conde, De la Rosa, Pujol, Asensio, Antena 3 de Radio y Antena 3 TV. Hubo de todo, incluidas las escuchas, los pinchazos telefónicos del agente Mikel Lejarza, alias Lobo.

Los Godó, cuyos antecedentes empresariales se sitúan en Igualada (Igualadina Cotonera), instalaron en Barcelona una fábrica de hilaturas, la Godó Hermanos y Cía. Los hijos de Godó y Pié, Ramón Godó y Lallana y su hermano Bartolomé fundaron La Vanguardia en 1881, inicialmente vinculada al sesgo liberal del partido de Sagasta y, una década más tarde, en 1888, modernizaron la difusión del rotativo gracias al impulso de la Expo Universal. En 1939, finalizada la Guerra Civil, los dueños del grupo editorial entraron en Barcelona con los Nacionales.

Fueron testigos mudos de la desesperanza de Josep Pla, gran escritor y miembro del aparato de propaganda de Burgos, que aspiró en vano a la dirección del periódico. Cuando los ganadores pasivos se convirtieron en estatuas de sal, los Godó se refugiaron en su domicilio sin aparecer en años por la sede de Pelai. Fue así como la distancia consagró para siempre su centralidad.

Hoy, el Grupo Godó es un conglomerado multimedia de tamaño catalán. El papel escrito no da para mucho desde que la publicidad se cayó los fines de semana de búsqueda de trabajo o casa de una altura de 50 millones de euros. La televisión, el canal 8TV, no arranca, erosionada por sus costes fijos en estrellas discutidas, propios de una emisora de calibre mediano, con la desventaja de que su mercado lingüístico es muy reducido respecto al de sus competidores (Tele 5, La Sexta...).

8TV y las emisoras de radio (RAC 1; RAC 105) están concentradas en Catalunya Comunicació, una empresa en la que los Godó controlan el 91% del capital y que arroja pérdidas consolidadas. Entre lo que pierde la Televisión de Godó y lo que ganan sus emisoras de radio, joyas de la corona, el balance negativo global será este 2013 de 5 millones en pérdidas. El resumen es que Catalunya Comunicació se ha convertido en una ratonera de la que los socios minoritarios tratan de huir vendiendo sus acciones al valor nominal o regalándolas al núcleo familiar, que regatea.

En su momento, el multimedia se enlazó en Unión Radio, donde Godó mantiene una participación diluida frente a Prisa, accionista mayoritario, acompañado de Trastámara, la patrimonial de doña Isabel de Trastámara y Silva, que luce, brilla y da color. Allí, la rabiosa velocidad de las ondas se emparenta con el pasado, las emisoras fundadas por Carlos Urgoiti en 1924, hijo de Nicolás María de Urgoiti creador de diarios emblemáticos de otro tiempo, como El Sol y La Voz.

En la Barcelona de la Avenida Pearson y Panamá, los bancos de forja y las magnolias gigantes protegen de los embates políticos. A Godó, un paseante habitual del Turó Park, no le pueden los balaústres de sus suscriptores más fieles. Su golpe de timón no va dirigido a su clientela habitual, sino a recuperar la centralidad. Su sueño multimedia se estanca.
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