Jaime Alfonsín: la mano derecha de Felipe VI

08 de junio de 2014 (00:00 CET)

Es un tirabuzón semiótico. Ha laminado a su entorno antes de ocupar la escena. Se ha cargado a García Revenga, ha soslayado al diplomático Alberto Aza y ha puesto coto a las amplias relaciones de Javier Ayuso. Es Jaime Alfonsín, un letrado formado en el bufete Uría-Menéndez y nuevo hombre fuerte de Zarzuela. Alfonsín es hoy la mano derecha de Felipe y todo parece indicar que, a partir del próximo día 19, será el secretario general de la Casa del Rey.

Felipe quiere ser la bóveda del desafío secesionista catalán, un conflicto del que Alfonsín tiene algunas de las claves. El secretario del príncipe trabaja con el general Emilio Tomé, profesor de Felipe en temas de geoestrategia, como lo ha sido la catedrática Carmen Iglesias en historia y humanidades, dos materias que canalizan la educación sentimental del heredero. Iglesias le implantó a Felipe el gen de la división de poderes; le hizo leer Cartas Persas y El espíritu de las leyes, el cráter doctrinal de Montesquieu. Hace pocos días, en su última cohabitación, Rey y príncipe, increparon al mito de la unidad indivisible de España y cantaron La muerte no es el final en honor de los caídos. La imagen de San Lorenzo del Escorial nos ha devuelto una Corona fuerte que se aleja por momentos de la distancia elegante de Juan Carlos I, el Borbón campechano, como lo fue su abuelo Alfonso XIII, evocado en este conocido romance popular: “de los árboles frutales me gusta el melocotón/ y de los reyes de España, Alfonsito de Borbón”.

En el monasterio navarro de Leire, Felipe habló el pasado martes de una España milenaria que “hunde sus raíces en un pasado común”. Dentro de poco, después de su entronización, le aguarda Covadonga. La parroquia de Cangas de Onís ya se engalana para recibir a Leonor, la hija mayor de Felipe, que pronto será princesa de Asturias. En cualquier caso, lo primero es la coronación en las Cortes generales, donde CiU acude en tiempo de descuento. Los analistas se muestran especialmente sorprendidos ante la misantropía de Duran Lleida, número dos de la federación nacionalista, en esta cuestión. Duran es un defensor acérrimo del equilibrio institucional, como queda claro en su libro Entre una España y la otra, propio de un político sofisticado. Pero, por lo visto, al democratacristiano catalán por antonomasia la doctrina ya no le sirve de guía. Duran ha sido tragado por el entorno soberanista, que deglute (como la revolución) a sus mejores hijos. El bucle del esencialismo nacional-republicano se apodera de las corporaciones municipales. Girona rechaza su principado y Balaguer se desmarca del título de Señora que le corresponderá a la infanta Leonor.

La sonada abstención de CiU representa una ruptura inopinada para Jaime Alfonsín. ¿Qué diría ahora Sabino Fernández Campo, el sabio silencioso que tuvo a su lado Juan Carlos I? Si estuviera con nosotros, Sabino diría que el Rey tiene potestad constitucional para intervenir en Catalunya. Pero no lo hará, como tampoco lo hizo su padre en la Euskadi del Pacto de Lizarra.

Abogado del Estado de profesión, Alfonsín conoce los entresijos de la Corona gracias a su colaboración con el diplomático Enrique Pastor, el hombre que se convirtió en la sombra de Felipe en la Universidad norteamericana de Georgetown, donde el príncipe compartió piso con su primo, Pablo de Grecia. Pastor condujo al príncipe por la vía civil mientras que, de su carrera militar, se encargó Ignacio Inza. Pastor e Inza fueron producto del equilibro alcanzado en Zarzuela entre Fernando Almansa y Rafael Spottorno, después de la retirada de Sabino Fernández Campo. Por su parte, Jaime Alfonsín encarna ahora el último servicio de la misma dupla Almansa-Spottorno.

Alfonsín acabará siendo implacable. No se olvida de que, tras conocerse la imputación de García Revenga, asesor de las infantas y ex tesorero del Instituto Noos, la casa real cerró filas para taponar la vía de agua. Alfonsín no comparte la política del avestruz aplicada a menudo en la Casa del Rey. Entró a formar parte del entramado de Zarzuela en 1995 y su trabajo no tiene nada que ver con la etapa de educación de Felipe. Es un consejero de cara descubierta y opinión independiente. Impondrá criterios y dictará normas, libre de ataduras. En su mano derecha lleva el mejor manual de comunicación, mientras que la izquierda obedece a Emilio Tomé, antiguo profesor del príncipe en la Proa, la Academia Militar de Zaragoza.

Hacia fuera, Alfonsín será inequívoco. Hacia adentro, cuenta ya con el apoyo de José Zulueta, duque de Abrantes y marqués del Duero. Zulueta sujetará a Leticia porque, en materia de coronas, un gesto ahorra (esta vez sí) muchísimas palabras. En la época de Thomas Moro, un besamanos de Catalina de Aragón podía desencadenar una guerra europea. Ahora no llegamos a tanto, pero es bien cierto que la falta de identificación con la Corona de una parte de la ciudadanía española podría ir a más, si se producen escándalos en el entorno de Felipe de Borbón. Para evitarlo, Alfonsín ya levanta barricadas invisibles.
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