Inversiones alocadas

11 de febrero de 2015 (21:06 CET)

La inversión y el gasto están dentro del mismo cajón de las preocupaciones humanas: donde se guardan dudas como qué hacemos con el dinero, ya sean nuestros o prestados. El consumidor privado toma sus decisiones sobre el dinero en función de muchos parámetros, que se resumen en el nivel de confianza que tiene sobre su economía y la economía en general.

Ahora hemos visto como el Índice de Confianza del Consumidor que publica el CIS, ha subido. A ello se le suma la satisfacción de los comerciantes con los resultados de las campañas de Navidad y de las rebajas. Hablamos de gasto.

Es el importante cambio de tendencias en el gasto que se apuntan como final de crisis. Por ejemplo, con el regreso de los productos de marca, a pesar de la resistencia de la racionalidad en los precios, así como la satisfacción que condiciona la compra actual, además de que la frecuencia de compra es más alta y de menor cantidad, etc, ... Los comerciantes aprenden rápidamente sobre los hábitos de compra y el comportamiento del gasto y se adaptan al acoger al nuevo consumidor, lleno de recomendaciones que obtiene en la red, muy exigente con precio, pero dispuesto todavía a dejarse seducir con el exclusividad.

El comercio que ha resistido a los peores momentos de la crisis sabe adaptarse. Ha adquirido la capacidad de aguantar la bajada de márgenes y ha aprendido a soportar el aumento de horas de dedicación para poder continuar su presencia en el mercado.

Las lecciones aprendidas otorgan raciocinio para medir gasto y el consumo por parte de unos y otros. Lo mismo deberíamos pensar con las inversiones. Las inversiones de los agentes económicos se basan en el principio del retorno: nadie tira el dinero. Las inversiones piden que antes de materializarse se estudie y se defina cuál es el retorno y los plazos en los que quiere obtenerse. Las inversiones, por tanto, tienen un componente de visión de futuro y de las estrategias que hay que jugar para obtenerlo. Por eso son tan importantes en el ámbito de la gestión del dinero público y en las decisiones que toman los gobernantes. La racionalidad de las inversiones está guiada por el retorno social y económico de lo que se invierte.

Lamentablemente, la racionalidad no es el criterio que se utiliza en el ámbito de las infraestructuras ferroviarias de alta velocidad pues no hay evidencias de retorno social y económico que las justifiquen.

La inversión alocada del AVE se sustenta en el visto bueno (ciego) de la ciudadanía que no se da cuenta de que nunca podrá ser social y económicamente rentable. No hay retorno. Los pocos viajeros de la línea más llena (Barcelona-Madrid, 8 millones) están muy lejos de los 20 millones de los estándares que fijan el umbral de rentabilidad de una línea como ésta.

La inversión alocada que desde 1978 continúa en 2015: los presupuestos del Estado destinan 3.561 millones de euros que corresponden a la ampliación de 1.000 kilómetros nuevos. España logra situarse como primer país europeo en kilómetros de red (segunda del mundo después de China). El Ministerio de Fomento a través de la sociedad Adif-Alta Velocidad entregará el importe indicado de donde más de 3.000 millones procederán de la emisión de la deuda y de la venta de bonos en los mercados de capitales con un alto tipo de interés del 3,5%.

La enorme deuda que tiene esta empresa es la más alta de todas las empresas públicas y no computa a efectos de la deuda del Estado. En la Unión Europea no se pone freno a esta locura y aporta la pequeña cantidad de 285 millones. La burbuja estallará y las dudas sobre su rescate son enormes. ¿Tendremos capacidad (y paciencia) para devolver toda la montaña de dinero mal invertido? Y quizá aún más importante: ¿cuál es el coste de oportunidad? ¿Cuál sería el retorno de la inversión si el dinero se hubiera destinado a otros fines sociales o económicos?

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