Inversión

20 de junio de 2015 (19:57 CET)

Existe un permanente terrorismo comunicativo por parte del Estado para convencer de que el proceso democrático hacia la independencia está teniendo costes en términos de merma de inversiones. Hace un par de días, la Cámara de Comercio de Barcelona, con su presidente Miquel Valls y el jefe del servicio de estudios, Joan Ramon Rovira, desmontaban con cifras las informaciones intoxicadoras. Para conocer el comportamiento de las inversiones es preciso trabajar con ciclos largos. Los ciclos cortos despistan. Es, en parte, lo que sucedió en Cataluña en el año 2009, cuando en pleno inicio de la crisis se dispararon las inversiones porque los precios de los activos habían caído. El repunte súbito de precios de 2009 se tradujo en un efecto rebote que limó la euforia inversora durante los ejercicios 2011 y 2012.

No obstante, lo más relevante es el aumento constante de la media de inversiones brutas registradas en una serie histórica que arranca en 1993 y acaba en 2014. Incluso en términos relativos, el porcentaje de inversiones en Cataluña sobre el total del Estado español, que cayó del 27% al 16% en la década de los 90, se ha incrementado durante los años de debate estatutario e inicio del proceso hasta el 20%.

En 2014, por ejemplo, se registraron 144 proyectos de inversión exterior frente a los 133 del ejercicio anterior, según Invest in Catalonia. Cerca de 86 proyectos fueron fusiones y adquisiciones, frente a los 16 notificados doce meses atrás. Otro elemento positivo es la tipología de las inversiones. De 2009 a 2014 Cataluña ha recibido el 35% en industria, frente al 29% en el resto del Estado.

Creo que son datos buenos para reflexionar, en una semana en la que ha producido una histórica bifurcación en el centroderecha catalanista. Entre aquellos que, representando a sectores de la burguesía menos dependiente del Estado, han optado por sumarse al proyecto para un Estado Propio, que catalizan los sectores populares. Y entre aquellos que, representado a la burguesía más dependiente del Estado (el lobby Puente Aéreo) optan por continuar defendiendo posiciones autonomistas, ya sea bajo banderas federales o confederales. Los unos se han lanzado hacia una propuesta que puede homologar Cataluña a una hipotética Holanda del Mediterráneo, como ya nos conocían los viajeros en el siglo XVIII. Los otros, conservadores y apocados, optan por continuar siendo una clase subalterna provinciana en una provincia empobrecida.

La clarificación electoral y política será buena. El ultraespañolismo de PPC's, el confederalismo de Unió y PSC, el independentismo de una CDC refundada, ERC ampliada y CUP más aliados. En el terreno de la incógnita, del sí pero no, se queda el conglomerado ICV-Podemos-Forcades.

Y que no canten victoria los españolistas ultramontanos. Mas sin el lastre de Duran puede aunar una lista con músculo y refundar el centro con posibilidades de éxito, algo que la derecha españolista no hace ni hará. Unió, si se presenta, movilizará los sectores conservadores o temerosos del catalanismo, que hasta ahora por falta de referentes no habían votado o incluso habían prestado su apoyo a Ciudadanos. Este partido no los retendrá por su obsesión anticatalana que roza lo enfermizo.

Así las cosas, en otoño tendremos una mayoría de votos y escaños a favor de la República catalana. Y más de 100 diputados que compartirán, cuando rehagan los puentes, los valores básicos del catalanismo democrático: inmersión lingüística, exclusividad de competencias en cultura y comunicación, voluntad de control de los impuestos propios, etc. Y el derecho legal a decidir. Valores que ya contenía el Estatuto consensuado antes que fuera destripado por el PP y el TC. El resto del españolismo será marginal: una efímera fuerza emergente como Ciudadanos, con una sola alcaldía, y una decadente como el PP, a punto de vivir una suerte de La Noche de los Cuchillos Largos entre sus dirigentes, siempre teledirigidos desde Génova. Una traca digna de la verbena de San Juan. Que disfruten de la coca con piñones.

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