Hasta el mar les ha defraudado

22 de abril de 2015 (17:15 CET)

Un país o patria no es donde se nace, sino donde se pueda vivir con dignidad y humanidad, donde se pueden lograr metas, así lo expreso un emigrante que logró llegar a Italia después del hundimiento de la embarcación.

Sólo se salvaron la mitad de sus ocupantes. Tuvo mejor suerte que las 700 personas desaparecidas este fin de semana. Otra tragedia. Más naufragios en el Mediterráneo. No les basta con la desesperación, el hambre y las guerras que hasta el mar les ha defraudado.

El Mediterráneo no puede seguir siendo un mar demasiado estrecho para vivir y demasiado ancho para morir. Europa no debe seguir considerando el Mediterráneo como una historia pasada o como la zona de amortiguamiento de emigrantes y turbulencias en África y en Oriente Medio.

África es un continente rico. Representa el 30% de los recursos naturales y el 60% de la tierra cultivable del mundo. Pero poco de esto ha beneficiado a la población de un continente en el que unos 400 millones de personas todavía viven por debajo del umbral de la pobreza y donde 200 millones habitan en estados frágiles.

Cerca de 12 millones de jóvenes africanos ingresan en el mundo laboral cada año y sólo una quinta parte consigue un empleo. Esto debería aumentar la preocupación por los nuevos disturbios con  jóvenes descontentos que son cada vez más vulnerables al reclutamiento por parte de grupos extremistas.

La corrupción persistente en el sur del Mediterráneo. Ha costado en los últimos 30 años, 300.000 millones de dólares (280.000 millones de euros). Entre 1980 y 2012, África perdió entre 1.200 y 1.500 billones de dólares por la fuga ilícita de capital, la corrupción o la evasión fiscal. Hoy el mundo, sobre todo Europa y EEUU, pagan el precio del terrible fracaso por no evitar las guerras en Libia y Siria que han alimentado el odio, el fracaso económico, la injusticia y la tiranía. 

Como se ha demostrado, es peligroso distraernos del Mediterráneo. Europa tiene que implicarse. Su futuro está estrechamente relacionado con la capacidad de desarrollo de esta región por la fuerte interdependencia y los múltiples canales de transmisión. No implicarse tiene un coste muy alto. Hay que superar los muros de incomprensión, herencias y conflictos que están hipotecando el futuro. Y quien piense que Europa puede mantenerse ajena a esta historia se equivoca. 

Para avanzar, en el sur del Mediterráneo y en África, Europa debe apostar por la estabilidad y el crecimiento económico a largo plazo, pero esto depende de un sistema democrático, una buena gobernanza y la participación de todos los actores de la sociedad civil.

Será necesario apostar por un nuevo marco de cooperación en un espacio común de carácter innovador que implicaría un conocimiento más profundo de los problemas de la región, orientado a constituir un eje básico de la evolución entre Europa y el Mediterráneo, en el proceso de creación de un Mediterráneo global y competitivo.

Hace falta una nueva política de vecindad europea hacia el sur del Mediterráneo, después del estallido de las revoluciones y los levantamientos en esta región. El Mediterráneo se ha convertido en un «cementerio» para miles  de seres humanos que huyen de la pobreza, las guerras y las humillaciones en busca de una vida digna. Esto representa para todos los países de la unión Europea importantes desafíos en las áreas de seguridad y la acogida de los inmigrantes e incluso las políticas internas.

El tsunami económico, las guerras y los conflictos que recorren el mundo dejaron millones de personas sin futuro y sin empleo. Desataron disturbios y conflictos en muchos lugares del mundo. Y una de las salida que muchas personas eligen o algunos gobiernos promueven para aligerar la presión social es emigrar. En 2014, el 4% de la población mundial vive y trabaja fuera de sus países de origen.

El fenómeno migratorio se ha convertido en uno de los grandes protagonistas del debate público en muchos países destinos, como Italia o España. Sobre todo se va agravado por la larga crisis económica, los últimos acontecimientos en Melilla, Malta y en Lampedusa. Es un reflejo del impacto o la desesperación que supone el hambre, el paro, la violencia o los conflictos bélicos para muchas personas o países emisores. Hoy la migración no es sólo una oportunidad para mejorar las condiciones de vida en algunos territorios, muchas veces lejanos, sino una necesidad.

La dictadura de la pobreza es la mayor amenaza. Los jóvenes sin futuro y sin empleo son uno de los motores de la emigración. Esta movilidad humana es en gran parte consecuencia de los desequilibrios territoriales que las políticas económicas y los regímenes dictatoriales y corruptos han dejado en numerosos países.

La carencia de políticas eficaces y actuales que aborden de manera eficaz el tema de la movilidad humana ha planteado un desafío a la comunidad internacional, que nos recuerda en primer lugar que el carácter universal de los derechos humanos y las libertades fundamentales no debería admitir dudas.

La magnitud del desafío que enfrenta la región en medio de la agitación política y social deja a las medidas de asistencia financiera existentes no aptas para el propósito. Un nuevo Plan Marshall es la única solución realista para resolver los problemas económicos.

El Mediterráneo no tiene dos orillas, sino una sola que circunscribe. No es una brecha entre dos mundos, sino una zona común de nuestra vida.

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