Gowex y la ceguera de los auditores

Gonzalo Baratech

11 de julio de 2014 (21:03 CET)

Jenaro García y su empresa Gowex eran hasta el pasado martes 1 de junio unos perfectos desconocidos para el gran público. Hoy, tras la confesión de su estafa, se han transformado en pararrayos que atrae todo tipo de invectivas.

En horas veinticuatro, García se ha inscrito por derecho propio en la galería de bribones de este país. Pero al menos, ha tenido la hombría de reconocer sus fechorías en el juzgado y pedir perdón públicamente por ellas. Difiere, así, de otros protagonistas de mangoneos, en particular si pertenecen a la especie política. Éstos, cuando se les descubre, suelen negar sus tropiezos como bellacos y los siguen negando con terquedad, incluso después de ser condenados.

El hundimiento de Gowex deja una larga estela de 5.000 damnificados, modestos inversores muchos de ellos, que compraron las acciones en bolsa sin saber que les estaban dando gato por liebre. Lo último que podían imaginar es que la contabilidad de la casa estuviera falseada de la cruz a la raya. Todos sus ahorros se dan por perdidos.

Los órganos de supervisión y control han vuelto a fallar estrepitosamente. Semeja increíble que una compañía de tres al cuarto pueda torearse a la vez al Mercado Alternativo Bursátil, la Comisión Nacional del Mercado de Valores, la Agencia Tributaria y a una caterva de auditores, asesores, colocadores, periodistas y analistas. Nadie atisbó que Gowex era un burdo timo y que el 90% de las ventas declaradas sólo existía en la mente calenturienta de sus impulsores. Nadie puso en duda la autenticidad de los números que la firma exhibía.

Algunos, en particular los auditores y los asesores, se embolsaron opíparos emolumentos de Gowex. Los sabios analistas, de proverbial clarividencia, recomendaron con fervor a sus clientes que compraran acciones de Gowex, después incluso de que aquella cayera en barrena.

El escándalo salpica de lleno a altas instituciones. Ana Botella, alcaldesa de Madrid ensalzó a Gowex como referencia empresarial. El presidente del Gobierno Mariano Rajoy le hizo entrega del galardón Start-ex. El ministerio de Industria de Juan Manuel Soria, dadivoso él, le adjudicó subvenciones por valor de 1,4 millones. Antes, en 2007, el ministro de Industria Joan Clos le había obsequiado con un premio a la innovación, dotado con 200.000 euros.

Jenaro García embaucó a todo quisque. Se desconoce lo que pasaba por la cabeza de este promotor de pacotilla. ¿Acaso confiaba en mantener su patraña eternamente? El asunto ya está en manos de la Audiencia Nacional. Ahí se quedará durante años, acumulando polvo, dada la bochornosa lentitud de la justicia.

La jefa de la CNMV, Elvira Rodríguez, saltó rauda a sacudirse de encima cualquier responsabilidad, por si las moscas, y culpó al socorrido maestro armero. A su entender, lo de Gowex fue una “desgracia”, como si tal fraude equivaliese a una especie de fortuito tornado que irrumpió cuando nadie lo esperaba. De momento, se anuncia una lluvia de querellas contra García, contra el auditor M&A y contra los organismos reguladores. Así que hay tela cortada para rato.

Auditores impunes

Los sucesivos Gobiernos han sufrido sus particulares embrollos financieros. A José María Aznar le tocó lidiar el de Gescartera, chiringuito montado por Antonio Camacho. A Felipe González le cayó en suerte el de Ibercorp, que desató el cese del gobernador del Banco de España, Mariano Rubio. Rajoy ya ha estrenado su ración con Gowex.

Los delitos económicos de bulto acaecidos en los últimos lustros se cuentan por docenas. Cada uno encerraba sus propias singularidades. Pero se dan dos notas comunes a todos ellos. Una reside en que ni uno solo de los supervisores y auditores que revisaron los balances, dio en descubrir los chanchullos. La otra consiste en que las beneméritas firmas de auditoría encartadas siempre salieron de los lances con leves daños. En algunos casos, los menos, se les impusieron sanciones pecuniarias, y aquí paz y después gloria. Jamás se ha sentenciado a un auditor en España a penas de cárcel.

Y no es que escaseen los episodios de auditoras miopes. Por ejemplo, Deloite bendijo las cifras de Bankia y Banco de Valencia; BDO las de Pescanova; y KPMG las de Caja de Ahorros del Mediterráneo, por citar cuatro naufragios de actualidad.

En tiempos anteriores, Pricewaterhouse no puso salvedades a la contabilidad del tambaleante Banesto de Mario Conde, ni observó anomalías en Grupo Torras. Ernst & Young no se olió el tocomocho de la cooperativa ugetista de viviendas PSV. A KPMG le pillaron por sorpresa las tropelías de Teddy Bautista, líder de la famosa SGAE.

La profesión de censor de cuentas sigue gozando de una salud robusta, a prueba de infortunios y sin menoscabo de sus espléndidos honorarios. Si luego ocurre que alguna firma auditada sale rana, se limitan a argüir que fueron una víctima más de las engañosas cifras facilitadas por aquella, y santas pascuas. Así de fácil, cómodo y sencillo.
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