Gobernar dando tumbos o cómo poner los loros a dieta

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02 de octubre de 2011 (02:22 CET)

Si alguien pensaba que con la salida de Zapatero del gobierno acabábamos con la improvisación, habrá podido comprobar estos días que estaba equivocado. El debate general de política que se ha llevado a cabo esta pasada semana en el Parlamento catalán ha demostrado claramente que, contra lo que algunos creían, la capacidad para decir blanco hoy, mañana gris y pasado negro, y no siempre por este orden, no es exclusivo del líder socialista ahora ya en labores de despedida.

Contrasten, si no, el tono solemne con el que Mas se declaró, en su discurso inaugural del debate, partidario de un impuesto sobre las grandes fortunas con la discreción con que desapareció esa propuesta de las conclusiones finales. O la amenaza del conseller de Bienestar y Familia, Josep Lluís Cleries, de suspender dos meses el pago de las subvenciones a geriátricos y centros de discapacitados, convertida rápidamente en una más light de 15 días. O el anuncio de fuertes reducciones salariales anunciado a médicos y enfermeras del Institut Català de la Salut a través de un diario con la incertidumbre que aún hoy padecen los profesionales afectados ante la falta de concreción de ese nuevo paquete de ajustes salariales. O, si nos remontamos un mes atrás, el lamentable espectáculo ofrecido por Mena y Cleries con motivo del cambio en el sistema de cobro de la renta mínima de inserción.

Esa volatilidad en materia de decisiones sensibles en políticos de tan distinto talante podría indicar que algo congénito afecta a una buena parte de sus señorías. O quizás que simplemente tienen una cierta tendencia a hacer anuncios cara a la galería, más preocupados por provocar estímulos inmediatos que por comunicar meditadas decisiones.

Como quiera que sea, ese ir y venir, cuando de lo que se está hablando es de cuestiones que afectan muy directamente a ciudadanos que sufren en sus carnes el rigor de la crisis, muestra una falta de sensibilidad social que añade innecesariamente más crispación a una situación ya bastante difícil. Como por ejemplo, como cuando el conseller Cleries anunciaba un Plan de trabajo para el fomento de los valores y una nueva cultura cívica a la vez que comunicaba la muy poco cívica decisión de suspender el pago de subvenciones ya concedidas.

El presidente Mas puede evocar justamente en su descargo que ha recibido una herencia lamentable y que la debe gestionar en el peor escenario posible. Tiene razón. Pero eso no le libra de las críticas por la errática gestión de algunos de sus consejeros y hasta por los tumbos que él mismo parece dar en alguna ocasión. Declarar a bombo y platillo la puesta en marcha de comisiones asesoras en economía, sanidad y temas sociales, con el objetivo de dar cabida en su acción de gobierno a opiniones no partidistas e ignorarlas después es una muestra de ello. No insistiré en el tema de la CAREC, algunos de cuyos miembros me aseguran una y otra vez que mantienen un adecuado ritmo de trabajo aunque sigo sin entender su funcionalidad, pero sí me gustaría saber en qué ha quedado el Consejo Asesor del Govern en materia sanitaria, sobre todo tras los continuos enfrentamientos que su presidente, Miquel Vilardell, mantiene con las decisiones que Mas está adoptando en esta materia, o la que según creo recordar también se nombró sobre temas sociales.

La situación en la que Mas debe gobernar es extremadamente complicada. Nadie lo duda hoy y por ello los reproches por su política de recortes aún son limitados, pero el primer dirigente de la coalición nacionalista que gobierna actualmente la Generalitat haría mal en no evaluar el coste social de sus decisiones. Un coste que puede incrementarse exponencialmente si el duro ajuste que se está realizando no se acompaña con claros gestos políticos que demuestren sensibilidad y solidaridad. Rebajar los salarios, exigir que entidades subvencionadas financien a la Administración, a la vez que la partida de subvenciones a las juventudes de los partidos se reduce apenas un 6% o los asesores políticos de la Diputación de Barcelona pasan de 50 a 45 suponen una provocación. Se dirá, claro, que estos ejemplos son pura demagogia porque las magnitudes son muy distintas o que el tema de las juventudes o de la Diputación es el chocolate del loro comparado con el drama del déficit sanitario. Puede ser, pero hay muchos loros que no pasaría nada si se sometieran a una rígida dieta.
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