Gay de Montellà, entre el presente y un posible mal recuerdo

24 de noviembre de 2013 (13:38 CET)

Joaquín Gay de Montellà es un buen tipo. Sirva esta afirmación para evitar que la crítica a su gestión pueda interpretarse como una afrenta personal. El presidente de Foment del Treball es un personaje trabajador, dedicado y un empresario al que el día a día no le es ajeno. Tratándose de un hombre al que le pesa el abolengo, el suyo no es un activo menor.

Pero el patrón de patronos catalán llegó a la presidencia de Foment del Treball con un hándicap alto: no había ganado unas elecciones. No presentó su candidatura. Entonces, a finales de 2010, cuando Juan Rosell le traspasó vía dedazo la silla presidencial, Gay de Montellà ya tenía contestación interna. Y no poca, se lo aseguro. Pero empezó a trabajar, se puso el traje de presidente, asistió a todo lo asistible y comenzó a desarrollar su propia comunicación, su perfil e imagen personal más que la institucional. Pasados unos años cabe decir que algunas aristas se han limado y su presidencia que parecía discutible y provisional podría repetirse ahora si deseara presentarse a la reelección cuando llegue el momento, a finales del próximo año.

Hay cosas, sin embargo, en las que el patrón sigue todavía dubitativo, incluso después de haber ido a Madrid con regularidad, a pontificar a favor del pacto fiscal y el entendimiento político. No sabe cómo administrar el fenómeno de Antoni Abad, el empresario de la Cecot, en el seno de Foment. Aunque en un principio eran incompatibles (ambos recordarán la conversación que mantuvieron cuando Cecot estudiaba abrir sede en Barcelona), ahora parece dispuesto a desandar valentías pretéritas y retornarle su posición en los órganos de gobierno de Foment del Treball.

 
Abad es un eterno aspirante a una consejería, un convergente de convicción, un submarino de Mas en la patronal
Lo hace como una especie de cuestión formal pendiente, pero lo cierto es que si Abad se incorpora a la dirección funcional de Foment lo que estará haciendo la patronal catalana es dar entrada en su alta cúpula a un militante de CiU con carnet y que no distingue su papel institucional de sus convicciones personales. O Abad ha hecho acto de contricción, cosa que dudo después de su último discurso público, o Gay de Montellà se acerca peligrosamente al lugar del que procede su colega empresario. O, una tercera opción, lo que le ofrece no sirve para nada, que tampoco hay que descartarlo.

Abad es un eterno aspirante a una conselleria de perfil económico en el Govern de Mas, antes fue candidato a diputado en las Cortes y en su día presidía la comisión de industria de CDC. Su entrada a los órganos de gobierno, la junta directiva, entiendo, es la entrada de un hombre de partido en la patronal catalana. Abad no es sólo un empresario, sino alguien que analiza su contexto en términos políticos, de cuotas, aspiraciones y apoyos parlamentarios. Es un submarino de una parte de CiU. No pasa nada. Gay de Montellà sabrá si tiene algún favor que agradecerle a Mas (¡este domingo decía en El Periódico que el President se ha ocupado y preocupado de las empresas y le daba una nota de 6,5 a su gobierno!), pero se presente o no a la reelección, su mandato puede quedar marcado por la actuación sobre Abad y la Cecot.

Sería una lástima que después de navegar en lo político con cierta gracia, adquirir una cierta solvencia en los ámbitos públicos y dejar en el apartadero la fusión con Pimec, los cuatro años del presidente de Foment puedan ser rememorados por algún malicioso como la entrega de una organización a intereses no estrictamente empresariales.
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