Funeral vikingo

13 de septiembre de 2015 (21:00 CET)

España, ese país de países, exhibe entre sus cruces genéticos uno especial: Cataluña y Andalucía comparten mezclas que nunca fueron unidireccionales. En Sevilla y Cádiz, el listín telefónico está plagado de apellidos como Duran, Rull, Viladoms, Ferrer o Castell. En los siglos XVII y XVIII, ambas ciudades fueron el cogollo del comercio con las Américas.

Antes y después hubo más meneos de coctelera, y en el disco duro colectivo aún laten las hileras de hombres del campo que durante el Franquismo cambiaron el estático y empobrecido sur por el dinamismo del alto Mediterráneo. La fusión fue obvia, tan obvia como el enfriamiento actual.

Si la Generalitat recurre a la educación para inculcar una cosmovisión identitaria, la identidad andaluza siempre ha convivido con la española en un plano secundario: lo relevante y aglutinador es el folclore.

Como región relativamente pobre, Andalucía abraza la unidad y el principio de solidaridad. También ocurre en Sicilia o Nápoles. Sus políticos (el socialismo hegemónico) han trabajado con denuedo por equipararse a las nacionalidades históricas tanto competencial como simbólicamente. El PSOE-A destruyó primero y emuló después al PA, único representante del nacionalismo meridional en la Península, hoy en vías de extinción.

Susana Díaz, presidenta de la Junta, utiliza el mismo recurso que sus mentores, envolviéndose en la bandera verdiblanca para defenderse y distanciarse de Madrid, siempre pérfida cuando está en manos del PP. Seguro que les suena.

Maragall y Chaves esbozaron a mediados de la década pasada un eje estratégico Cataluña-Andalucía. Pesaban las siglas compartidas, pero también los lazos sentimentales. Aquello nunca fructificó, y hoy la Mediocracia andalusí apenas balbucea un mandato de fraternidad aferrándose a esa emigración cuya huella está en el ADN catalán pero no en sus apetencias electorales.

Desgraciadamente, no hay rastro de talento en el parlamento autonómico, un circuito cerrado devorado por el virus de la corrupción, la parálisis legislativa y las componendas (Ciudadanos es la descaradísima muleta de Díaz). Si la Andalucía política no participa del relato de seducción necesario para revertir la situación no es porque no quiera sino porque no le llegan las neuronas.

A ras de suelo, en la calle, el Largo Adiós produce perplejidad, frustración y cansancio. La pedagogía que anhelaba Azaña nunca se ha cultivado, y eso deriva en reproches y enfados, aun admitiendo que el corazón popular es más ancho que en Castilla. El andaluz no ve en el catalán a un enemigo secular sino a un pariente singular que atraviesa su propia crisis y patalea por encontrar una salida.

Molestan, probablemente, varias circunstancias de esa tormentosa catarsis. La percepción de una ausencia de autocrítica es la principal, con la precipitada jubilación del Espanya ens roba como mejor ejemplo. Tampoco enamora ese trazo grueso del maniqueísmo secesionista que contrapone Cataluña a España, como si fuesen conceptos excluyentes, como si España fuera una masa informe donde el resto de pueblos se amontona.

Se respira a la vez un tufo de superioridad, incomprensible por la enorme contribución de la llaga andaluza al progreso económico (y demográfico) catalán. Y se atisba, con angustia y tristeza, una cerrazón sin precedentes, un desprecio inducido, una vocación clara de romper las normas y con ellas la convivencia.

Sí, Andalucía padece su propio régimen, y es voraz y despiadado. La diferencia es que el elector lo sustenta sin adoctrinamientos ni verdaderos enemigos exteriores, desde su extraña libertad de pensamiento, desde la calidez de las redes clientelares y el sumidero de las subvenciones y esa eterna displicencia.

A mil kilómetros de distancia, Cataluña se percibe remota y sorda, como el barco que se aleja en un funeral vikingo, como ese cadáver (esa ausencia) que quizás ya nunca se deje repescar.

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