Francisco Granados: la esencia criminal del PP conseguidor

02 de noviembre de 2014 (00:00 CET)

Es el centro de una urdimbre que refuta su origen. Atrapado en la red Púnica, Francisco Granados late en el corazón del PP; en la soledad de su celda, recuerda hoy que ha tenido despacho en Génova, donde organizaba elecciones generales, municipales o autonómicas.

En su trayectoria vital, un niño aplicado de Valdemoro y un joven estudioso de la capital desembocaron en un alcalde de serranía, que fue capaz de romper la hegemonía socialista en el cinturón rojo del sur de Madrid ¿Cómo se explica pues que un entorno inicialmente humilde dirima hoy sus diferencias a golpe de paraíso fiscal? La respuesta es obvia: Comisiones, cacerías, timbas de póquer, billetes de 500 y meretrices. El laberinto español del delito se pavonea en los mentideros de Guadarrama; representa a una estirpe menor de la Escopeta Nacional, con monterías en el Coto de La Perdiz, a base togas, libreas, sombreros de fieltro y tocados de Malibú.

Un animal político quiebra los límites. Economista por la Complutense, Granados es un perseguidor de bienes raíces y depósitos cifrados. Hijo de un agricultor rampante, su juventud fue la de un metropolitano con cita de fin de semana en el pueblo. Conoce el camino de vuelta a casa y juega a que le llamen paleto aquellos que envidian su triunfo en la cosa pública. Su sucesor en la alcaldía de Valdemoro, José Miguel Moreno, está atrapado en la misma red mafiosa. Su amigo del alma, David Marjaliza, ex presidente de Nuevas Generaciones y ex aspirante a la misma alcaldía que festoneó Granados; hoy aparece como el gran conseguidor en el sumario de Eloy Velasco y se desvela que regularizó 13 millones de euros gracias a la vergonzante amnistía fiscal de Montoro. Son una banda al servicio de Génova y de su bolsillo. Han roto la atadura social que nos liga por encima de todas las reglas.

El ex mano derecha de Esperanza Aguirre conduce coches que van a nombre de empresas del constructor Ramiro Cid; no paga sus muebles adquiridos en tiendas selectivas; vive en un chalé que sextuplica el espacio de su propio plan urbanístico asentado en un solar regalado por sus socios a cambio de favores y muy del gusto de su esposa, Mari Nieves Alarcón, una economista brillante que en 2008 abandonó la docencia para convertirse misteriosamente en consejera de Caja Madrid. Una de las últimas fuentes de dinero de Granados ha sido Waiter Music, empresa radicada en Aranjuez y dedicada a actividades musicales y lúdicas en municipios con ediles de larga mano y perfil egipcio. Granados es el clásico hombre de negocios con cargo al Presupuesto del Estado en el que la oscuridad y la intimidad se dan la mano con discreción. Detrás de su descaro asoma la pantomima de alguien que entiende la inutilidad de toda expiación.

Su trayectoria revela un cruce de caminos entre Gürtel y la red Púnica, dos atajos de la criminalidad pepera.
La picaresca solo es un antecedente literario del país mafioso en el que nos hemos convertido. La culpabilidad de unos pocos no mitigará el dolor de muchos. Se dirá que las mismas lacras se manifiestan en otros puntos del país. Y es cierto, pero es en el centro de la península donde cuaja la España invertebrada que pregonó Ortega con voz profética. La corrupción o su teatro de operaciones -los gobiernos y la impunidad- son un oprobio amparado en el silencio cómplice de sus beneficiarios. Mientras el juez Velasco exige los contratos de la red, Rajoy y Sáenz de Santamaría (su Conde-Duque, con perdón) se niegan a celebrar un pleno en el Congreso sobre la corrupción. Día a día, agrietan la democracia. Y, si se cumplen los augurios demoscópicos del CIS, Pablo Iglesias alcanzará mañana lunes la cuota electoral de los dos grandes partidos. A Rajoy, amparo de la corrupción sistémica, no le bastará con pedir perdón.

Cuando los negocios tiraban, Granados proyectó su ascenso en la Puerta del Sol –acabó disputándose la preferencia de Aguirre con Ignacio González– y afianzó sus aspiraciones como secretario general de los conservadores en Madrid. Un tiempo después, a medida en que su estrella política languidecía, encontró el espacio de su enriquecimiento patrimonial.

Sus colegas, los alcaldes detenidos en la operación Púnica, pertenecen a la conurbación del sur de la capital, con la excepción de Collado Villalba, donde se rinde culto a la gran María Guerrero, actriz de dramas galdosianos. Las de la red Púnica son poblaciones cercanas a Valdemoro, centro de operaciones y hogar de Granados. El mapa procesal desgrana otros pueblos, como Casarrubuelos (cultivo vinícola de los Episodios Nacionales), junto a Torrejón de Velasco y Serranillos del Valle (semillas de Tristana y Viridiana, heroínas de ficción reinventadas en la pantalla por Luís Buñuel, el maño universal de Calanda), ambos cercanos a Parla. Y todos ellos entresijos de connivencia.

Esperanza Aguirre se deshizo de Granados en los comicios autonómicos de 2011. Poco después, el reo perdió su cargo en la dirección del Partido Popular de Madrid. El enfrentamiento con Ignacio González en la llamada gestapillo del espionaje en el seno del Gobierno autonómico de la Comunidad y el Tamayazo le pasaron factura. A partir de aquel momento, Granados se limitó a su papel de senador y diputado raso. Un trabajo de aprieta-botones y tiempos muertos, ideal para compaginar con sus conocimientos en el arte de la intermediación. De su antigua experiencia como analista financiero de Société Générale ha rescatado ahora la confesión de un patrimonio aparentemente sobrio: un pisito, un ático y un adosado, según su última declaración jurada ante la Asamblea de Madrid. Finalizado su periplo político, trató de volver a su antiguo puesto en Société, pero los franceses solo le nombraron consultor externo.

Para entonces ya estaba condenado. Rajoy le llamaba “ese señor”, como a Rato, y Esperanza cruzaba la calle para no saludarle. Al poco tiempo se conoció su cuenta en Suiza, el origen de la macrooperación lanzada por el magistrado Velasco. Granados niega la mayor, pero tiene banco reservado en Soto del Real.
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