Francisco Franco. Mirando a Europa

13 de mayo de 2015 (16:29 CET)

Han pasado casi 70 años para que muchos se den cuenta, yo incluido, de algunos tabúes de la segunda guerra mundial, sobre todo de la postguerra. Los alemanes, y por ende los japoneses, fueron muy malos en la guerra. Pero los aliados, incluidos los americanos y los soviéticos, no se quedaron muy atrás en sus actos: fusilamientos de militares y civiles, violaciones masivas de mujeres y otras acciones monstruosas. Acciones siempre justificadas, que no justificables, durante un período de guerra.

Pero no todo fue en guerra. Hubo más. Se dieron situaciones cercanas al espectro psicológico y social de masas más allá de una guerra. Como se ha reconocido en los últimos años, hasta la población cristiana de Polonia martirizó a muchos judíos tras la guerra --por ejemplo, la matanza de Kielce--, o como empezó a reconocerse hace años una mayoría de franceses no fueron precisamente resistentes anti-ocupación. La historia no es siempre como ha sido explicada.

Uno que nació en los últimos años del franquismo, en 1969, comprueba que aquí, en España, pero sobre todo en Cataluña, TODOS --en mayúscula-- han sido unos adalides anti-franquistas durante treinta años.

Sorprende la verdad cómo, con tanto LUCHADOR, nadie se ha atrevido a comprobar por qué el dictador murió en un hospital. Porque recordemos que Francisco Franco murió treinta años más tarde que Adolf Hitler en una puñetera cama. Eso sí, cualquier político que se precie fue un gran "luchador" contra aquel sistema. En Alemania nunca hubo nazis, en España y Cataluña, según parece, nunca hubo franquistas.

Pues quizás si en Europa han tardado 70 años en reconocer su historia, deberíamos mirar de hacerlo aquí en sólo 40 años. Al menos, demostrar que algo hemos aprendido. Porque aquí no todos eran democráticos, ni todos estaban en el lado antifranquista, sino más bien lo contrario. Una mayoría de población era franquista. Vivía y comulgaba con sus actos a diario. Miras cualquier No-do de la época y Franco llenaba las plazas. Venía a Barcelona y no veías una bandera catalana. No veías calles vacías, sino más bien todo lo contrario, aunque algunos se llenen la boca con sus andanzas.

Socialmente había colectivos que se beneficiaban del sistema. Nadie podría entender que alguien de un pueblo perseguido como los judíos en la Segunda Guerra Mundial pudiera estudiar una carrera universitaria como la mayoría de líderes del país.

Pero no hablamos solo de los ya jubilados forzosos como Felipe González, Jordi Pujol o Pasqual Maragall, sino de líderes todavía en danza como Mariano Rajoy, Artur Mas o incluso Oriol Junqueras, estudiante brillante del Liceo italiano en época post-dictadura.

¿Algún resistente antinazi perseguido a muerte estudiaría tranquilamente en Berlín? O es que quizás aquí más que perseguidos lo que había eran vividores adaptados a cualquier personaje, incluso siendo fascistas.

Porque a mí me gustaría saber qué hacían esas familias de líderes llamados democráticos y anti-franquistas en los años 60 para enviar a sus hijos a las universidades o a hacer másters en el extranjero.

Quizás yo debo ser un ignorante, pero siempre había entendido que un luchador se comprometía. Y aquel que participa en un sistema corrupto, era simplemente un colaboracionista, bien por acción o bien por omisión.

Obviamente, no sólo hablamos de políticos. Personajes como Juan Luis Cebrián, un bien conocido camisa azul, su predecesor Polanco, millonario gracias a su colaboración con el régimen, u otros más cercanos como los Godó de La Vanguardia, familia plenamente colaboracionista con el régimen. Vamos, todo menos demócratas.

Seamos sinceros, aquí demócratas siempre hubo pocos, pero interesados muchos. Y quizás sería el momento de conocer la historia real del país. Pero no la historia de una guerra como muchos recuerdan cada cierto tiempo, sino la historia de una postguerra o también de una postdictadura como ahora hacen en Europa. Revisar, que nadie se equivoque, no quiere decir juzgar, sino simplemente informar de las atrocidades sociales y las prebendas de muchos que aprovecharon un sistema para su beneficio.

Al final, y alguno se sorprenderá, el franquismo y Francisco Franco a muchos de nuestra generación nos da igual. Pero es que nos la sopla tanto como Primo de Rivera, el Cid Campeador o la invasión romana de la Península. Son parte de la historia y, como tal, ha pasado y está enterrada. Y aunque fastidie a muchos, eso fue porque precisamente los que muchos quisieron que pasara.

Y está muy bien explicar, ahora, que todos eran antifranquistas. La triste realidad es que, políticamente, el período entre 1939 y 1975 fue ante todo una época de muchos silencios cobardes o, simplemente, conformes, pero pocos antirégimen. Si la historia de la resistencia francesa a los nazis fue pobre, la historia de los enemigos de Franco aquí fue casi nula.

La historia del franquismo ha sido tan prostituida estos 40 años que es difícil creer que algo se moviera contra el régimen como algunos se auto flagelan directamente en el cerebro. Por ejemplo, a mí me sorprende leer las fiestas de los Rahola en pleno período de la postguerra en el diario La Vanguardia. Lo más parecido al desparpajo de la Francia de Vichy en la ocupación.

Y al igual que pasa con las guerras, y como estamos descubriendo ahora en Europa, las postguerras siempre han sido y son crueles, excepto para los colaboracionistas. Deberíamos mirar fuera para ver que aquí ni fuimos unos héroes, ni tuvimos héroes. Nadie hizo más que esperar a que un viejo dictador fascista muriera en la cama.

Quizás eso debe hacernos ver que como pueblo somos un poco cobardes para afrontar nuevos retos. Somos un pueblo, y aquí para despejar dudas me refiero a cualquier pueblo de España --desde catalanes, a vascos, a gallegos o madrileños-- cobardes por naturaleza y bocazas por tradición. Pero, ante todo, incultos en democracia. Nos da igual que gobierne un dictador, un corrupto, o un sinvergüenza. Al final, los coreamos igual en la plaza del pueblo por intereses. Eso sí, luego cuando caen, todos los sabíamos y todos luchamos contra él.

Esta es una historia que, tristemente, se repite. Aquí Francisco Franco murió en la cama, pero todos eran antifranquistas. Aquí Jordi Pujol morirá en la cama, pero todos sabían que era corrupto. Aquí Felipe González se forró gracias a su antiguo cargo, pero todos lo dirán cuando muera… en la cama. Porque esa es una tradición muy patriota. Todos sabemos de todo. Todos luchamos contra todo, pero al final todos acabamos en la cama. O bien para follar, bien para decir que hemos follado o simplemente para que nos follen.

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