Francesc Homs: la inocencia reaccionaria de Savonarola

06 de abril de 2013 (17:12 CET)

Contrito, adusto y astuto. Irredento del fulgor patriótico; palanca de la Catalunya que se echa al monte, que planta un “no pasarán” en la Marca sarracena y se pone por montera la España de la rabia y de la idea. Francesc Homs es un producto de tierra adentro, un social-católico de la Osona vigatana, tierra de ángeles, cuna de profetas, como el obispo Torras i Bages o Jacinto Verdaguer, bardo épico de la Renaixença. Homs es un nacionalista de cantera, oriundo de la subida al Montseny por la vertiente de Taradell, la umbrela de castaños otoñales que conduce a Viladrau, faro de poetas, matriz de la montanya de maragdes glosada por Bofill i Mates.

Su desmesura hiere. Es un dictat contra venales, chupones, traidores y mansos. Todo un mal fario en la Convergència de siempre, el partido con la sede embargada por el caso Millet y con Oriol Pujol (el fill de l’amo) imputado por el caso ITV. Homs odia la vergüenza pública. Atesora  la inocencia de una moral reaccionaria pura.
 
En las filas de su partido le comparan con Savonarola predicador de la virtud en la Toscana, confesor de Lorenzaccio en Florencia, azote del lucro y la depravación, enemigo de la corrupción y la sodomía. Su vanidad exhala; pero él se sabe dúctil. Está convencido, por ejemplo, de que Oriol Junqueras firmará el Presupuesto 2013, aunque el propio líder de Esquerra lo ha deleznado públicamente. Homs y Junqueras son los dos extremos de un lazo alrededor del cuello de Artur Mas, pero nunca escañarán al César. No lo harán por miedo al vacío. Sufren una patología local, que desvela la flojera conspirativa de la nación.

Temeroso del poder, Homs es capaz de reprimir el furor vesánico de su palabra, como lo hacen los monjes tibetanos cuando se sienten invadidos. Es de los que exploran al otro y utilizan la metáfora paisajista. Un alumno perpetuo de Jordi Pujol (maestro del sintagma: Dels turons a l’altre banda del riu, título del quaderni di carcere del ex presidente). Un pequeño Mahatma dispuesto a emprender su particular marcha de la sal para restar consenso a la España unívoca,  el vecino del sur, que retroalimenta sus pendones a base de rencor. Camina descabalgado, sin espada ni azor, como un peregrino. Monta en el asiento trasero de un coche oscuro de conseller; usa ternos discretos, insignia en la solapa y mocasines negros. Vive por los ojos y respira por las axilas, como los anfibios. Nunca dispara a matar. Es certero, pero compasivo.

Gentil de Presidencia y Portavoz, su vivencia, su día a día, resume la guerra entre el Papa y la Curia romana, sabiendo que a él le ha tocado el papel de Tarcisio Bertone, el secretario de Estado del Vaticano. Es el número dos. Él se lleva los palos dirigidos a su jefe de filas, Artur Mas. Con elegancia canónica,  Homs metaboliza el dolor en discurso. Es un cerebro crepuscular, que aprovecha a menudo las noches insomnes del Palau, donde acomodó un habitáculo para las grandes vigilias. El Portavoz y consejero de la Presidencia no descarta la formación de un ejecutivo de concentración. Junqueras y Pere Navarro no le escuchan; ellos cuchichean. Él galopa, aunque vaya a pie.

Es un sectario estratégico y un pactista táctico. Mal que le pese, usa las armas que aprendió con los talibanes de los años 90, el grupo de Felip Puig, Oriol Pujol, Germà Gordó, Lluís Corominas, Marc Puig, Josep Rull, Joaquim Forn o Antonio Vives, entre otros, los ex jóvenes turcos, que han llegado a la plenitud de sus carreras en el actual Govern. La hornada otomana  de entonces erizó la génesis del líder: Artur Mas, un hombre solitario. Aquel vendaval, alejado del reformismo de la Transición, fue radicalizando el nacionalismo sin achicar su distancia con ERC y evitando el abrazo del oso de Carod Rovira, en el que cayeron destacados pujolistas como el fallecido Pere Esteve o el atrabiliario Miquel Sellarès, un comisario de propaganda oscuro y voraz.

Tras la primera victoria electoral del tardo-nacionalismo, Homs  vivió el abandono de su colega David Madí, con quien había compartido sindicalismo universitario, juventudes nacionalistas y anhelos rampantes en la pirámide de CDC. Madí, el actual presidente del consejo regional de Fecsa-Endesa y nieto del empresario Joan Baptiste Cendrós, dirigió el aparato de agitación de Mas, aplicando una partitura allegro vivace en la que Homs intercaló libretos casi siempre cargados de oscuro fondo doctrinal. Madí y Homs, el primero economista y el segundo abogado, son herencias intelectuales de Ramón Trias Fargas y de Jordi Pujol, respectivamente. 

Madí y Homs, por este orden, expresan dos mundos en uno, dos mitades complementarias. Dos caras de la misma moneda: la ciudad y el campo; la estética y la ética; la versatilidad y la doctrina; el mar y la montaña; el liberalismo y el cristianismo; Paris y Ginebra; Castellio y Calvino; Erasmo y Lutero; Médici y Savonarola. Pero sobre todo expresan una guerra soterrada y ciega. Una querella catalana con mohín en el semblante y cuchillos por debajo de la mesa. Una lucha fratricida entre el reformismo de las élites y el radicalismo soberanista de la gangrena interior.

Homs germinó en la Federación Nacional de Estudiantes de Cataluña (Fnec), de corte independentista, donde se compactó el caduco pinyol y donde este mismo núcleo se agrietó por disputas personales, antes incluso de su pulso con la Joventut Nacionalista de Catalunya (JNC). Durante el Tripartito, con CiU en la oposición, Homs fue designado ponente del Estatut. Soportó el varapalo del Constitucional y lideró el Pacto Fiscal, antes de asomarse a la independencia. En el Departamento de Presidencia, el Portavoz puso a prueba su esgrima ante el ex secretario del Govern, Germà Gordó, el actual titular de Interior, que tuvo en sus manos los aparatos jurídicos del poder y el control de las subvenciones.
 
Homs ganó factualmente después de haber perdido simbólicamente. Ganó en silencio; sin un gesto de orgullo, dominando la escena mientras a su sombra se erigían actores secundarios, valedores del vicio y del delito, sellando alianzas que, finalmente, él cercenó.

Homs es el latido. Sus fieles recorren las relaciones exteriores de la Generalitat; preparan el ámbito internacional sobre el que Mas quiere legitimar el Derecho a Decidir. En el frente doméstico, es el dirigente pragmático: “CiU será transversal o no será”. La coyuntura dicta que si Junqueras afloja, Sánchez Camacho modula y anuncia que romperá la disciplina de voto de su partido por una financiación más justa. Al otro lado de la mesa y por segunda vez en pocos días, el líder de ERC rechaza el Presupuesto restrictivo de 2013 (“lo primero son los derechos de las personas”, ha llegado a decir Junqueras esta semana, abriendo un soplo de humanismo en su viscosa sentimentalidad). Y Homs, que lo había intuido, encuentra el hilo de Ariadna del laberinto catalán. Renueva la geometría variable. Sabe muy bien  que el PP entrará en escena cuando la economía se lleve por delante los principios.

Savonarola no soporta el desliz en el que vive instalado el sector negocios de Convergència. Ama y aborrece al mismo tiempo. El pujolismo le puede, pero no soporta el patrimonialismo conseguidor de su prole. Al dominico lo excomulgaron antes de quemarlo en la hoguera de la Inquisición. Homs arderá también. Él sabe que “antes de romper España, tendrá que romper Catalunya”, como dijo un dardo infamante de José María Aznar
 
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