Financieros en la cuerda floja

12 de diciembre de 2014 (21:11 CET)

Miguel Blesa y Rodrigo Rato siguen acaparando titulares incendiarios por la magna estafa de Caja Madrid-Bankia. El último asunto que se cierne sobre sus cabezas es la investigación abierta sobre los sueldos depredadores que ambos se auto-concedieron, a razón de casi 3 millones anuales el primero y 2 millones el segundo.

Los frentes procesales se les acumulan. Sobre Blesa, que tiene embargados todos sus bienes, pesan sendas causas por la emisión de participaciones preferentes, por las infumables tarjetas "black" y por la astronómica compra de un banco en Florida, que ocasionó a la caja pérdidas de 400 millones.
A Rato también le piden cuentas por las tarjetas opacas y, además, por la salida a bolsa de Bankia, que según acaban de certificar los peritos nombrados por el juzgado, constituyó un fraude monumental; y por sus trapicheos financieros con el banco de negocios franco-estadounidense Lazard Brothers, del que cobró 6,2 millones mientras desempeñaba la jefatura de Bankia.

Rato recaló en Lazard como director general, tras dejar el FMI y antes de ascender a la cima de Bankia. Una vez aposentado en ésta, regó de contratas al banco foráneo. La justicia trata de averiguar si hubo alguna relación entre dichas adjudicaciones y el abono que Rato recibió de Lazard. Éste tiene de máximo responsable en España a Jaime Castellanos, conocido en Barcelona por ser socio del ínclito Carlos Vilarrubí en la correduría de seguros Willis.

La única noticia positiva para el ex ministro es que en fechas recientes se libró del embargo de sus bienes, gracias al aval que en horas veinticuatro le prestó Banco Sabadell para cubrir la fianza de 3 millones impuesta por el juez Fernando Andreu.

La vida da muchas vueltas, a una velocidad cada vez más vertiginosa. Quién les iba a decir a Blesa y Rato, cuando fundían sus respectivas tarjetas de crédito "gratis total", que algún día habrían de comparecer ante la magistratura para responder de semejantes dispendios.

Rodrigo Rato estaba llamado a los más altos cometidos en política, pero José María Aznar le cerró el paso y nombró sucesor a Mariano Rajoy, aplicando el chusco sistema mejicano del tapado. Luego, se marchó al FMI, de donde salió por la puerta de atrás sin dar explicación alguna. De regreso a Madrid, movió cielo y tierra para encaramarse al pináculo de Caja Madrid, en busca de un retiro dorado. Poderoso caballero es don dinero.

Recompensas insolentes

La fatídica quiebra de Bankia motivó que Rato perdiera la poltrona y sus prebendas. Varios de sus viejos amigos le dieron entonces cobijo. Por ejemplo, Rato forma parte de los consejos asesores de Telefónica en Iberoamérica y Europa. Tales organismos, de utilidad nunca verificada, se caracterizan por que los emolumentos de sus miembros son inversamente proporcionales a la carga de trabajo que soportan. Cada componente ingresa 200.000 euros anuales por calentar la silla unas pocas veces al año.

El mandamás de Telefónica, César Alierta, se ha hecho inmensamente rico gracias a Rato. Cuando este era ministro de Economía lo colocó primero en la cúspide de Tabacalera y luego en el consejo de Telefónica, donde más tarde trepó hasta ocupar la silla del visionario Juan Villalonga. La imputación de su mentor es sin duda una patata caliente que don César tiene sobre la mesa. De momento no hay noticias de que le haya señalado la puerta de salida.

Otro que acogió a Rato con los brazos abiertos tras su defenestración de Bankia fue Emilio Botín. Le designó vocal del consejo asesor internacional del banco. Ahí repetía chollo, 200.000 euros anuales, y una dedicación similar a la de Telefónica. Pero la súbita muerte del jerarca encumbró a su hija Ana Patricia y ésta, en una de sus primeras providencias, suprimió de un plumazo el consejo entero. Muerto el perro, muerta la rabia. Ya nadie podrá decir que el Santander ampara a un individuo con tantas citas procesales pendientes como Rato.

No es ocioso señalar que su pervivencia en esos consejos de pacotilla incumple todos los códigos de buen gobierno. Pero como los primeros espadas de las grandes compañías celtibéricas suelen hacer de su capa un sayo, cualquier cosa es posible.

Emilio Botín ya mantuvo a Rato contra viento y marea cuando la Audiencia Nacional lo imputó por primera vez. Amor con amor se paga. Recuérdese que Rato, en su época de ministro primero y vicepresidente del Gobierno después, salvó al banquero cántabro de más de un lance peligroso.

Rodrigo Rato y Miguel Blesa afrontan un panorama judicial cada vez más sombrío. Les aguarda un calvario capaz de quitar el sueño al más pintado.
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