Ferran Soriano: el artífice de la estafa de Spanair

21 de septiembre de 2014 (00:00 CET)

Ferran Soriano, atrapado en el Día de la Marmota. Su tiempo está preso en un bucle situado entre diciembre de 2011 y enero de 2012, la fecha en la que Spanair presentó concurso voluntario. La compañía de vuelos siguió vendiendo billetes de avión a ciudadanos que nunca viajarían. ¡Estafa al cliente! Prometió un gran socio tecnológico argumentando que tenía atado un acuerdo con Qatar Airways. Pero, nada. Luego anunció negociaciones con una operadora china, y tampoco.

¡Fraude al mercado! Recibió dinero público (nuestro) de la Generalitat y Fira Barcelona para ganar tiempo, pero lo tiró por la borda. ¡Fraude moral!

Spanair quiso convertir Barcelona en un aeropuerto de transbordo. Soriano, un vendedor de dudosos fondos de comercio, fue el presidente de Spanair y el artífice de su estafa. Sabe que, en su país, la melancolía es la contraparte del fracaso. Por eso puso tierra de por medio. Cerró Spanair y se marchó al Manchester City. Buena finta, sí señor; pero no ha servido porque La pelota no entra por azar, según el título de su propio libro, autoeditado en 2006.

Hace más de dos décadas, Soriano fundó la empresa Cluster Consulting junto a Marc Ingla, Xavier Rubió, Marcel Rafat y Jordi Viñas. Cluster llegó a contar con diez oficinas ¿dónde? y una red de 500 consultores (¿quiénes?), hasta que Soriano la vendió con importantes plusvalías. La pretensión tecnológica y el inglés coloquial son el origen de muchos males. En el momento de su irrupción, Soriano y sus acólitos hablaban un inglés muy alejado de Boston, capital de la dulce Nueva Inglaterra, donde se aprende el Shakespeare de los negocios. Se presentaron en su día como emprendedores de la nueva economía, un sector que no crea riqueza ni empleo. En la era soriana del “círculo virtuoso”, estos jóvenes (que ya no lo son) se anunciaron como una nueva clase dirigente. ¿Dónde están sus logros? ¿Y sus fábricas? ¿Y sus centros de inteligencia?

Cuando se convirtió en vicepresidente del Barça, era un ganador con el riñón forrado y dedicación altruista al club de sus amores. Negoció con Isidre Fainé el famoso crédito sindicado de Caixa al Barça, en 2003. Los culés habíamos pasado de Llaudet, Montal, Ribera, Carrasco, o el mismo Núñez a las sombras del capital riesgo. Salvo honrosas excepciones, en el palco del Barça, los textiles y constructores de antaño son hoy los reyes del apalancamiento. Adictos a la reestructuración de la deuda; abalorios del florentinismo catalán que dio alas a Soriano en la época de Joan Laporta, un abogado feraz subido en la ola del independentismo rampante; un leguleyo enfrentado a Sandro Rosell, el rudo trepador ganado por el rencor que se hizo añicos en el primer embate del caso Neymar.

Ahora, dos años después de la suspensión de pagos de Spanair, su consejo de administración es condenado a una multa de 11 millones de euros. Pero, por lo visto, Generalitat, Fira Barcelona y Cámara de Comercio no pudieron obviar tanto desatino, ¡y casi se van de rositas después de prevaricar! La Cámara de Barcelona, presidida por Miquel Valls, levantó una gran admiración pública al anunciar un acuerdo que convertiría a Spanair en filial de Lufthansa. Finalmente, los alemanes dijeron que no. ¿Si tenían a Munich para que querían Barcelona? Lufthansa no llegó, pero la gente ya había tragado.

Spanair fue un bluf, y lo peor de todo fue su fracaso comparativo; su fracaso frente al éxito de Vueling (la otra low cost), presidida entonces por Josep Piqué. Puede decirse que la Spanair de la Generalitat marró frente a la Vueling de Iberia. Nolens volens, la ilustración atrincherada se cayó del guindo. Ahora, esta misma ilustración dirige su mirada hacia Ferran Soriano y piensa que una cosa es dirigir un club de fútbol propiedad de los socios y otra muy distinta satisfacer el business plan de una empresa de servicios. La economía corporativa lo aguanta todo.

La Catalunya empecinada no perdona a sus corsarios. Cuando los sentidos se preparan ante una felicidad inalcanzable, los sorianos pagan el pato. Atrapado en el bucle de la Marmota, Ferran, conocerá pronto los cinismos latentes de un país acostumbrado a comerse sus propias invenciones.
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