Felip Puig: la derrota de la estética

29 de diciembre de 2012 (16:30 CET)

En un país en el que el sentimiento ahoga la realidad, unas gotas de racionalismo vienen bien.

Felip Puig no es el ogro de Interior que espolea a los Mossos o a sus cuadros dirigentes formados en el exceso por la Escuela de Policía de Mollet. Responsables de la grave herida que sufrió la manifestante Ester Quintana con la pérdida de visión en el ojo izquierdo a causa del impacto de un proyectil lanzado por una escopeta del cuerpo de seguridad el pasado 14 de noviembre. Puig es culpable de haber negado dos veces, en sede parlamentaria, la implicación de su Departamento en los hechos; pero no del exceso de celo policial.

Él no da las órdenes en la calle. No. Y, más allá de su aspecto contrito, el nombramiento de Puig al frente de la Conselleria de Empresa es un acierto de Artur Mas, que está siendo bien acogido por los agentes sociales. Ahí están la patronal, Fomento del Trabajo y la Cámara de Comercio de Barcelona felicitándose por haberse sacado de encima a Francesc Xavier Mena. En los altares del nacionalismo más circunspecto se rinde culto al orden escolástico. Además, los ingenieros de caminos, como Puig, encajan bien en la política factual que quiere Mas para su segundo mandato.

La sombra de Adigsa, la empresa pública de promoción de vivienda social, envuelta en un turbio asunto de concesiones no pudo con él. Tampoco el caso Cuxart y los supuestos créditos a su hermano, Oriol Puig, ajedrecista y director del Servei Meteorològic de Catalunya. Ni el Palau le ha salpicado, a pesar de todo. Felip Puig sale casi siempre incólume. Por lo visto, sabe barrer su patio trasero, una condición básica para el ejercicio de la cosa pública. No pertenece estrictamente al pinyol; para ese menester, la baza está cubierta con el ascenso de Homs a Presidencia. También con el bautizo de Germà Gordó, un militante fiel, que releva en Justicia a Pilar Fernández Boza.

Puig es un chico con estudios, como le gusta al ex president Jordi Pujol. Su trayectoria está corporativamente ligada a algunos de sus colegas, entre ellos Climent Solé Parellada, Josep Maria Martí Escursell, Ángel Simón (presidente de Agbar) o el mismo Joaquim Tosas, que presidió el Puerto de Barcelona antes del turno socialista de Joaquim Coello. Se forjó en la Facultad de Caminos de la Politécnica, e hizo de puente entre las generaciones de los ex consejeros Albert Vilalta y Pere Macias, ambos convergentes. Y ambos, también, la cuota nacionalista del influyente Institut Cerdà, un patronato creado en 1984 por iniciativa de Pere Duran Farell a la memoria del gran urbanista Ildefons Cerdà.

El Institut Cerdà es la plataforma de combate de los ingenieros de Caminos. Representa el escenario actual de socialización, una vez malgastada la hegemonía que hace mucho ejerció este colectivo profesional en el Ateneu y en la Academia de Ciencias. Los ingenieros de Caminos forman un equipo compacto, pero son menos influyentes que los ingenieros Industriales, que han colocado a sus dos cimas (Jordi Mercader y Gabriel Ferraté) en los dos primeros peldaños del mismo Institut Cerdà. La alta ingeniería es una especialidad tocada por el Estado en una nación sin Estado; la industrial reviste, en cambio, un componente fabril, mucho más cercano, como demostró Ramón Garrabou (Enginyers industrials, modernització econòmica i burguesia a Catalunya), en una visión panorámica.

El nido de Puig imprime carácter. En su caso, el germen marca la trayectoria. La tozudez también, como se demostró en el hundimiento del Túnel del Carmel en 2005, que revisó la gestión de Puig unos años antes al frente de Política Territorial y Obras Públicas. Llegó a desempeñar casi medio centenar de cargos y, justamente aquel mismo año de 2005, se convirtió en su pesadilla a partir del momento en que Pasqual Maragall señaló a CiU. Denunció el “problema del 3%”, el presunto cobro de comisiones ilegales en las concesiones de Adigsa.

No fue imputado. Salió tumefacto, pero sin apenas daños profundos. Se sumó a la inercia de un país que ha perdido la estética, su seña de identidad, frente al sentimentalismo.
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