Falta arrepentimiento en el final del caso de las pensiones de la antigua Caixa Penedès

30 de mayo de 2014 (00:00 CET)

Cobrar 28 millones de euros en planes de pensiones deben dar para celebrar una gran fiesta doméstica. Pagar esos mismos 28 millones a la justicia para evitar unos años de prisión si dan para una fiesta ya será de menos categoría y, por supuesto, sin invitados. Es lo que les ha pasado a cuatro antiguos directivos de Caixa Penedès, que capitaneados por su último director general y luego presidente, han decidido retornar lo sustraído para evitar los gélidos barrotes de la prisión.

Ellos pagan y el juez y el fiscal pactan una pena edulcorada: los condenados no dormirán ni un solo día en la cárcel, aunque durante el resto de sus vidas no dejarán de soportar sobre sus espaldas la etiqueta de ladrones condenados. Si hacemos caso a Chaplin, el tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto. El de Ricard Pagès y sus acompañantes lo es, aunque quizá ellos hubieran imaginado otro desenlace. Soñar es gratis, por supuesto.

Lo peor de la tibia resolución de estos asuntos de banqueros y bancarios de alto rango es que ejemplifican poco. Conocí a Pagès hace muchos años y admito que jamás le hubiera imaginado con una mano dentro de la caja. Aparte de mi congénita candidez, habían otras muchas razones: su pertenencia a una familia adinerada del cava (Codorníu), los años que llevaba desempeñando su bien retribuido cargo y, finalmente, porque pese a su aversión personal (y la de algunos asesores de comunicación de la época) a la transparencia ante los medios, es cierto que era de los directivos de cajas accesible y resistente ante el poder político.

 
Si volviéramos a crecer de manera exuberante aparecerían como hongos muchos directivos del estilo de los condenados
Sostenía, por ejemplo, que el mapa catalán de cajas que había diseñado Antoni Castells era una chapuza por su visión reduccionista y aldeana del mercado. Incluso le echó un pulso cuando le animaron a fusionarse con otras cajas catalanas que estaban, luego se supo, tan mal o peor que ellos. Virtudes que sí intuí, pero de las que siempre ignoré que tenían cara b.

Pagès y los suyos han devuelto sus millonarias pensiones para evitar la cárcel, pero pondría la mano en el fuego de que en el marco de lo vivido en los últimos años deben estar convencidos interiormente de que no cometieron ninguna tropelía, sino que son meros cabezas de turco de un sistema que se ha fijado en ellos para utilizarlos como muñecos de feria a los que se les lanza toda suerte de pelotazos.

Ésa es la verdadera lástima; no habrá --si acaso ante el juez-- ningún acto de arrepentimiento. Otra demostración irrefutable de la crisis de valores a la que asistimos: ni principios, ni ideas. Si volviéramos a crecer de manera exuberante aparecerían como hongos muchos directivos del estilo de los condenados; y aunque fueran menos, seguirían existiendo. Un drama de la condición humana.
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