Fagor, entre la asfixia y el auge del cooperativismo

16 de octubre de 2014 (12:46 CET)

Estos días, el reciente preconcurso de acreedores de Fagor Electrodomésticos ha puesto en el punto de mira al cooperativismo en España. No son pocos los que han aprovechado una buena oportunidad para criticar esta forma de organización empresarial con larga tradición en nuestro país. Más aún cuando se trata de Mondragón, uno de los grandes del cooperativismo mundial, y referente en multitud de estudios. Mondragon ha sido ejemplo de éxito internacional,un modelo que han intentado replicar en países del norte de Europa con éxito desigual.

En este periodo de recesión, tan interminable para los trabajadores de nuestro país y como brillante para los capitalistas internacionales, el cooperativismo sigue abriéndose camino con fuerza en nuevos sectores como por ejemplo el energético. De hecho, el cooperativismo continúa siendo muy importante en todo el mundo. Según datos de la Confederación Empresarial Española de Economía Social, se estima que el 50% de la producción agrícola mundial se comercializa por medio de cooperativas. En Japón y Canadá las sociedades cooperativas representan el 40% del volumen empresarial del país, en Finlandia el 75% de la población es miembro de alguna cooperativa y representa el 60% de su tejido empresarial, en Francia las empresas cooperativas proporcionan casi un millón de puestos de trabajo, y en Alemania los bancos cooperativos tienen más de 16 millones de miembros. En España, las cooperativas siguen siendo la opción que garantiza mayor calidad de empleo y estabilidad a los trabajadores, con un 80% de puestos de trabajo indefinidos. El cooperativismo agroalimentario representa el 45,4% de la producción agraria, y pese a la importancia que le damos a un hecho concreto como el de Fagor, no debemos olvidar que en el País Vasco durante el 2011 se crearon más de 150 nuevas cooperativas.

El informe de 2012 de “Cooperatives for Europe: moving together” que pone en relieve en Europa el papel clave que ejercen las cooperativas en mejorar la estabilidad económica, manteniendo y creando empleo, ha sido este mismo año ratificado por el parlamento europeo en un informe sobre la contribución de las cooperativas a la salida de la crisis. En este informe, se señala que desempeñan un papel esencial en la economía europea, al combinar rentabilidad con solidaridad, creando puestos de trabajo de calidad, y reforzar la cohesión social, económica y regional. De hecho, tal y como cita el informe, existen en la UE alrededor de 160.000 empresas cooperativas, con 123 millones de miembros que proporcionan empleo a 5,4 millones de personas. El informe muestra que el cooperativismo es un elemento indispensable de la economía europea, totalmente acorde con los valores del Tratado de la UE y los objetivos estratégicos de Europa 2020.

A pesar de las buenas palabras e intenciones, las más de 50.000 cooperativas en la UE de sectores industriales y de servicios, que dan empleo a casi un millón y medio de personas, no están exentas de peligros; ya sean los propios del sector con independencia de la forma jurídica empresarial, o de las presiones normativas ejercidas por los lobbies capitalistas. El caso de Fagor no deja de ser un ejemplo, de hecho en el último año se ha registrado un descenso en el número de cooperativas del 2,4%, pero a pesar de ello el descenso es doce puntos menor que las empresas mercantiles convencionales.

Desde nuestro punto de vista Fagor evidencia un problema creciente en cualquier sector industrial que no se sitúe en el más alto nivel tecnológico. La tendencia globalizadora beneficia claramente al capital, perjudicando seriamente a las empresas industriales que tradicionalmente han ofrecido empleo estable en nuestro territorio. Cada día resulta más difícil competir con países que no respetan los derechos mínimos de los trabajadores, como por ejemplo Bangladesh con el textil, que permiten el dumping ecológico, como Marruecos o India, o que subvencionan intensamente mediante una pseudoeconomía planificada ciertos sectores industriales orientados a la exportación, como por ejemplo China. Si ello dificulta la supervivencia de muchas empresas mercantiles convencionales, más aún el de las cooperativas. Ya han pasado algunos años desde la locura deslocalizadora del sector industrial textil en Catalunya, que obligó a muchos a deslocalizar su fabricación o directamente a reconvertirse en meras empresas comerciales para sobrevivir. De todo este proceso, la propiedad capitalista de grupos como Inditex se ha visto fuertemente beneficiada, como se observa en la reciente publicación de los más ricos del mundo por la revista Fortune. En este marco, no cabe duda que las cooperativas industriales, comprometidas con el empleo en nuestro territorio, cada día tendrán más dificultades si no cambiamos las políticas arancelarias, haciendo frente a las diversas formas de dumping que están provocando una brecha cada día mayor entre pobres y super ricos, y acrecentado el problema del paro en Europa.

“Curiosamente”, el poder legislativo en Europa (y también en España) parecen no acotar el problema, o peor aún, legisla en la dirección contraria. Un ejemplo lo tenemos con la reciente reforma energética del Gobierno del PP, que pone en peligro el rápido crecimiento que están teniendo las cooperativas energéticas basadas en renovables, capaces de ofrecer un producto atractivo y ecológico a una ciudadanía cada día más desencantada con los grandes grupos privatizados orientados a maximizar beneficio económico, y en cuyos consejos de administración se escenifica la puerta giratoria de la política española. A este ejemplo local, podríamos añadir otros a nivel internacional como por ejemplo los efectos que están teniendo sobre el cooperativismo la unificación de las Normas Internacionales de Contabilidad (NIC), creadas por un selecto grupo de expertos de la International Accounting Standards Board (IASB), una institución privada con sede en Londres.

No es el objetivo de este artículo analizar cómo las NIC han influido en la economía de muchos países. Lo que sí es una evidencia es el efecto negativo que ha tenido, por ejemplo, la NIC 32 en las cooperativas. Un reciente trabajo publicado por los profesores Ramon Bastida (UPF) y Lluís Carrerars (URV), demuestra empíricamente lo que ya intuían algunos ensayos anteriores. Esta norma contiene los principios básicos para la clasificación de los instrumentos financieros en el patrimonio neto o en el pasivo, por lo tanto tiene una incidencia directa en el capital social de las cooperativas, ya que a diferencia de las sociedades mercantiles, las cooperativas han de retornar el capital al socio en caso de que pida la baja. De este modo la aplicación de la NIC 32 ha supuesto que el capital social de las cooperativas deba considerarse un pasivo, ya que puede generar una obligación de pago futura. El estudio, que analiza por primera vez 98 cooperativas antes y después de la aplicación de la normativa, demuestra que la NIC 32 ha supuesto una reducción del nivel de capitalización, un aumento del endeudamiento, una reducción de la capacidad de generar beneficios, así como un empeoramiento general de los ratios de solvencia y autonomía financiera. En consecuencia, se puede producir un efecto de descapitalización y un incremento de su endeudamiento que dificulte aún más el difícil acceso la financiación bancaria, y las deje en desventaja en relación a otras sociedades mercantiles tradicionales.

Hasta aquí hemos expuesto un ejemplo de cómo se está perjudicando a las cooperativas, pero dentro de la lógica habitual hasta que no se anuncia un posible cierre sonado, el impacto social de este hecho es limitado. Los problemas mencionados, lógicamente no son de solución sencilla, si persiste la deriva política europea de los últimos años que parece empecinada en construir una Europa donde las brechas entre pobres y súper ricos crezcan cada vez a un ritmo superior. Pero yendo al caso concreto de Fagor Electrodomésticos creemos que se tendría que abrir el debate de si debería ser rescatada. Nosotros no es que seamos muy partidarios de los rescates, y menos tal y como se han venido sucediendo en nuestro país en los últimos años. Pero resulta preocupante el doble rasero a la hora de aplicar ayudas, subvenciones y rescates, tal y como denunciaba Juan Carlos Martínez en el artículo “El doble rasero de la banca para salvar a grandes empresas”. Mientras el gobierno y los bancos rescatados han ayudado a ciertas empresas, otras parece que no han tenido tanta suerte. Cabe preguntarse, por tanto, por los criterios objetivos que hacen a una empresa merecedora de ser rescatada. Tanto Europa como España (ésta a través de la Ley 5/2011 de Economía Social) reconocen ampliamente las virtudes del cooperativismo. Sin embargo, a la hora de actuar, los intereses de los ciudadanos necesitados de empleo estable o de las pequeñas y medianas empresas van por detrás en la lista de preferencias.
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