Esperando a Mas

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12 de febrero de 2011 (19:42 CET)

En la conocida obra -al menos por su título- de Samuel Beckett, Esperando a Godot, dos personajes esperan siempre a un tercero, Godot, que presumiblemente ha de venir pero que nunca llega. La inacción, la ausencia del más mínimo cambio es el argumento. Godot no ha podido venir, pero mañana con toda seguridad sí. Y así un día y otro. Siempre esperando a alguien que nunca llega, pero sin que por ello se abandone la actitud de espera. Al final de la obra, los dos personajes se despiden el uno del otro, advierten que se van, pero permanecen hasta que las luces se apagan. Hay una frase en la obra que podría resumirla: "¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!".

Hoy, 76 días después de la incontestable victoria de CiU en las urnas, empiezan a haber demasiados sitios en los que nada ha ocurrido, nadie ha llegado, nada nuevo está sucediendo. El anunciado gobierno de los mejores hoy por hoy sólo puede ser evaluado muy selectivamente, pues hay numerosos cargos por designar que están a la espera de su particular Godot.

Ciertamente, aún faltan 26 días para llegar a la simbólica cifra de los 100, pero la ausencia de sorpresa en la llegada al poder de los nacionalistas, la previsibilidad del cambio que se avecinaba y la urgencia que los propios dirigentes de CiU mostraban en la oposición en imprimir un nuevo giro a la política catalana, sin contar con la gravedad de la crisis que exige medidas rápidas y firmes, constituyen razones bastante apremiantes para que a estas alturas la nueva Administración estuviera ya funcionando a pleno rendimiento en todos y cada uno de sus departamentos.

Pero no es así. Hay cargos de relevancia, muy importantes en el organigrama del Ejecutivo autonómico que están aún a la espera del relevo. Es el caso, por ejemplo, del Institut Català de Finances, cuyo antiguo titular, Miquel Salazar, se reincorporó a su puesto de trabajo en la Diputación de Barcelona, harto de esperar a su sustituto. O el del SOC (Servei d’Ocupació de Catalunya), donde nadie ha relevado aún a Joan Josep Berbel. Tampoco se ha producido aún el cambio en la secretaría general de Seguridad (el número 2 del departamento de Interior), en la Dirección General de Instituciones Penitenciarias o al frente de un buen número de las 24 entidades autónomas administrativas, cinco entidades autónomas comerciales y financieras, 43 entidades de derecho público, 53 sociedades mercantiles, 55 consorcios y 34 fundaciones, que dependen del Govern y donde se emplean a 35.000 catalanes.

Bastante más rápido ha sido el nombramiento del Consell Assessor per a la Reactivació Econòmica i el Creixement (CAREC), pero la decepción que ha causado entre sectores empresariales es ampliamente comentada en el artículo de Xavier Salvador: No era eso, Alemany, no era eso.

Catalunya no puede estar esperando a Godot mucho más tiempo. Mas tiene que saber que va a gobernar en un tiempo de urgencias y que no puede permitirse el lujo de la inacción. Ha tenido tiempo de sobra para pensar en cómo debería ser su Ejecutivo, incluso en ponerle los rostros necesarios a ese gobierno de los mejores que anunció y que parecía la receta oportuna ante la situación actual. Setenta y seis días dan para mucho más que para volver a situar el tira y afloja con el Gobierno central en el frontispicio de la actualidad y advertir de severos recortes en los presupuestos que vendrán.

Setenta y seis días deberían haber bastado ya para que la máquina estuviera funcionando a pleno rendimiento y las políticas departamentales bastante más definidas, pero a día de hoy debemos reconocer que más allá de las justificadas quejas sobre la situación de las finanzas públicas y algunos anuncios más efectistas que efectivos –el caso del límite de velocidad de 80 kilómetros por hora, por ejemplo–, poco hemos visto que nos permita saber por dónde va a ir el nuevo Gobierno autonómico.

En esta obra, Godot tiene que aparecer y deshacer el nudo gordiano que parece haber anudado la política catalana en los últimos años, lastrándola y limitando las capacidades del país. Nada sería más peligroso que la conclusión de que nada nuevo puede en realidad suceder. Las encuestas que estudian la percepción que los catalanes tienen de la política y los políticos son demasiado negativas como para no luchar denodadamente para evitar que una nueva frustración se instale entre la ciudadanía.
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