¿Es posible anestesiar los sentimientos secesionistas?

21 de octubre de 2015 (17:18 CET)

Los nacionalismos y patriotismos surgen del corazón y las entrañas de los individuos. Son sentimientos subjetivos complejos que no obedecen a fórmulas, pautas, ni patrón alguno. Son pasiones que vinculan a un individuo con su grupo y su tribu, casi siempre con entusiasmo. Si estos sentimientos los elevamos al ámbito de la política nacional, nos encontramos con un problema de convivencia entre vecinos que hay que gestionar y regular, como está ocurriendo entre Cataluña y el resto de España.

Aparentemente no hay una ciencia que pueda dar una solución objetiva y efectiva a este tipo de conflictos. Sin embargo, los economistas percibimos ciertos síntomas que pueden indicarnos si un grupo social está en mayor predisposición de ser afectado de enardecimientos patrios. Hay parámetros que detectan riesgos y predicen posibles comportamientos anómalos en grupos sociales y territoriales.

Los principales indicadores sociales que determinan la estabilidad del comportamiento de los individuos de un territorio son su bienestar económico, su grado de desarrollo y sobre todo la redistribución de la riqueza entre sus miembros. Si estos indicadores son óptimos, desactivarán actitudes sociales de riesgo, como los fanatismos, la exaltación nacional, las revueltas y los conflictos sociales.

En las sociedades con elevados índices de desigualdad entre ricos y pobres, los sentimientos patrióticos se exaltan y fanatizan; por el contrario, en sociedades más igualitarias y con rentas per cápita elevada los sentimientos nacionalistas se mantienen en estado de latencia, congelados, sin generar conflicto social. En este sentido, uno de los mejores indicadores que determina el grado de equidad de una sociedad es el índice Gini, que mide la desigualdad económica, con valores que van desde el 0 (igualdad perfecta) al 1 (máxima desigualdad).

Si nos ceñimos al índice Gini, en España tenemos un grave problema con algunas de nuestras principales metrópolis, ya que las dos ciudades con mayor índice de desigualdad de la península son Barcelona (0,53) y Madrid (0,52). Estos datos son claves al analizar el conflicto entre Cataluña y el estado Español. Un índice de Gini superior al 0,50 convierte a estas dos grandes urbes en una bomba de relojería social en permanente peligro de explosión, propiciando radicalización ideológica de sus individuos y con una sociedad con poca capacidad de gestión de conflictos. Las dos mayores urbes de España se han convertido en caldo de cultivo para sentimientos de exaltación nacional, en uno y en otro sentido, con poca capacidad de gestión serena del problema territorial.

Por el contrario, en el otro extremo, entre las principales ciudades con menos desigualdad social se encuentran las capitales de provincia vascas: Bilbao, San Sebastián y Vitoria, con un índice del 0,25. Si a eso le unimos que Euskadi tiene una de las rentas per cápita más elevadas de la península y una tasa de paro de las más bajas, podemos llegar a entender porque los vascos apenas están tomando partido en una situación nacional generalizada de conflictos territoriales. ¿Están los vascos apaciguando sus sentimientos nacionalistas, o es que gracias a los avances en desarrollo social y económico de su territorio han moderado su discurso?

Por supuesto que sí. Todo esto viene a demostrar que una sociedad avanzada, próspera e igualitaria sabe gestionar sus particularidades regionales y su identidad nacional sin dramas ni conflictos con sus vecinos. Esto cada vez más, se está poniendo de manifiesto en Euskadi, que cuanto más avanza en conquistas sociales más moderado se va tornando su discurso territorial.

La paulatina conquista del bienestar económico y social en Euskadi está anestesiando los sentimientos exaltados que vivimos en épocas pasadas. Empezamos a vivir demasiado bien como para perder el tiempo en revoluciones.
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad