Es la hora de trabajar en común

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29 de mayo de 2009 (15:00 CET)

En cualquier circunstancia peligrosa o indeseada se atisban los indicios que comportan aún más riesgo. Lo mismo ocurre en esta primavera, en la que el agua ha sido menos esquiva que en otros años, pero donde la economía ha sido el hilo conductor de reflexiones y debates,muchos saldados con conjeturas y corazonadas.

Buena parte de las iniciativas y conductas que permiten superar la atonía actual son el resultado de experiencias previas junto a las respuestas a la situación actual: paro laboral, falta de crédito, deterioro de las expectativas, recursos productivos ociosos, desconfianza respecto a rasgos del pasado inmediato y otros.

Quien pierde el empleo se registra en los servicios autonómicos que sustituyen al INEM a efectos de la percepción a la que hay derecho y, también, por si aparece alguna oferta de empleo aceptable. El siguiente paso es buscar en las webs especializadas, anuncios en los diarios y hablar con las relaciones profesionales que se mantienen. El tercero es pensar en la posibilidad de instalarse por cuenta propia, considerando la experiencia y conocimientos de la actividad previa, valorando si la cuantía de los ahorros disponibles es suficiente y evaluando si es posible intentarlo con un par de colegas y acumular así recursos, conocimientos y experiencias de varios.

En 1993, casi coincidiendo con las restricciones a la capitalización de las percepciones de desempleo, se hizo un estudio sobre la trayectoria de quienes optaron por esa vía. El ámbito era la provincia de Barcelona y los resultados –se entrevistó a algo más de mil personas con negocios que habían sobrevivido– señalaban que valoraban positivamente la independencia, trabajaban mucho más y eran más felices y responsables que trabajando para otros. En caso de fracaso del negocio, lo intentarían de nuevo. La actitud sigue siendo la misma, y en algunos oficios no es preciso crear empresas para poder trabajar para otras porque si tienen y siguen siendo reticentes a la contratación directa estarían contentas con la colaboración de autónomos externos.

Cuando la empresa se queda sin ventas su valor de mercado cae. Si la inversión acumulada es de cien, y no se puede rentabilizar ese capital, es posible que a un precio de 70 o 60 alguien crea que puede obtener un rendimiento apropiado y puje por comprarla. En realidad, bastaría el mismo margen sobre ventas para hacer rentable una empresa comprada más barata. Si se considera el volumen de recursos financieros ociosos, el bajo interés de los depósitos y la obviedad de que las cosas no siempre serán como ahora, cualquiera que esté dispuesto a intentarlo y cuente con un proyecto razonable encuentra oportunidades.

Una vía de transmisión parecida se da cuando los titulares de una empresa piensan en retirarse y no tienen descendencia, o ésta no está interesada en continuar la actividad. Los problemas asociados a la liquidación y al tiempo que requiere llevan a optar por vías como sugerir a sus cuadros de empresa que continúen con ella o se la ofrecen al digno competidor que durante décadas les quitó pedidos y clientes, al que se pagó con la misma moneda y a quien se llegó a reconocer su habilidad y empuje. Suelen haber muchas sinergias en esas fusiones voluntarias, no onerosas y factibles con la colaboración de los propietarios que se retiran.

HAY BUENAS OPORTUNIDADES
La empresa con mercado, con efectivo y perspectivas está en una situación óptima para invertir y preparar la reactivación. Los proveedores de bienes de equipo están casi ociosos, bien dispuestos a hacer rebajas y dar facilidades así como a asignar sus mejores técnicos para ayudar en la renovación. Estas mismas empresas
pueden pensar que los productos precrisis pueden ser diferentes cuando vuelva la reactivación y harían bien en pensar en los cambios adecuados.

Quizá la configuración de la empresa ha dificultado la continuidad. Si es intensiva en mano de obra puede conseguirse un ahorro de costes importante optando por reconvertirla en anónima laboral o cooperativa. Las cotizaciones a la Seguridad Social y el tipo fiscal que se aplica a estas empresas son menores. Una empresa que se pueda escindir en varias pequeñas podría obtener alguna ventaja similar.

Las empresas españolas saben más de competir que de cooperar. Si a la conveniencia se le añade la necesidad, esa prevención puede reducirse. Cuando se trata de productos afines y muchas series cortas, es preferible especializarse, obtener las economías de escala en la producción y venta y encarar conjuntamente una situación delicada y de salida incierta. El hecho es que en varios sectores hay una concentración de empresas similares que compiten duramente entre ellas y son capaces de dotarse de servicios comunes –formación, compra de energía o de productos genéricos, obtener servicios de prevención de riesgos y otras prestaciones – con la colaboración de su asociación. Por más que la reticencia sea difícil de superar, la realidad del riesgo en presencia y las ventajas de la actuación común justifican el intento de colaborar.

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