Eroski y Fagor, la otra historia de las preferentes en España

10 de agosto de 2013 (17:18 CET)

Hubo años en los que ser banquero era tener un reconocimiento social de primer orden. Incluso ser bancario estaba bien considerado y las madres animaban a sus hijos a que se colocaran en entidades financieras. Tenían buenos horarios de trabajo, calefacción en invierno, aire acondicionado en verano y corbata o traje chaqueta siempre.

Más recientemente, la banca ha sido el mayor símbolo del capitalismo. Más que las grandes empresas, incluso. Tiempo atrás, los principales males del capitalismo lo evocaban las grandes multinacionales, petroleras estadounidenses o corporaciones industriales alemanas generalmente, pero los bancos les robaron ese privilegio en los 80 y, definitivamente, en los 90.

La última crisis económica ha nacido del derrumbe del sistema financiero mundial o, para ser más exactos, de una parte importante del mismo. La sofisticación de los productos financieros y la globalización en los movimientos de capital han sido suficientes para restarle protagonismo a las grandes corporaciones empresariales.

Con ese apriorismo ideológico, en España la crisis de las cajas de ahorro ha sido nuestra particular crisis de la banca. Por su falta de regulación, excesiva politización y discutible gestión. Es obvio que las cosas se han hecho mal y nadie, o casi nadie, puede discutir ese asunto.

Pero aceptada esa premisa, la banca es necesaria en un sistema económico. Primero la usura, luego el préstamo y finalmente los productos financieros forman parte de la historia de la humanidad. Ninguna economía es capaz de funcionar sin entidades que permitan la circulación del capital. Ya saben el tópico: es la sangre que circula por el cuerpo (económico, se sobreentiende).

Cuando explotó un asunto como el de las participaciones preferentes en España, con múltiples ahorradores afectados y damnificados, la banca se llevó todos los azotes de la opinión pública. Sin excepción. Y, en cambio, algunas grandes empresas, que han utilizado esos mismos instrumentos financieros, quedaron indemnes ante el conjunto de la sociedad.

Uno de los casos más sorprendentes, y que ha sido tratado esta misma semana por Economía Digital, es el de los preferentistas de Eroski y de Fagor (de hecho, dos filiales del Grupo Cooperativo Mondragón). Son 40.000 ciudadanos que han financiado a esas empresas (con más de 800 millones de euros) igual que sucedió con las cajas de ahorros (sean las gallegas de NGB, La Caixa, CatalunyaCaixa…). Y también con grandes empresas no financieras, como Repsol, Unión Fenosa, SOS Cuétara, Endesa, Telefónica, Sol Meliá

Es un asunto todavía por resolver, mientras que en el ámbito de las cajas algunas han tomado decisiones que les permiten tener ese capítulo relativamente cerrado. De los 23.600 millones emitidos sólo quedan 1.100 en su poder.

Lo más sorprendente del asunto es que la prensa pretendidamente de izquierdas que ha puesto su foco en el sistema bancario haya orillado completamente la suerte de esos 40.000 ahorradores afectados en el País Vasco o muchos otros que compraron los productos a entidades no bancarias. ¿Quién se atreve a cuestionar la orientación social de una cooperativa como Mondragón? ¿Cómo osar poner en duda la imagen inmaculada, y reiteradamente abonada en campañas publicitarias, de un grupo cuya propiedad es una suerte de participaciones que pertenecen a los empleados? Algunos de los afectados denuncian que por organizarse y quejarse de su suerte han sido tildados de antivasquistas. ¡Acabáramos!

Abundaba la demagogia entre la opinión pública sobre las preferentes de bancos y cajas, pero nada o casi nada de información veraz sobre los productos de Eroski y Fagor (en concreto, deuda subordinada perpetua). No he visto nunca a Jordi Évole en Mondragón para hablar sobre el tema. Tampoco los diarios y revistas con planteamientos supuestamente progresistas han explicado con la misma inquina y obcecación lo que allí está sucediendo. Los responsables del grupo, que no son banqueros, se limitan a justificarse con el argumento de que su producto financiero era legal, por tanto no era una estafa, y que harán todo lo posible por resolver el asunto. Sin más compromiso.

Está claro que ser banquero o bancario no está à la page. Que han sido incorrectos, voraces, descuidados y, en consecuencia, responsables de sus múltiples errores nadie lo cuestiona. Por más que Narcís Serra, Antoni Serra Ramoneda, Josep Maria Loza, Adolf Todó, Rodrigo Rato, Miguel Blesamiren hacia otro lado, la sociedad sabe el enorme daño que le han causado. Pero ni son los únicos, ni tan siquiera son los peores. Y eso, sin ánimo de rehabilitarlos, conviene, al menos, recordarlo.
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