Ensalada de lentejas, pescado y crêpe, menú principesco en Can Godó

26 de febrero de 2014 (20:17 CET)

Enrique Lacalle ofició la noche del martes su Puente Aéreo más arriesgado y difícil hasta la fecha. Lo hizo como si estuviera en su casa (¡no es una malicia, Enrique!), en el domicilio barcelonés de la familia Godó, que actuaba de anfitriona. Allí un selecto grupo de empresarios de Madrid y otro de Barcelona compartieron mesa, mantel, peloteo, ensalada de lentejas, pescado y una especie de crêpe con el príncipe de Asturias y Girona, Felipe de Borbón.

Que la Casa Real gravite por estos lares no es inusual, pero a temporadas infrecuente. Hacerlo en tiempos de turbulencias políticas le proporciona, eso sí, algo más de relevancia. Y como los comensales son primeras espadas del ámbito económico tienen altamente desarrollado el saber quedar. Vamos, que hipocresias al margen, no se estuvieron de adoctrinar al heredero con sus predicciones. En riguroso orden de intervención, los primeros en tomar la palabra fueron Nin (La Caixa), Villar Mir (OHL), Oliu (Banc Sabadell) y Alemany (Abertis).

 
El Príncipe, que tiene el cerebro hecho a los halagos y al peloteo, jugó a despejar balones: quedó como un rey

Los bandos, más o menos los de siempre: de una parte, los visitantes de Madrid Villar Mir y Garralda (Mútua Madrileña), conservadores clásicos. El primero incluso recordó ante el Príncipe su etapa en la política. Ahora son PP en estado puro y sin interés específico en el tema catalán (Garralda algo más, porque desde que es socio de Fainé le copia las ideas) o con el mismo interés que Mariano Rajoy, disolver el azucarillo.

Luego hablaron los bienintencionados conservadores catalanes. Dos de ellos destacaron por encima del resto: Torreblanca (Grupo Godia) y Puig (del grupo perfumero de idéntico nombre). El primero le pidió la implicación de la Corona en liderar una solución para Catalunya, mientras que el segundo aún fue más directo y le requirió a que fuera él, de manera personal, quien abanderara un proceso de diálogo.

El Príncipe, que tiene el cerebro hecho a los halagos y al peloteo, jugó a despejar balones. Que si el papel de la institución, que si las funciones reconocidas constitucionalmente, que si mejor que los políticos... Vamos, habló poco, señaló su sensibilidad hacia la cuestión catalana (quedó como un rey...) y demostró más inteligencia por lo que guardó que por lo que expresó.

 
No hemos podido preguntar a Felipe qué le pareció el menú, porque su opinión sobre los comensales casi la podemos imaginar

El vino era correcto y el cava, también. Sin excesos, claro, que nadie se atreve a tirar la casa por la ventana en los tiempos que corren. Cierto, ni para recibir a un heredero real en la casa de los propietarios del primer grupo editorial catalán por audiencia y subvenciones públicas.

Los Godó estuvieron a pares (padre e hijo) y cayó de la lista de invitados su nuevo director Màrius Carol. Xercavins, sin tarjeta conocida, también participó del ágape, pero no habló. ¡Uhmmm! Como Cuatrecasas, que lo había dicho todo unos días ante Mas y esa misma tarde en una entrevista con este medio. Al final, quienes no lo conocían en la distancia corta se llevaron una buena impresión del futuro monarca: capaz, formado y profesional. Por desgracia, a él no le hemos podido preguntar qué le pareció el menú, porque su opinión sobre los comensales casi la podemos imaginar.
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