Encerrados en un sueño

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13 de julio de 2011 (17:51 CET)

Probablemente, uno de los mayores problemas que tiene ante sí la sociedad catalana de este principio de siglo sea la ensoñación que parece envolver a una buena parte de su clase dirigente, especialmente la política. Atrapados por un ideal, asumido de forma ampliamente mayoritaria, la Catalunya aspirada se sobrepone, limita y fuerza el desarrollo de la Catalunya real, sublima sus problemas cotidianos y dificulta con frecuencia las soluciones más fáciles en favor de las más alambicadas y con un mayor coste para los propios catalanes.

Hay un ejemplo reciente. El pasado sábado unos cuantos miles de ciudadanos rememoraron la multitudinaria manifestación --se habló de un millón y medio de personas-- del 2010 en la que la práctica totalidad de las fuerzas vivas del país, con el entonces presidente de la Generalitat, José Montilla, a la cabeza, protestaron contra la sentencia del Tribunal Constitucional que recortaba algunas de las competencias del Estatut d'Autonomia aprobado en referéndum por el pueblo catalán.

Hoy, apenas un año después, y en medio de una de las más formidables crisis económicas que se recuerdan, con una sociedad crispada por los fuertes recortes presupuestarios a los que se ve obligado el actual Ejecutivo autonómico presidido por el convergente Artur Mas, esas fuerzas políticas que salieron a la calle unidas como un solo hombre se muestran incapaces de pactar unos presupuestos de una importancia capital en las difíciles circunstancias que se están viviendo.

Al contrario, el principal apoyo del actual gobierno nacionalista es el único partido que entonces se opuso a esa casi unitaria manifestación, los populares dirigidos hoy por Alicia Sánchez Camacho, y que fueron en su momento los principales instigadores de iniciativas legales y políticas, incluyendo el voto en contra en el mencionado referéndum, contra el nuevo marco estatutario que se consideraba intocable para el futuro de este país. La Catalunya aspirada de la protesta en la calle frente a la Catalunya real de los presupuestos que deciden los maestros o la sanidad que vamos a tener. Como esas declaraciones de Marta Ferrusola en las que se manifestaba horrorizada porque la marca España patrocinara el Barça, obviando que es el Barça la espina dorsal de una selección española que enamoró hace también un año al conquistar la Copa del Mundo de fútbol para alborozo de una buena parte de los catalanes.
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