En tiempos de desolación

19 de octubre de 2012 (20:59 CET)

Aunque pueda sorprender, ha transcurrido escasamente un mes desde la reunión entre Mariano Rajoy y Artur Mas. En sólo cuatro semanas, los acontecimientos se han precipitado de forma tan acelerada que, hoy, Catalunya es noticia en el mundo por una apuesta independentista que deberá pasar su primer examen en las elecciones del 25-N. Han sido unas semanas marcadas por la creciente tensión y la falta de diálogo si bien, según señala Economía Digital, parecen emerger señales, aun débiles, de entrar en un nuevo escenario. A la espera de que se consolide, me permito unas consideraciones al respecto.

1) Inevitablemente, el debate sobre la independencia será largo y complejo sin que, hoy por hoy, nadie pueda garantizar su final. De alcanzarse, la soberanía no será el apocalipsis con el que unos amenazan, pero tampoco el paraíso que otros aseguran. Y en ese hipotético trayecto hacia una consolidación como estado propio, lo más probable es que se den circunstancias que nos sitúen en escenarios coyunturalmente muy complicados, peores que los actuales. Por eso resulta fundamental que Catalunya inicie ese camino animada, esencialmente, por un espíritu profundamente patriótico, más allá del propio de una reclamación fiscal. Sólo la búsqueda colectiva de un ideal compartido permite soportar adversidades y asumir los costes inherentes al proceso. Sin ese patriotismo, mejor olvidarnos.

2) Estamos hablando de un proceso absolutamente innovador, pues los ejemplos de Sudán, los países balcánicos o los bálticos tienen poco o nada que ver con nosotros. Ello refuerza la idea de que la secesión tras una negociación con España que, sin duda, sería prolongada y desgarradora, puede deteriorar seriamente el bienestar de Catalunya. Como hablamos de hipótesis, todo dependería de múltiples factores pero, en estos momentos, debe exponerse claramente a los ciudadanos los costes que previsiblemente debería asumir. Una ciudadanía madura puede asumir cualquier coste si se le explicita con objetividad. Por contra, las medio verdades o la ocultación solo pueden conducir al desastre.

3) Una parte mayoritaria de la sociedad catalana mantiene un sentimiento de vinculación afectiva con España. Me refiero a aquellos ciudadanos que dicen sentirse solo españoles, más españoles que catalanes, igual de catalanes que españoles, o más catalanes que españoles. Según diversas encuestas, este porcentaje acumulado supera el 70%. También resulta mayoritaria la suma de ciudadanos que se encuentran cómodos en la situación actual o bien en un marco constitucional español ajustado a las necesidades de Catalunya.

4) Según nos informan en estas mismas páginas, empiezan a emerger señales a favor del diálogo. Propuestas desde, digamos, Madrid acerca de un posible rediseño institucional que aporte estabilidad y permita el encaje de Catalunya. Y es que no se trata de ceder al chantaje de Catalunya, se trata de entender que, aún sin Catalunya, España debe abordar un proceso profundo de reinstitucionalización. Y debería entenderse que la reclamación catalana acelera esa revisión de unas instituciones que, en su forma actual, han durado ya 35 años. Aunque Catalunya no existiera, ¿es sensato y sostenible el actual sistema autonómico, su funcionamiento y su financiación? Evidentemente no lo es. ¿Para qué esperar más? ¿Porqué no avanzar hacia una fórmula que permita resolver un problema común?

5) Por lo expuesto, ¿no seria razonable iniciar un proceso de diálogo lo más sereno posible? En cualquier caso, paciencia hasta el 25 de noviembre.

Finalmente, tendemos a olvidar que más allá del camino hacia la independencia que quieren unos, o hacia la recentralización que desean otros, estas batallas pueden resultar irrelevantes si se tensa más la situación económica y social. No olvidemos que, en España, ocho millones de ciudadanos acuden a los servicios sociales, y que uno de cada cuatro vive bajo lo que se considera el umbral de pobreza. Y en la Alemania que se presenta como ejemplar, 12 millones viven bajo ese nivel de pobreza y 1,5 millones acuden cada día a comedores sociales. Viendo las dinámicas que subyacen, y que van emergiendo, no hace falta leer mucha historia para entender la primera mitad del siglo XX, en Europa y en España. Quizás sea el momento para recordar a San Ignacio cuando decía: “en tiempos de desolación no hacer mudanzas”. 
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