En la actual guerra mundial de divisas, el euro lleva la peor parte

25 de febrero de 2013 (09:06 CET)

El llamamiento del G-20 contra la interferencia de gobiernos y bancos centrales sobre los mercados de cambio pudo servir para contener la revalorización del euro. Sin embargo pregonaba la vulnerabilidad de la moneda única europea en una guerra de divisas que, pese a tratar de edulcorarla, es la máxima expresión de que la batalla a nivel global por conseguir un tipo de cambio más favorable para el crecimiento se libra en todo los escenarios. Y, en ese teatro de operaciones, el euro es una de las divisas que se encuentra en una posición más endeble.

Los analistas tienen claro el diagnóstico de esa debilidad del euro: las estrategias de política monetaria divergentes en el G-4 y el grado de decisión de cada banco central sobre su balance.

Así las cosas, la estrategia de política monetaria del BCE va a discurrir por los canales ortodoxos, del que cada vez parecen alejarse más el resto de bancos centrales del G-4 y que, con el tiempo, puede llegar a suponer un elemento de presión sobre la divisa europea. Por lo que respecta al grado de control que cada uno de estos bancos centrales tiene sobre el tamaño de su propio balance, el euro está en desventaja, ya que mientras que autoridades como la Fed pueden fijar con cierta libertad su nivel de balance, en su caso este grado de independencia no solo depende del propio BCE. También está expuesto a la voluntad de los bancos de incrementar o reducir su dependencia de la liquidez suministrada a través del Eurosistema.

El resultado es que, aún cuando el BCE no lo pretenda, se puede encontrar con una contracción sustancial en su balance que termine por reflejarse en la cotización del euro. La canciller alemana, Merkel, considera normal un euro situado entre 1,30 y 1,40 dólares y ha dejado claro que Alemania está en contra de una política activa de los tipos de cambio. Sin embargo, la realidad es que Europa pugna para salir de la recesión y un euro a 1,10 dólares es una garantía para la reactivación de las exportaciones, mientras que una cotización igual o superior a 1,30, como la actual, representa una amenaza de retroceso para estas. Alemania puede ser una de las grandes víctimas de ello.

El panorama monetario a nivel mundial es convulso y Europa y el euro están en inferioridad frente a EEUU, Japón o China, en posición, cualquiera de ellos, de desarrollar políticas activas en el terreno monetario y, como diría un observador, sacar sus cañones monetarios. Lo que está en juego es el empleo y el crecimiento estable y, ante ello, los bancos centrales de estas potencias, a falta de una mejor estrategia, decidieron hace tiempo darle a la máquina monetaria para salir de la crisis al precio que sea, aunque ello perjudique a otras zonas del planeta.

Japón, ante el tercer trimestre consecutivo de recesión, ha decidido usar la senda estadounidense y usar el instrumento de la moneda, monetizando grandes cantidades de yenes en los mercados.

En el eterno debate de política monetaria sobre si es más importante apostar por el empleo o por la estabilidad de precios, USA, Japón y China y sus respectivos bancos centrales, parecen haber apostado claramente por la primera variable. Sin embargo, las políticas de relajamiento monetario empiezan a generar inquietud en alguno de estos países, hasta el punto de que, como consecuencia de esa preocupación entre los miembros de la Reserva Federal norteamericana, se empiece a considerar una reducción del ritmo de recompra de bonos gubernamentales, actualmente por un monto de 85.000 millones de dólares mensuales. También se estudia que la Fed se comprometa ante los mercados a no vender su enorme cartera de bonos del Tesoro y títulos hipotecarios tan pronto como estos esperan que lo haga.
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