Elpidio Silva en el banquillo, o el alguacil alguacilado

25 de abril de 2014 (20:40 CET)

El polémico juez Elpidio José Silva Pacheco atrae estos días sobre su cabeza, como aguja de pararrayos, un aluvión de denuestos. El motivo no es otro que su extravagante actuación en el juicio que se le sigue por haber encarcelado irregularmente a Miguel Blesa, ex factótum de Caja Madrid.

El chorreo de epítetos que le prodigan los medios es de lo más variopinto. Unos dicen que se desempeña como un “antisistema”, por sus burdos intentos de torpedear el proceso con toda suerte de añagazas. Otros lo describen como “personaje necio y majadero” que actúa de forma “siniestra” y ha convertido el juicio en una asamblea de escalera de vecinos. Los más osados cuestionan incluso que esté en sus cabales.

En cualquier caso, el espectáculo que los ciudadanos contemplan estos días, no puede por menos que certificar el penoso estado de la Justicia. Eriza el vello que haya podido impartirla durante más de dos decenios un magistrado de actitudes chulescas como las que exhibe desde el banquillo.

Silva, oriundo de Granada, no es juez de carrera. Entró en ella por el cuarto turno, es decir, “a dedo” y sin pasar la criba de las oposiciones. Es lo que en el mundillo jurisdiccional llaman un “chusquero”. Tras su nombramiento, ejerció en Cuenca y en Las Palmas de Gran Canaria, hasta que ganó plaza en Madrid.

El año pasado, dictó dos autos consecutivos de prisión contra Miguel Blesa. Le acusaba de un fraude gigantesco en la compra de un banco en Miami, por el que se pagó el oro y el moro.

A los pocos días de meter a Blesa entre rejas, el Consejo General del Poder Judicial abrió expediente a Silva. Éste reaccionó con la interposición de una querella contra el instructor y contra la fiscal; tal querella acaba de ser desestimada.
Poco después, el ministerio público se querelló, a su vez, contra Silva por supuestos delitos de prevaricación, de retardo malicioso en la administración de justicia y contra la libertad individual. Por todo ello, luce ahora la nada honrosa condición de imputado.

Un gestor nefasto


No es intempestivo recordar que Blesa fue el gran timonel de Caja Madrid durante los años en que se generó el grueso de su colosal agujero. Por esta bancarrota se han iniciado dos causas contra el magnate y contra la cúpula entera de la institución, poblada en su día de amiguetes y secuaces del PP, PSOE e IU, amén de representantes de la CEOE y “liberados” de UGT y CCOO.

Y es que bajo el mando de Blesa, la caja devino algo parecido a un puerto de arrebatacapas. Partidos políticos, sindicatos y patronales colocaron a sus comisionados en los órganos de gobierno de la entidad, donde se les obsequiaba con opíparas prebendas pecuniarias, viajes “gratis total” en primera clase a remotos destinos y canonjías sin cuento.
Esa caterva de enchufados asistió silente al desplome del conglomerado. Nadie osó cuestionar nunca las decisiones del capitoste. Todos asentían unánimemente, para pasar, acto seguido, el platillo de sus momios.

La Justicia habrá de dirimir si el catastrófico mandato de Blesa y sus acólitos encierra responsabilidades penales. De momento, los contribuyentes del país ya han sufrido el desastre en carne propia, pues están sufragando a escote una parte de las enormes ayudas dispensadas a la caja. El resto de los auxilios, en forma de deuda estatal, se traspasará olímpicamente a las generaciones futuras, dado que la actual es, a todas luces, incapaz de pechar con semejante carga.

En todo caso, no será el infausto Elpidio Silva quien instruya el sumario del tinglado madrileño. Para mayor Inri, este individuo ha venido a erigirse, con su lamentable comportamiento, en el máximo valedor del ex cajero. En efecto, Blesa se presenta hoy, urbi et orbi, como un pobre infeliz. Arguye que su carrera y prestigio sin mácula se desmoronaron como castillo de naipes, por culpa de un juez funesto que se le cruzó en el camino. Ver para creer.
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