Elecciones sin Unión Europea

14 de marzo de 2014 (00:00 CET)

No deja de ser un motivo para la extrañeza que Catalunya esté saliendo de la crisis económica pero que el tema exclusivo sea otro, del mismo modo que el final de ETA no ha causado júbilo alguno en la Barcelona de Hipercor o en Vic. El tema, también, es otro. El proceso. El proceso también va a monopolizar la campaña de las elecciones europeas.

No hará falta ver ningún debate porque van a ser una repetición de lo mismo, porque los partidos, sin exclusión, construirán su argumentario en torno a las propuestas secesionistas. Al candidato que pretenda hablar de Europa le echarán del plató.

Prescindir de Europa en unas elecciones a la Eurocámara tiene algo de insano, aunque la verdad es que ocurrirá en muchos otros países. El enunciado de los debates es de cuño europeo y luego se acaba hablando de la política de casa. Es insano porque lo que se decide en la Comisión y el Consejo Europeo, tanto como lo que dicta en el Banco Central Europeo, afecta a las economías nacionales y la vida pública, en grado creciente.

 
El debate electoral de Catalunya, ensimismado y absorbido por los árboles de la secesión
Mientras los accesos a las vallas de Ceuta y Melilla están abarrotados, en Bruselas hay que tomar resoluciones sobre una política inmigratoria concertada, en la que todo el peso no recaiga en los países fronterizos. En algún momento --por ejemplo-- se ha hablado de la creación de una guardia costera común, como la que con tanta eficacia opera en aguas de los Estados Unidos.

Se pensaba que la crisis económica, con tanta implicación fáctica del Eurogrupo y del Consejo, introduciría las urgencias de la Unión Europea en los debates nacionales. No tiene el aspecto de que vaya a ser así, como podrá constatarse en la campaña electoral que se avecina. Al contrario, se dará la oportunidad demagógica para demonizar la opacidad de Bruselas, los modos de la troika, el deterioro de las soberanías nacionales y las asimetrías del euro.

Eso ocurrirá, pero con la vista siempre puesta en la vida de cada país, como arma arrojadiza entre los partidos políticos y no como la tan necesaria aplicación del método de prueba y error. Tal vez eso sea así porque, al contrario de cómo se profetizaba, los estados-nación siguen siendo fundamentales. Ahí tenía la razón De Gaulle, opuesto a la supranacionalidad.

Incluso así, las formas de integración y cooperación europea han conseguido una textura que lo involucra casi todo. En las cuestiones de la Unión Europea es saludable distinguir entre el bosque y los árboles. Esa distinción va a quedar singularmente postergada en el debate electoral de Catalunya, ensimismado y absorbido por los árboles de la secesión. No hace falta ser un euro-idealista para lamentarlo.
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