El viraje de Mas

12 de noviembre de 2014 (20:33 CET)

La consulta del 9N ha sido más importante de lo que algunos creen. Ya comentamos el gol el mismo día, o mejor dicho, el golazo, que le metió Artur Mas a Oriol Junqueras el domingo. Pero aún hay más. Artur Mas, un político muy mediocre pero no idiota, lentamente va a cambiar el rumbo hacia Ítaca. Y en ese cambio no duden que verán al PSC embarcándose de nuevo.

ERC apuesta por unas elecciones urgentes. CiU, por alargar al máximo el proceso. El tiempo es el arma de Mas. Cuantos más días pasan, más gana el President y, sin duda, Junqueras queda más en evidencia. El líder de ERC fuera de la palabra “independencia” es incapaz de articular un discurso mínimamente inteligible para un ciudadano medio. CiU lo sabe, lo ve, y lo aplaude internamente. Y, como bien sabe CiU, las elecciones no se ganan desde el radicalismo.

Sabe CiU que cada vez que Junqueras abre la boca cinco pajaritos se mueren, tres emigran y cientos de independentistas dudan de si es el líder de la oposición. Dudan sobre si sabe algo más que llorar y recitar el Evangelio. Si alguna vez escribimos que la historia deberá tratar con dureza al personaje casi histriónico de Mas, no duden de que se lo pasarán bomba hablando de Junqueras. Más de uno deberá alzar un buen vaso de whisky para entender como un historiador mediocre; un peor presentador televisivo en su juventud; un aún más funesto político vende-humos ha sido capaz de fulminar una oportunidad única, precisamente, en la historia de Cataluña.

Pero Mas no virará sólo por no caer en los brazos de Junqueras. Ahora ríe, sonríe, vende éxito, pero es consciente de que esos 1.800.000 independentistas confesos lo son en buena parte más por los pecados de Rajoy, el tercero del trío calavera, que por sus aciertos. Si somos un país, grande o pequeño, tan aborregado, que tenemos a los líderes que merecemos. Mas ha visto el independentismo en su máximo. Pueden hacer la ola, la V, la cadena, la consulta, pero ese límite de los dos millones no se sobrepasa. Y sabe que con un 30% del censo a favor, cualquier decisión es inerte. Pidió la mayoría necesaria en 2012, y le fulminaron decenas de diputados.

Mas sabe que mayorías como las de la independencia de Croacia son imposible aquí. Quizá algún día soñó con ellas, pero ahora ni durante años parecen estar a la vista. Allí recordemos el referéndum, voto un 85% de la población con un indiscutible 94% a favor. Tampoco cree que lleguemos a Escocia. Se consiguió un referéndum después de que un partido incluyera la independencia en su programa. Aquí, quien lo llevó, suma un 15% de representación electoral. Por eso, ambos caminos no parecen tener trazado en Cataluña.

Mas lo sabe. Su partido lo sabe. Ese camino, como decía aquella canción, es un camino a ninguna parte. Ahora toca virar. Alejarse de Ítaca. Pero hay que virar lentamente, muy lentamente. Sabe, además, que ERC no tiene vuelta atrás. Es lo malo de nutrirse de radicales. Junqueras será devorado en el camino. Mas allanará el camino con algunos de los suyos. Quizás no mañana ni pasado mañana, pero lo hará. El PSC se abrirá de piernas con tal de tocar el poder. ¿Triste? ¡Seguramente! Pero es lo malo de que todos los políticos catalanes sean unos perdedores.

Nadie piensa más allá de su cargo y su modo de vida. Mas abrazó la independencia por poder. Junqueras, entre lagrima y lagrima, por conseguir su anhelo de vida. ¿El resto? Triste pero el resto no da ni para una línea en esta columna. Así es la política catalana. Mercaderes medievales, piratas modernos. No en vano, el padre de la Cataluña moderna es un delincuente confeso. Su único fin: el dinero y el poder. No gana el mejor, gana el menos malo. Gana el menos perdedor de todos. Y hoy por hoy, ese es Mas.
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