El tiempo de los grandes economistas catalanes pasó

29 de enero de 2015 (00:00 CET)

Nos pasa con la economía, pero es una sensación que invade de arriba abajo la sociedad catalana: todo es mediocre, de menos categoría. No nos libramos ni los medios de comunicación ni otras esferas de producción intelectual. Casi en el olvido quedan aquellos tiempos en los que la cultura y cualquier otra actividad creativa se movía en el mundo con un catalán y su liderazgo.

Más de tres décadas de un nacionalismo aldeano nos ha llevado al actual estado. Cataluña ha dejado de ser vanguardia en casi todo y necesita refugiarse en la endogamia más profunda para subsistir. Incluso desde una perspectiva discursiva se produce esa actitud refractaria que antepone lo propio, lo identitario, a cualquier referencia más cosmopolita o abierta al mundo.

El Colegio de Economistas de Cataluña, que acaba de estrenar una sede pagada a escote por las grandes empresas y que cuenta con tres administraciones catalanas gobernadas por CiU entre las entidades colaboradoras, se ha convertido en una más de esas instituciones de la sociedad civil que tiende a la postura fetal de manera evidente. Y, claro, el nacionalismo vuelve a ser predominante en sus estructuras y acciones de gobierno.

Desconozco qué trama de estómagos agradecidos avala que el Colegio de Economistas de Cataluña dé cobertura al marketing independentista


Atrás, casi en la prehistoria, quedan aquellos años en los que Cataluña produjo economistas de amplío recorrido como Laureano Figuerola (inventor de la peseta), el laureado Joan Sardà Dexeus, Fabià Estapé o el malogrado Ernest Lluch, el autor material de la universalización de la sanidad en España. Fueron profesionales que creyeron en proyectos menos reduccionistas que los actuales y que alumbraron entidades de prestigio como el Círculo de Economía o se inventaron la CEOE en España, entre otras. Fueron catalanistas irreprochables, tanto como europeístas de primera línea que veían el nacionalismo como un cáncer para el avance social.

Hoy, los economistas catalanes tienen preocupaciones menos prosaicas y tangibles: siguen jugando a la hipótesis y a la especulación, seguramente el área menos científica de su especialidad. Se han sumado al discurso que quienes manejan la agenda política se han empeñado en hacernos digerir, democráticamente o por hartazgo.

Les cuesta mucho a los miembros del colegio criticar la inexistencia de acción de gobierno en materia de política industrial, apenas hablan de la privatización constante de servicios públicos básicos del estado del bienestar, no parecen tener opinión sobre la desigualdad creciente, las bolsas de pobreza, el reparto de la riqueza en la comunidad, el desmoronamiento de su sistema financiero propio y, en cambio, sí que se dedican a explicarnos qué pasaría con la deuda catalana en el mercado internacional si un día Cataluña fuera independiente.

Soy de los que opinan que es una gran noticia que haya algún día un debate amplio y sin ataduras de ningún tipo sobre las eventuales ventajas y desventajas de un Estado catalán. Faltaría más que quisiéramos hurtar el debate a la opinión pública. Pero que instituciones como el Colegio de Economistas de Cataluña siga empecinado en dar cobertura a estudios de puro marketing político dice poco en su favor.

Lo que han escrito ahora Joan Elias y Joan Maria Mateu (como antes Oriol Amat, Modest Guinjoan y otros) sobre los problemas de financiación de una Cataluña independiente en los mercados internacionales sólo es más leña a un fuego que puede acabar por reducir a cenizas una sociedad antaño vigorosa y creativa.

Desconozco la trama de estómagos agradecidos o de favores prestados para que esto suceda en una entidad que debería ser un ejemplo de pluralidad y transversalidad. Seguro que hay razones poderosas (y desconocidas) que avalen a los economistas catalanes para seguir jugando a la política mientras la economía del país se encuentra en la situación actual. Como las desconozco, mi ignorancia me lleva a sentir una profunda pena.
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