El Sur

Josep Huguet

08 de marzo de 2015 (00:00 CET)

Esta semana Renzi ha propuesto a Putin una alianza para hacer frente al terrorismo islámico. En pleno aislamiento ruso por el caso de Ucrania, los italianos sorprenden de nuevo con su filia prorrusa heredada de los tiempos del Compromesso histórico. ¿Se puede entender por qué?

La isla de Lampedusa, a poco más de 300 kilómetros de las costas de Libia, se ha convertido en una puerta a la entrada masiva de inmigración clandestina que recoge el éxodo fruto de las guerras y contrarrevoluciones de Oriente Medio y del Subsahara. El desgobierno que vive desde hace un tiempo Libia facilita mucho más este flujo descontrolado.

Hay una segunda poderosa razón por la que Italia, ante la pasividad norteuropea, busca otras alianzas: el Estado Islámico puede gangrenarse, también en Libia; y sus misiles o lanchas terroristas estarán muy cerca de las costas italianas.

Y una tercera razón que afecta a las élites. Los tradicionales e importantes intereses económicos que grandes empresas italianas tienen en la explotación de los recursos libios.

Europa no vio la gran oportunidad que se abría con la caída de Gadaffi si ayudaba de forma proactiva a consolidar el régimen democrático salido de unas elecciones validadas internacionalmente y donde las fuerzas extremistas habían quedado marginadas. Un exceso de dejadez por parte de la Europa que cree que el Magreb sólo es un problema de los latinos hizo bajar la guardia. Y en pocos meses, los radicales islamistas han conducido al Estado a una situación de quiebra.

Por ahora, el país más estable con una democracia que parece consolidada es Túnez. Sería necesario que los países europeos del Mediterráneo primaran sus relaciones comerciales y políticas con este oasis de estabilidad. A Argelia, sometida a una férrea semidictadura, habría que acompañarla inteligentemente en un proceso controlado de democratización. El potencial económico de este país es enorme, pero cualquier desliz del régimen puede abrir la caja de pandora del islamismo reprimido y de la cuestión de la Kabila sin resolver.

Finalmente, Marruecos tiene una monarquía suficientemente consolidada, con largos tentáculos en todo el sistema político y religioso. Y por eso mismo también sería necesario un acompañamiento a una transición tranquila hacia una sociedad más democrática donde el islamismo político se convierta mayoritariamente una corriente democratislamica, homologable en parte al turco y a las democraciacristianas europeas.

Ahora bien, Marruecos tiene tres puntos de desestabilización territorial: dos internos y un tercero frente a España. La cuestión bereber no está bien tratada, a pesar de las reiteradas promesas. No hay respeto y continúa una marginación étnico-cultural deplorable. El otro tema es el Sahara Occidental, litigio enquistado, que sólo aporta gasto militar y riesgo de desestabilización. Y por último, Ceuta y Melilla, que la obsesión colonialista española de permanencia, sin ninguna base ni cultural ni histórica, es de hecho un instrumento de chantaje permanente de Marruecos sobre España. Las dos plazas asistidas por el superávit fiscal más bestia del Estado, viven esencialmente de dinero público, el gasto militar y el contrabando. Y son el gran colador de inmigración descontrolada. Europa tiene en Ceuta y Melilla un grave problema de desestabilización.

Si Marruecos y España fueran suficientemente inteligentes para abordar soluciones democráticas y respetuosas a este conflicto cultural y territorial, Marruecos podría convertirse, más aún, en un contrapunto productivo al Andalus, siempre y cuando los andaluces, ahora en campaña electoral, se pusieran las pilas y dejaran de pensar en términos de dependencia de Madrid. Y recuperaran el orgullo y la autonomía ideológica de la época de esplendor de su pasado, cuando los almohades --con la alianza bereber-andalusí-- gobernaban desde Libia a Canarias y desde Tomboctú a las puertas de Lisboa, Toledo y Tortosa. Está claro que ni Susana Díaz ni el insulso candidato del PP tienen en mente esta idea. Veremos si nos sorprenden en este sentido la estrella emergente de Podemos, Teresa Rodríguez, y la gente de Ciudadanos, que dicen que quieren enseñar a pescar los andaluces.

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