El show (electoral) de Truman

10 de septiembre de 2015 (18:45 CET)

A pocas horas de iniciarse la campaña electoral la característica principal de la misma es que ninguno de los dos grandes bandos parece interesado en convencer al de enfrente sino en conseguir la máxima movilización, convencidos ambos de que son mayoría, a pesar de que el CIS deje la cosa en suspense.

También es relevante la lucha dentro de cada uno de los dos bloques. En uno ERC lucha por evitar que la corrupción de sus socios engorde la cesta de la CUP y en el otro CS se esfuerza por frenar la ofensiva lanzada por el PP de la mano de Albiol. En definitiva, en lugar de buscar el cuerpo a cuerpo con el adversario parte de las energías se pierden en mirar por el retrovisor.

Al igual que el protagonista del Show de Truman, esa película en la que una persona vivía en un municipio ficticio que era reality show pero él no lo sabía, los catalanes nos hemos encerrado en nuestra pequeña realidad  y mientras Europa debate de refugiados, Grecia, el mundo tiembla ante la zozobra económica china y otras cuestiones vitales, nosotros, como Umbral, hablando siempre de nuestro libro.

Ya es un tópico que las campañas son una brasa que movilizan muy poco voto, esta vez es distinto. La volatilidad del voto, que ya vimos en las elecciones europeas de 2014 y más recientemente en las municipales hace que el resultado sea más incierto. El CIS habla de un 24% de indecisos, aunque no sé cuántos de ellos en realidad son indiferentes.    

Hoy sabemos que en número de votos, los partidos del No con toda seguridad conseguirán ser más. En escaños gracias a la mayor representatividad que se otorga a las provincias de Lleida, Girona y Tarragona, el Si puede salir airoso.

Eso nos conduciría, otra vez, a tablas. A la paralización de todo hasta después de la generales, y posiblemente con Rajoy de nuevo instalado en la Moncloa, aunque debilitado en número de escaños, a la celebración de unas nuevas elecciones autonómicas en la primavera de 2016. Serían las cuartas en 6 años. La italianización ochentera de la política catalana, cuando Andreoti, Fanfani y los otros próceres cristianos demócratas se sucedían al frente del gobierno italiano por breves espacios de tiempo.

Pero en esta Catalunya tendente al aislacionismo político y al ensimismamiento nada es lo que parece. La politización en exceso de la enseñanza, el mundo asociativo, la empresa e incluso las relaciones familiares y personales hace que casi nadie acabe de decir la verdad.

¿Hay empresarios que son independentistas o funcionarios públicos que trabajan para el estado que esconden su opinión para no verse perjudicados?

¿Cuántos autónomos, empleados públicos municipales o autonómicos y en general personas que viven fuera del área metropolitana ven con resquemor y pesadumbre la proliferación de todo tipo de símbolos separatistas?

Parece que hay más de los segundos que de los primeros, pero vaya Vd. a saber. Si parece obvio que es, socialmente hablando, más confortable ser independentista, explicar que estas en no sé que tramo de la Vía de la Meridiana y ser anti Rajoy que decir que te sientes español porque eres catalán.

Durante décadas, en realidad desde 1980, el estado ha renunciado cada día un poco a su presencia en Catalunya. Solo te sientes español casi por tradición familiar y si lo mamas en casa pero nada en la calle te conduce a ello.

La pregunta es: ¿Estamos frente a un reconocimiento del error por parte del PSOE y el PP o meramente les preocupa perder las primarias de las generales que se celebran el Catalunya o que Cs les robe la cartera?

En los próximos días veremos como PSC y PP se atizan más entre ellos que a Junts Pel Si y también veremos como ambos dos son prudentes con Cs, no sea que en diciembre necesiten sus votos.
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