El secuestro permanente del voto europeo

30 de abril de 2014 (00:00 CET)

Cualquier tema interesa más que las elecciones europeas. Más aún, es como clamar en el desierto diciendo que el soberanismo secuestra el debate de las elecciones europeas. Incluso así, es de mérito que Pere Navarro se empeñe en querer un debate en el que el independentismo no monopolice las energías cívicas.

Eso ocurre en las mejores familias y países, aunque el soberanismo catalán sea una derivada particularista de notoria singularidad. Lo que no ocurre en las mejores familias es que aparezca una dama agresiva y le dé un puñetazo a un político por considerarle traidor a una patria, una patria que parece estarse haciendo algo incómoda. En estas circunstancias, es obligado hacer llegar un saludo a Pere Navarro. Y cruzar los dedos para que cosas así no sigan ocurriendo.

Pero es crucial contribuir a que Europa tenga en este proceso electoral el espacio significativo que le corresponde, porque en Bruselas se deciden mil cosas que afectan directamente a la ciudadanía.

En general, el secuestro del voto europeo es una constante electoral, por un efecto de absorción de los problemas nacionales y porque los partidos políticos llegan a la conclusión que solo lo más inmediato interesa al votante. De ahí que no se tomen la molestia de explicar qué pasa en Europa.

 

De un total de 751 escaños, unos 200 pueden ser euroescépticos
Se estima, ahora mismo, que el voto euroescéptico o de protesta está en un 31%. Hace cinco años, era un 25%. En fin, de un total de 751 escaños, unos 200 pueden ser euroescépticos, en una cámara configurada por 751. Con todo, siendo el nuevo Parlamento Europeo más ingobernable que el anterior, se diría que los diagnósticos de apocalipsis son desproporcionados.

La sacrosanta fundación de Jacques Delors, Notre Europe, define tres posibles combinaciones parlamentarias para después del voto de mayo. Una es la mayoría de consenso, en la que confluyen centro derecha y centro izquierda, pero además el Frente Nacional y el Frente de Izquierda, en cuestiones como la tasa sobre las transacciones financieras. Luego tendríamos las mayorías de gran coalición: Partido Popular Europeo y socialdemocracia, para asuntos como la unión bancaria y el presupuesto europeo.

En tercer lugar, se pueden dar las mayorías de confrontación: centro-derecha y centro frente a la izquierda. Ahí se discrepa sobre cuestiones ambientales o la relación trasatlántica.

En todo caso, Notre Europe prevé una leve diferencia entre PPE y PS, con unos doscientos escaños cada uno. Su suma decidirá los consensos centrales. No es improbable que se articule un pacto derecha-izquierda para nominar al presidente de la Comisión. Por ahora, el primer debate entre los cabezas de lista ha sido de guante blanco. Previsiblemente, el debate tuvo lugar en Maastricht, ciudad más famosa por su feria de antigüedades que por el tratado comunitario.

También era previsible que Juncker, candidato del PPE a presidir la Comisión, fuese atacado por --según la izquierda-- haber presidido un paraíso fiscal, Luxemburgo. Si consideramos que en la Unión Europea hay 400 millones de votantes, la ínfima porción que debió seguir el debate da una idea de cómo están las cosas. A nadie sorprende que las economías nacionales o el secesionismo secuestren el voto europeo.
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