El riesgo de los fondos de capital riesgo en España

26 de febrero de 2015 (00:00 CET)

Desde que España inicia el despegue económico se están produciendo un rosario de operaciones en las que los llamados fondos de capital riesgo son casi siempre protagonistas. En la últimas horas se ha producido la venta de una clínica barcelonesa, puntera e innovadora, a un grupo de salud de los Emiratos Árabes.

La venta se hizo por un precio de 146 millones de euros. El vendedor ProA Capital se embolsará ese dinero por el 86,4% de las acciones. Unos años antes le habían comprado a dos médicos barceloneses especialistas en tratamientos de fertilidad el centro sanitario. Los dos facultativos seguirán vinculados a la clínica, pero hace tiempo que perdieron la propiedad, aunque seguro que a un precio que les hace unos verdaderos afortunados, en el sentido literal del término.

Los mismos vendedores poseían también desde 2009 la firma alimentaria Grupo Palacios, que le acaban de colocar a otro fondo: Carlyle Group. Dicho de otra manera están desinvirtiendo. En ocasiones, esas operaciones se llevan a cabo por razones de cambio de país o de diversificación del riesgo en el contexto internacional. En otras, es mucho más sencillo: el fondo llega, riega de capital la empresa comprada para hacerla grande y ganar dimensión y, una vez logrado, al cabo de cuatro o cinco años, huye con una enorme plusvalía entre las piernas. Esta es la más común de las filosofías de actuación. Un veni, vidi, vinci empresarial.

Carlyle, por ejemplo, manda en la firma española de certificaciones Applus. Con su salida a bolsa ya hicieron su primer buen negocio, aunque ahora las minusvalías son notables. Estos inversores internacionales son los mismos que se cargaron en España el gigante turístico Orizonia. Una de cal y otra de arena. La de cal, por cierto, con unas secuelas para el sector y el empleo terribles.

Los fondos de capital riesgo han contribuido al desarrollo de algunas firmas, han disciplinado empresas familiares o las han hecho más eficaces. Pero tienen una cara oscura. Al llegar a la gestión o al consejo de administración de una compañía no sólo traen dinero fresco. También incorporan un estilo que pasa soberanamente del territorio, de la plantilla y de cualquier compromiso y entorno social que no sea el de generar beneficio amplio y rápido. De eso se acusa, por ejemplo, a Blackstone o a Goldman Sachs, enfangados en decenas de desahucios de viviendas que han comprado.

Hay varias empresas españolas en esa delicada situación accionarial. Vimos hace poco como los fondos han fagocitado una empresa como SARquavitae, que gestiona diferentes residencias de ancianos. A los fondos les interesa poco, o nada, el producto y el espíritu fundacional de las compañías. Los gestores antiguos no interesan la mayoría de las veces porque arrastran nostalgias fundacionales que sirven para poco y lo único que estimula es ver crecer el Ebitda. A partir de esa cifra acabarán estableciendo un multiplicador para calcular el precio de salida. Toda su generación de valor acaba en esa operación.

Con la crisis, todos estos fondos han permanecido atrapados en muchas empresas porque no se vendía nada. Uno de los casos más evidentes ha sido el del británico 3i. Pero ni es el único ni el peor de todos. Existen otros con menos escrúpulos todavía. Ahora que el capital vuelve a circular y España recupera el atractivo, las operaciones se precipitan. Asistiremos a muchas en poco tiempo y en el inmobiliario de forma especial. Los fondos huyen con los bolsillos llenos. Los compradores que llegan o son otros fondos o capitales que tienen una mirada distante sobre sus nuevas posesiones.

Es la globalización y el capitalismo quien define ese estado de cosas, pero que sea común y habitual no significa que sea bueno ni deba ser tan cruel en sus formulaciones de negocio. Las empresas, como comunidades de intereses que son, tienen una dimensión superior a la que estas prácticas tan matemáticas, tan de escuela de negocios, reducen con sus engominados gestores.

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