El riesgo catalán

Rafael Suñol

05 de octubre de 2014 (20:31 CET)

Si hay palabras que los “mercados” no pueden soportar son del tipo: inestabilidad, inseguridad, incertidumbre... Sobre todo referidas a situaciones que parecían estar bajo control.

Es obvio que no todo puede estar controlado, que la dinámica humana -y también la física- tiene, de natural, extraños comportamientos. Que por muy bien evaluado que esté un hecho siempre presenta variaciones en su manera de manifestarse que no entran en lo previsible.

Sin citar los casos de los "cisnes negros", en los mercados se producen situaciones inesperadas, o que los analistas no han podido incorporar a lo "normal". Ello es perfectamente visible en los temas políticos. ¡Tenemos tantos ejemplos! No hace falta remontarse a la primavera árabe, porque constantemente se producen; sin ir más lejos tenemos ahora la “sentada de los paraguas” en Hong Kong.

Pues bien, esta semana que termina, los mercados han lanzado una llamada de atención al bono español, y a los dos grandes bancos con sede en Cataluña. Después de que el President de la Generalitat de Cataluña firmara el decreto de convocatoria del referéndum del 9 de noviembre, Banco Sabadell perdió un 2,8% y Caixa Bank un 2,6%, más que el resto de los valores comparables.

Y la remuneración del bono español que hace una semana estaba al 2%, cotizó el 29 de septiembre al 2,25%, y se espera que suba más.

¿Algo que ver? Las autoridades españolas, es cierto, se apresuraron en movilizar todos los mecanismos para taponar la brecha política abierta. Las instituciones del Estado, el Consejo de Ministros y el Tribunal Constitucional actuaron a una velocidad inusitada. ¿Razones políticas -demostrar contundencia- o, también económicas, contener la prima de riego?

España, lo comentábamos la semana pasada, se halla en una situación muy frágil. La política económica aplicada (básicamente el Presupuesto) tampoco es la más adecuada. Y el entorno no ayuda. Estamos prácticamente en manos del BCE, y Draghi no puede hacer milagros.

Sobre todo ello tenemos, es verdad que desde hace tiempo, un gran problema político sin resolver que se ha enquistado. Muy difícil de analizar por parte de especialistas extranjeros --los que mueven los mercados-- pero también para nosotros es difícil de explicar y hacerlo comprender.

La casa Fitch, analista de riesgos, otorga actualmente a Cataluña un rating o calificación crediticia de BBB, sólo un escalón por encima del bono basura. La agencia, que ahora no quiere pillarse los dedos, como sucedió en la Gran Recesión, se cura en salud: “Dependerá de la relación futura entre Cataluña y España”.

El Gobierno central está apoyando a las CCAA con el FLA, el fondo de liquidez autonómica. Por este mecanismo ha concedido a Cataluña 21.000 millones de euros, al tiempo que la comunidad tiene emitidos 13.000 millones en bonos cotizados en los mercados.

El pasivo de Cataluña es de 61.000 millones, un 30% de la riqueza que genera su economía.

¿No les parece mucho riesgo echar un pulso -quizá plenamente justificado por otras razones- al que aguanta el endeudamiento? ¿Compraría usted bonos catalanes con la actual incertidumbre?

Pero no sólo sufre el bono catalán. Como los analistas no acaban de entender de qué trata el conflicto, la primera providencia que van a tomar es exigir más rentabilidad al bono español, que necesita ir financiándose en los mercados.

Y como remate, el gobernador del Banco de España ha explicitado con gran claridad que una Cataluña independiente “dejaría de pertenecer a la UE y al euro, y los bancos domiciliados en ella carecerían de acceso al BCE y a la seguridad de los depósitos”.

A mi entender, el actual conflicto es del tipo de "perder-perder". Quizá nuestros dirigentes faltaron a clase cuando en la universidad les explicaron el caso del “dilema del prisionero”. Es decir, terminar en una posición peor que la que hubieran alcanzado si hubieran cooperado desde el principio.

Pues así están las cosas. Mucho cuidado con los mercados.
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