El retrato de la Infanta Elena, el Estatut y la frivolidad juvenil

15 de diciembre de 2013 (20:55 CET)

Han pasado ya muchos años, pero ahora hacen efecto algunas prácticas, una forma de hacer a la catalana que, si fue inocente en aquel momento, --hay quien dirá lo contrario-- ahora puede suponer un problema de una gran envergadura.

Mikimoto, Miquel Calçada, uno de los buenos comunicadores que tiene Catalunya, pero que fue el niño mimado desde el inicio de los medios públicos de la Generalitat, conducía el programa Persones Humanes en TV3, a mediados de los años 90. Una de las imágenes que no se borran en la memoria es la de la Infanta Elena, en un retrato al fondo, que figuraba en todos los programas. Mikimoto jugaba con la ironía, con la gracia que le caracteriza, trasluciendo esa cierta superioridad moral de lo catalán respecto a lo español. La cosa llegó a más, y la Casa Real acabó por difundir una nota, ante uno de los programas en el que el escritor Quim Monzó también ironizaba sobre las tareas de la monarquía española. Hasta el punto de que el ex president Jordi Pujol tuvo que disculparse.

Puede que sea una anécdota, pero con ese espíritu burlón, --sano si se establece en todas direcciones, faltaría más-- ha calado en unas generaciones jóvenes, que han abrazado el independentismo como quien se compra un par de vaqueros en una tarde de tedio. Es lo fashion, lo moderno. Es lo más fácil, olvidar el punto de partida de catalanes y del resto de españoles, criticar la Transición, y trazar un paralelismo sin más: quien no es independentista forma parte de un establishment casposo, de unas supuestas elites que tiene al pueblo catalán atenazado. Hay que recordar que Jordi Pujol, admirado por muchas cuestiones, criticó esa deriva, asegurando que la conyeta no iba a ninguna parte. Es más, llegó a precisar que la conyeta, no podía ser “un arma de concienciación de la gente”.

Pero Pujol también se ha inclinado ante esas nuevas generaciones. En gran parte esa conyeta ha sido lo que temía Pujol, con todo tipo de programas irónicos o cómicos que han buscado ridiculizar una parte. Y los medios de comunicación juegan un papel primordial. Lo más fácil, claro, es considerar España como una cosa del pasado, negra y oscura, de la que hay que huir a toda velocidad.

Ese es un factor importante. Pero hay otros claro. La experiencia del Estatut ha sido traumática, y dejó a muchos catalanes con una cara de circunstancias, por no decir otra cosa. Pero a los enormes errores del PP en el inicio del proyecto, y, posteriormente alentando y promoviendo los recursos ante el Tribunal Constitucional, no se puede dejar de lado los errores propios. Fue una carrera partidista la que provocó el proyecto del Estatut. Fue un intento de una parte del PSC, con Pasqual Maragall al frente, el que consideró que si no establecía un acuerdo con la izquierda catalana, con ERC principalmente, nunca gobernaría la Generalitat. Y CiU se sintió acorralada.

Producía hasta tristeza ver a los dirigentes de CiU, porque estaban en la oposición por primera vez, y ellos eran “un partido de gobierno”. Así que corrieron más que Esquerra, en una subasta por hacer del Estatut un texto inasumible para Rodríguez Zapatero, a quien le habían asegurado que se trataría de una reforma razonable, de un texto para mejorar notablemente el autogobierno, y no para decirles al resto de españoles lo que tenían que ser.

Sin embargo todo eso es ahora pasado. Hay una realidad. Es importante saber cómo se ha llegado hasta aquí, pero lo es más saber cómo se puede solucionar.

Desde Catalunya no se ayuda. Un sociólogo como Salvador Cardús, muy respectado en los círculos nacionalistas, ha asegurado, en la clausura del simposio España contra Catalunya que España ha intentado e intenta la aniquilación de Catalunya: “A menudo el intento de aniquilación ha tomado un carácter violento y armado. Ahora hay otras formas, pero los objetivos perviven”. Y el historiador Jaume Sobrequés, circunstancialmente ligado al PSC en su inicio, fue senador constituyente de la Entesa, rompiendo en el último minuto su compromiso con Xirinachs, ha sido capaz de decir: “Viva la historia rigurosa que nos guía hacia la independencia”.

Pero desde la capital de España, desde ese Madrid demonizado, tampoco se ayuda nada. El presidente Mariano Rajoy, debe defender con convicción las leyes del Estado que él gobierna, pero debe empatizar con el problema: tengan o no razón, inspirados o no en la cultura de la conyeta, con mayor o menor vehemencia, con intelectuales equivocados o no, existe una parte muy importante de la sociedad catalana que ha interiorizado que puede votar en un referéndum, que quiere constituir un Estado catalán, al margen de las preguntas que se ha sacado de la chistera el President Artur Mas.

¿Qué tal si se buscamos ya soluciones para que el conflicto no vaya a más?
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