El reto soberanista catalán quiebra la confianza de los mercados

16 de diciembre de 2013 (18:34 CET)

Cuando los índices de confianza que miden el estado anímico de los españoles empezaban a repuntar en España coincidiendo con un cierto cambio en las expectativas económicas para 2014, viene el presidente de la Generalitat y anuncia la fecha de celebración de un referéndum para “decidir” el futuro de Catalunya. Y nuevamente, el estado emocional de la sociedad española y catalana puede iniciar una cuesta abajo con una fuerte incidencia en todos los componentes del proceso productivo. Al menos, esa es la conclusión a la que llegan expertos en conductas sociales.

Desde 2008, año en el que se inició el derrumbe económico, la sociedad ha estado inmersa en el pesimismo y desaliento. Según los sociólogos, impide disfrutar de las cosas que nos rodean. Hasta el extremo de que resulta “peor la sensación de crisis que la crisis en sí misma”.

Pero desde que Artur Mas pronunciara la fecha del 9 de noviembre de 2014 como referencia independentista --y con ello se iniciara un gigantesco revuelo mediático--, sociólogos, psicólogos y psiquiatras coinciden en anunciar una vuelta a las más altas cotas de desafección, frustración, ansiedad, baja autoestima, tensiones y agresividad para un segmento importante de la sociedad española que, emocionalmente, sufre con este tipo de incógnitas. Dudas sólo mitigadas con contundentes mensajes tranquilizadores y de serenidad emitidos por quienes pueden hacerlo: los representantes de los distintos estamentos de la vida pública española, especialmente silentes en esta ocasión.

De la misma forma que la iluminación artificial de las ciudades influye en el estado de ánimo y el bienestar de quienes las habitan, un anuncio como el efectuado por Mas --así como el desiderátum independentista del cada vez más numeroso segmento de la sociedad catalana-- no solo genera miedos e incertidumbres. También propicia enfrentamientos cada vez más profundos entre las distintas comunidades que viven en Catalunya. Pero además, entre los catalanes militantes y los ciudadanos del resto de España que no comulgan con los predicamentos independentistas y de confrontación.

Hoy, la incertidumbre y la zozobra en forma de sentimientos que genera la confrontación atenazan a la sociedad española. Y ello influirá en sus comportamientos, en tanto en cuanto dure esta situación de tensión. En ese estado de exaltación, es fácil que surjan reproches colectivos que lo único que consiguen es un aumento del grado de conflictividad emocional que lleva a la confrontación. Para una parte de los catalanes, España les roba, no les valora y los españoles les odian. Mientras que a sensu contrario, son muchos los españoles que acusan a los catalanes de fomentar el desprecio hacia España y lo que ello representa. Dos posturas antagónicas, disparatadas, irreconciliables y torturadoras para la gente de bien que conforma buena parte de la sociedad española.

Y como dicen los manuales y tratados, el fanático es lo más próximo a una persona cuyas funciones cerebrales e intelectivas han sido secuestradas. De ahí que cualquier posibilidad de razonamiento sobre el objeto de su fanatismo resulte imposible. Alguien ha dejado escrito que “la mentira conceptual está incrustada en su ser fanático, en su ser enfermo, en su ser loco, hasta el punto de que la instrumentación de la mentira es lo más normal. Las mentiras concretas y la mentira estructural pasan a formar parte del ser del fanático. Es decir, se convierten en sus verdades y en el motor de sus decisiones, acciones, actitudes y comportamientos”.

Los analistas políticos coinciden en que el proceso catalán no guarda ninguna similitud ni con Quebec ni con Escocia salvo en una cosa: la quiebra social que se produce a todas las escalas. Desde la familiar a la profesional. Y en ese estado de ánimo, es difícil dialogar y llegar a acuerdos.

La decisión adoptada por un determinado número de fuerzas políticas catalanas, con independencia de que sea engañosa la formulación de la pregunta o preguntas, obliga a un ejercicio casi imposible de encajar el secesionismo en una democracia. Como diría Dion, ex ministro de Asuntos Intergubernamentales de Canadá, “en una democracia se trata de ser solidario con todos tus conciudadanos; aceptas a todos sin atender a sus orígenes, su idioma o su religión. Y el secesionismo es lo contrario. Con el secesionismo eliges a quiénes quieres mantener como conciudadanos y a quiénes quieres convertir en extranjeros”, a la vez que sostenía que un referéndum independentista es un trauma para la sociedad”.

Todo divorcio genera traumas y cientos de reproches, bien entre la pareja, bien entre los descendientes de la misma. Y son traumas complejos y difíciles de superar. Máxime cuando de lo que se trata es de terminar con siglos de convivencia que obligaría a transferir miles y miles de estructuras al nuevo estado independiente. Los reproches en este caso alcanzan niveles de paranoia reseñables que solo ayudan a elevar el desasosiego y el desencuentro.

Cuando el presidente de la Generalitat ha llegado a afirmar que “no nos pararán tribunales ni constituciones”, habrá que convenir que la situación se ha ido de las manos con las consecuencias que ello comporta y que se plasma en una quiebra social de mucha envergadura. En una confrontación patente en todos los ámbitos de la vida ciudadana. E, incluso, hasta en el hecho de que una identidad nacional haga que una ideología como la socialista, de origen internacionalista, atraviese una profunda crisis de identidad.
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